GUILLERMO VALENCIA: AUTOBIOGRAFÍA
Jueves 24 de enero, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

El Maestro Guillermo Valencia nació en la casa ubicada en la calle 5 entre carreras 7 y 8 de Popayán. Cuando tenía 10 años de edad sus padres murieron. Una de sus clásicas páginas es su autobiografía. He aquí algunos párrafos de ella:

Cuando murió mi padre, el doctor Joaquín Valencia Quijano, don Sergio Arboleda dijo que el país perdía uno de sus más preclaros jurisconsultos, y el conservatismo su primera cabeza... Era un gran erudito: hablaba varias lenguas vivas y muertas, dominaba las altas matemáticas y amaba la literatura. Fue por varios años parlamentario y desempeñó ministerios en los gobiernos de Mallarino y Ospina Rodríguez.

No era rico, porque la libertad de los esclavos llevó a la bancarrota la industria minera de mis abuelos; y vivíamos, por tanto, con provinciana modestia, en un viejo caserón payanés, de esos genuinamente españoles, ajenos a todo ornamento y mueble superfluo.

Mi madre, Adelaida Castillo Silva, era hija de Bartolomé Castillo, quien vino con su hermano a Colombia en 1823 a pedir apoyo a Bolívar para la independencia de Cuba. El Libertador ofreció iniciar esa nueva epopeya, pero luego manifestó que los Estados Unidos de América se oponían en forma perentoria. No pudiendo entonces regresar a la patria, mi abuelo entró al ejército colombiano, llegó a coronel y fundó un hogar en nuestra tierra... De él heredó mi madre un temperamento emotivo que es quizá el hilo atávico de esta vocación literaria que ha sido la alegría y la cruz de mi vida... A tal punto llegaba la emotividad de mi madre, que la vi morir de dolor después de llorar durante un mes la desaparición de una hija...

Esa herencia la pulió mi padre sometiéndola al tamiz del estudio, despertando en mí el amor a los libros, haciéndome vivir desde niño entre los anaqueles de su biblioteca.

** Era yo el menor de los hermanos varones...

Por allá en las postrimerías de la federación, cuando la figura de Núñez se destacaba en un ciclo de odios políticos, recelos regionales y guerras civiles, tenía yo apenas 10 años y mi padre me sentaba en sus rodillas, después de la comida tempranera, para que oyese leer de sobremesa los autores de su gusto... En estas veladas de familia comencé a abrir la imaginación al verso...

Era yo algo enfermizo, y cuando caía a cama, me entretenía esforzándome para convertir en poema los relatos de un libro de aventuras... Asaltando la librería de mi hermano mayor, aprendí de memoria a Espronceda, Núñez de Arce, Bécquer y Quintana... Me impregnó sobre todo, a través de las lecturas familiares, la figura de don Quijote, que era un huésped en mi casa; y con frecuencia oí comentar la leyenda pintoresca de que el hidalgo había muerto en Popayán. (Véase Red de payaneses, 15 de marzo, 2000),

Considerábalo como algo de mi raza, de mi ambiente íntimo, y en más de una ocasión su lanza y sus molinos y sus mostachos caídos se enredaron en el desarrollo ilógico de mis sueños.

Por esa época mi madre, para ayudar a llevar la carga doméstica, tomó en arriendo el caserón contiguo y abrió allí un colegio para señoritas, donde seguía la rutina del programa docente entonces en boga -Gramática, Geografía, Catecismo- y trataba a la vez de formar mujeres de hogar enseñando economía doméstica... Al lado de las muchachas ya púberes nos sentamos en aquellos bancos, más como niños mimados que como alumnos regulares, muchos hombres de mi generación. Mi vecino era Tancredo Nannetti.

Pronto, sin embargo la vida había de fruncirme el ceño.

Murió mi madre, quedaron vacíos los amplios salones donde el canto cariñoso de las chicas y la suave reprensión de la maestra me iniciaron en la sabiduría y se me puso en manos de doña Feliciana Lemus para que me enseñara a leer con cierto rigor... Pasé después pocos días en el colegio mixto de don Rafael Zerda y su esposa, y como ese ambiente algo alado no resultara satisfactorio, se me envió a la escuela pública de don Manuel María Luna, el maestro de los Arboleda. Allí aprendí a escribir con un palito sobre mesas cubiertas de arena que se traía del Cauca y hacían las veces de pizarra; y cuando no anduve diestro, conocí el calabozo y la palmeta. Eran los tiempos en que un tal maestro Vélez tenía este letrero en la puerta de su Instituto: La letra con sangre dentra.

** Hacía controversias sobre los distintos temas de estudio, y el vencido tenía que pagar su derrota con una muenda.

Cuando mis hermanos obtenían permiso para ir al campo, en cacería de pájaros, tenían que regresar ya de noche, porque estaban expuestos a que les echaran látigo los enemigos políticos.

Yo guardé por mucho tiempo aquel puñal, que me impresionó hondamente y lo llevé conmigo al seminario, donde se me internó para que siguiera estudios académicos... Allí escribí mi primera obra poética: unos tercetos a San Juan Bautista...

** Entré entonces en el molde clásico. Me enseñaron latín y algo de griego, y me aficioné a perseguir el pensamiento de los autores antiguos. Alcancé a recitar en griego algo de Anacreonte, y aquella famosa defensa de San Juan Crisóstomo al eunuco Eutropio, cuando lo arrebató en Bizancio al furor de las turbas. Me aficioné de manera especial a los Padres de la Iglesia...

