FEDERICO GARCIA LORCA
Martes 3 de septiembre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Gloria Cepeda Vargas, en estilo impecable, transmite sus pensamientos a los sesenta y seis años de la trágica muerte del connotado poeta español Federico Garcia Lorca (1898-1936). Este artículo lo transcribimos de El Liberal del 3 de septiembre, 2002. (Versión Internet). Cordial saludo,

""" ... Sesenta y seis años después
26-08-2002
El Liberal.

“Antonio ¿Quién eres tú?/ si te llamaras Camborio/ hubieras hecho una fuente/ de sangre con cinco chorros/ Ni tú eres hijos de nadie/ ni legítimo Camborio/ !Se acabaron los gitanos/ que iban por el monte solos!”.

En el camino de Sevilla la Guardia Civil Española prende al gitano mientras “el día se va despacio” por el acento más estremecido de la Andalucía de todos los tiempos: la voz de Federico García Lorca.

Todavía, a sesenta y seis años de haber caído, rota la frente en el barranco de Viznar, me pregunto por qué. Si eras un niño resplandeciente, Federico, desenterrador de canciones del alma, hacedor de piruetas sobre las torres de Granada, comedor de naranjas en los huertos de Málaga, arrebatado en el miriñaque de la Virgen de la Soledad que entre luces y cantos desemboca en el mar.

No ha surgido hasta ahora un alquimista capaz como él de rescatar la esencia de una raza para ahondar en ella y dejar, en uno de los más bellos poemarios que se haya escrito en lengua española, el testimonio de su aventura descastada y nostálgica.

“El Romancero Gitano”, editado en 1929 por la Revista de Occidente, no constituye solamente una recopilación lírica de altísimo vuelo; es además rescate y redención de esa caravana que desde el principio de su historia, fustiga los caminos del mundo.

El Guadalquivir que moja la Cogida y Muerte de Ignacio Sánchez Mejía, la Andaluz de los árabes, reducto de vándalos y cartagineses, flor de la España meridional y hoy conocida como Andalucía, deben a Federico su proyección estética y la de sus gitanos en Romances sandungueros: “Sonámbulo”, de “La pena negra”, de “La luna”. En desafíos como “La casada infiel”, “La monja gitana”, “Preciosa y el aire”, para desembocar en dos guitarras que lloran el Prendimiento y la Muerte de Antoñito el Camborio, como si fueran calles abiertas al discurrir de parias convertidos, por obra y gracia de esta sublimación, en personajes inmortales de la literatura universal.

La obra literaria de García Lorca corre en vertientes disímiles. Su sensibilidad casi enfermiza y el ocre homosexual que en vez de mutilar su palabra, la afina, hacen de él un creador polifacético. Por eso su teatro sigue pregonando los lamentos de Yerma y la epopeya de Bodas de Sangre. Por eso los gitanos, sus gitanos, permanecerán cristalinos hasta el tuétano en el “cobre amarillo de la carne de Soledad Montoya” o en el Portal de Belén donde la Virgen “cura a los niños con salivilla de estrellas”.

Su legado poético crece en el tiempo. “Poeta en Nueva York”, convertido por la crítica en paso definitivo, permanece como dedo acusador. Pero la magia del Romancero. Esa barahúnda de toreros y manolas, ese vértigo que se lleva por delante las torres cordobesas y convierte en resaca los alminares sevillanos, esa atmósfera hecha para la permanencia digna de los errantes de junco y aceituna, sólo en el Romancero y en el alarido visceral del Poema del Cante Jondo, están.

Por eso lo mataron. Una mente empequeñecida en la sordidez de moldes confesionales, no podía permitir el esplendor de la primavera. Murió el 19 de agosto de 1936. Quizá en ese momento, que bien podría haber incluido Borges en su Historia Universal de la Infamia, la sombra de la gitanería acongojada lo acompañó para repetir con Antonio Machado: “Mataron a Federico/ cuando la luz asomaba/ Que fue en Granada el crimen/ sabed: !Pobre Granada, en su Granada!” ... """