Aquello, sin embargo, no saciaba mi apetito de lectura. Considerando que el horizonte intelectual del seminario era algo estrecho, aprovechaba las salidas para llevar ocultas, entre el forro y el paño de mi vestido las obras más interesantes que hallaba en la biblioteca de mi padre... Voltaire... El Contrato Social de Rousseau... El texto de Tracy, y la tan combatida filosofía de Bentham... Todo aquello lo bebí rabiosamente, mientras en la tribuna del refectorio nos leían a Antonio de Solís y a don José Manuel Groot.

Puede decirse que éste fue mi período de formación mental. Los estudios clásicos me sirvieron para amar la mesura, la claridad, la síntesis y hasta para esforzarme en ser diáfano; pero dentro de ese molde que procuré asimilar, aspiré a poner luego todas las inquietudes del programa intelectual que me fue posible entrever.

No me orienté hacia la carrera eclesiástica, porque desde un principio fui declarado inhábil para el sacerdocio, a causa de mi temperamento rebelde.

Pasé entonces a la Universidad del Cauca a estudiar Derecho, más por necesidad que por afición "¡había visto sufrir tanto a mi padre!" pero no alcancé a recibir el grado.

** Bogotá era entonces la Santa Fe de los entusiasmos literarios. Se llegaba a sus calles empedradas y sus casonas españolas después de varias jornadas de mula; pero bajo los anchos aleros andaba una juventud que consideraba las letras como una de las más atractivas ocupaciones humanas.

Entonces conocí a mi maestro queridísimo Baldomero Sanín Cano... Haciendo la cuenta, Sanín tiene hoy cerca de 80 años... tendría por entonces 35. Era la figura intelectual más prestigiosa de la ciudad, y el primer erudito.

Todos acudíamos, naturalmente, a casa de Sanín, que era nuestra basílica intelectual. Allí el maestro nos informaba sobre las corrientes literarias de Europa y nos abría los ojos a las firmas más prestigiosas del viejo mundo en aquella época: Anatole France, Bourget, Maupassant, Daudet, Emilio Zola; y en el campo de la crítica Taine, Renán, Le Maitre, Saint Beuve... Nos interesaba Macaulay, y de manera especial la maravillosa historia universal de Marius Fontane, el hombre a quien se perdonó la pena de presidio a condición de que terminase esa obra maestra.

Sanín no circunscribía su inquietud a la mentalidad francesa e inglesa, sino que penetraba en ese gran horizonte de pensamiento de los filósofos alemanes. A través de él nos enfrascamos en Nietzsche, y en todos aquellos prestigiosos germánicos del siglo XIX que a su turno habían sido discípulos de la generación de Goethe...

Aquélla fue, sin duda alguna, la época definitiva de mi carrera literaria. Todos ansiábamos producir y superarnos. Las lecturas en casa del maestro, donde se comentaba y pulía la obra de todos nosotros, sin distinción de escuelas ni prevención de grupos, era el estímulo para seguir adelante. De allí salíamos siempre, sedientos de nuevas emociones, a la librería de don Jorge Roa, en busca del autor nuevo que llegaba de Europa. El correo del viejo mundo tenía entonces para nosotros mayor atractivo del que ofrecen hoy los tableros de noticias cablegráficas.

Este ambiente inolvidable explica el que se hubiera producido entonces tanta obra notable en todos los géneros; porque a más del halago de crear una poesía, o una novela, estaba el de sentirse aplaudido y admirado por una muchachada que vivía para el arte y lo consideraba como ocupación de inmortales.

** Antes de venir a Bogotá ya había publicado yo varios poemas; pero casi toda mi obra inicial, todos los versos de Ritos, los escribí en la fiebre de aquellos años de vida bogotana, entre el noventa y seis y el noventa y siete.

Comencé con el soneto Decadencia, seguí con Ovidio en Tome y Las cigüeñas, y después vino el impulso incontenible de creación, estimulado por el aplauso de los círculos y aun por la crítica que provocaban las audacias inusitadas.

Por esos mismos días, en 1897, escribí Anarkos, para recitarlo en un concierto de beneficencia. La obra de nuestra generación circulaba a la vez en periódicos de todo orden, tan numerosos y variados como reducidos en su tiraje ...

La publicidad de que entonces se gozaba, aunque muy restringida, porque había de esperarse semanas y meses para que un papel impreso fuera a lomo de mula a toda la República, si acaso iba, nos satisfacía y halagaba mucho más que los grandes tirajes de hoy, porque los pocos lectores, ajenos a otra disciplina que no fuera la lectura de libros y periódicos, eran cálidamente comprensivos.

En esos mismos años ocupé también una curul en el congreso, representando a Cundinamarca, y pronuncié mis primeros discursos.

**Terminaba el siglo cuando se me abrió un nuevo horizonte: el viaje a Europa. El general Reyes, nombrado Ministro de Colombia en París, me llevó consigo como secretario. Hay que pensar lo que eso significaba para una persona como yo, que tenía fiebre de lectura y estudio y que, a pesar del íntimo contacto con Sanín Cano, sólo podía asomarse a la Europa moderna a través de la librería de don Jorge Roa. Comencé a asimilar cultura con verdadera furia. Quería saber de todo, y en el afán de abarcar cuanto fuese posible perdía la noción del plan. Temeroso de que la oportunidad fuera corta, vivía día y noche en los museos y bibliotecas, oía a todos los catedráticos de la Sorbonne, cualquiera que fuese su materia: ciencias políticas, medicina, helenismo... A veces mi cabeza trataba de estallar. Procuré al mismo tiempo relacionarme con todo lo que había de ilustre en las ciencias y las artes, y penetré en el alma francesa a través de cada uno de sus grandes hombres.

Hasta que un día dejaron de llegar sueldos... al menos los de los secretarios. Había estallado la guerra de los mil días, y el fisco -el de la República del siglo XIX- no estaba para lujos diplomáticos. Tuve que regresar a Colombia. ... """

Cordial saludo,