JOSÉ MARIA GRUESSO Y JACINTA
Miércoles 01 de marzo, 2006
De Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

José Joaquín Borda
nos relata la tragedia del payanés
José María Gruesso y Rodríguez y Jacinta Tenorio
{Arcesio Aragón la apellida Urgate) en 1794. Del extenso
 escrito hemos tomado una fracción del mismo que es la
 que reproducimos a continuación.

Cordialmente,

***

JACINTA
Por José Joaquín Borda

Artículo histórico dedicado al señor
Nepomuceno J. Navarro


De la inmortal expedición botánica brotaron varios círculos literarios, y entre ellos la Sociedad Eutropélica, a cuya cabeza brillaban dos popayanejos: el festivo Francisco Antonio Rodríguez y el célebre improvisador don José María Valdés. Este círculo se reunía en la biblioteca nacional, y su alma era el bibliotecario don Manuel del Socorro Rodríguez.

Figuraba también en aquel círculo otro popayanejo notable, don José María Gruesso.

Corría el año de 1794. Los principales miembros de la Eutropélica habían invitado a pasar un día contemplando los paisajes del Salto del Tequendama al distinguido joven Gruesso, que después de graduarse de abogado, estaba a punto de tomar una esposa en Bogotá, para regresar al Cauca.

Doña Jacinta Tenorio, encanto de sus padres, don Fabián y doña María, que la amaban como a las niñas de sus ojos; orgullo del bello sexo santafereño, era una amable beldad de 17 abriles. Su enhiesto tronco, tierno y flexible afín, se alzaba como un fresco lirio, que halagan las auras y calienta el sol con sus más suaves rayos: ojos negros; labios de grana, con una dentadura, que en vano hubieran querido imitar en nuestro tiempo Capella o Chambers; cabellera que al soltarla de seguro le llegaría a las corvas y la cobijaría como un manto de sarga tejido en Damasco.

Y ahora, su voz... ¡oh! su voz parecía formada con las notas más deliciosas y más hábilmente buscadas para bajar al fondo del corazón de quien la oía.

Llevaba unas lindas chinelas de raso, un traje blanco flores de oro. ¡Qué linda!, ¡oh!, ¡qué linda y relinda estaba así! Figúrense ustedes, de novia, y novia de todo un doctor buen mozo, joven, rico, querido de todos. Si la alegría del corazón es una belleza más en el rostro, ¿cómo estaría Jacinta?

Serían las dos de la tarde, hora en que los santafereños dejaban ya la apacible siesta.

El doctor Gruesso, contento, feliz, dichoso, penetró al recinto donde vivía su novia.

Tocó por fin al recinto de Jacinta, dulce retrete, tan perfumado, tan oloroso como un pedazo del Edén. No había allí sino un pequeño sofá de filipichín de seda roja, con algunos asientos de lo mismo, todos con su cornisa dorada y sus patas redondas, de mano de tigre también doradas.

En una pequeña mesa había una taza de porcelana con un fresco ramillete, y en la pared del frente, una preciosa Virgen pintada por Vásquez, tan celestial, tan apacible, tan dulce, que parecía derramar sus virgíneos reflejos sobre la figura encantadora de Jacinta. A un lado estaba doña María, algo entrada en años ya, pero que dejaba ver en su madura belleza que era por cierto digna madre de su hija.

Doña María estaba triste. Jacinta estaba pálida y como adolorida.

El doctor Gruesso tenía una hermosa figura, alto y airoso cuerpo, negros y brillantes ojos y un bigote color de azabache, que complementaba su varonil hermosura. Saludó cortés, y más que cortés respetuosamente, tomó asiento y añadió:

-Sólo vengo por unos cortos momentos: los amigos están esperando, el caballo está ya enjaezado.

Doña María repuso: -¡Ay, doctor! ¡No se puede usted figurar! Si esta niña, no lo crea, tiene un corazoncito... Desde anoche está indispuesta y no sabemos que hacer.

-Pues, si mi viaje es la causa de ello, gracias a Dios dijo el doctor, que el remedio es fácil; me quedaré, me quedaré muy contento. Por desgracia, el paseo es dedicado a mí.

Jacinta no pudo contenerse y exclamó: -¿Sabe usted, doctor Gruesso? Anoche tuve un sueño muy triste. Soñé que usted se iba y que no nos volveríamos a ver.

-¿Usted cree en sueños, Jacinta? Dentro de un momento le probaré cuan falsos son y como no debe creerse en ellos. ¡Adiós, adiós! Me están esperando. ¡Que la encuentre tan linda como siempre y más alegre que hoy!

Tendió las manos a las dos señoras, cogió su sombrero y al salir, hizo a las damas una inclinación tan galante como un duque.

Una partida de jóvenes condiscípulos de Gruesso formaban la comitiva y marchaban a reunirse en Tres Esquinas, para no turbar con tan ruidosa comparsa las calles silenciosas de Santafé. Era ya bastante tarde, y con las primeras luces del ocaso, llegaron a Soacha.

Allí dieron un paseo a pie al rayo de la luna y regresaron, llamados por la esperanza de la cena, que era la mejor campana para una comunidad de colegiales. No faltó quien supiera rasgar una bandola, ni quien acompañara con el canto de amorosas composiciones, ni quien hiciera reír la gorge deployée con historietas llenas de sal y pimienta. El hecho es que los buenos colegiales apenas a media noche empezaron a cabecear, y los criados a abrir almofrejes y a preparar camas.

A pocos momentos, todos dormían a pierna suelta.

Con el primer rayo de la aurora salió Gruesso a la calle: el fresco de la mañana y el color de los cielos que la aurora alumbraba, alejaron de su imaginación los fantasmas de la noche. Es decir, que fue el primero en montar a caballo con dirección al Salto, y su hermoso caballo el que primero estampó su robusto casco en el Almorzadero.

¡Qué feliz sería yo!, decía entonces el doctor Gruesso, ¡si viniera Jacinta a mi lado! ¡Con qué gusto le serviría yo de apoyo! ¡Y ahora! ... tal vez estará pensando en mí. Con ese pensamiento cogía flores silvestres, que se hacía la ilusión de presentarle.

De repente vio a sus pies el magnífico espectáculo. El Funza traía por entre grandes piedras sus inquietas ondas de agua, que a sus mismos pies se lanzaban al horroroso abismo en témpanos de nieve, en madejas azules, en vetas rojas como púrpura, en vellones de nieve y oro, atropelladas, incansables, tronantes como la voz de un cañón gigantesco.

Allí junto a la hoya inmensa destaparon las botellas y celebraron un almuerzo suntuoso que no habían querido celebrar en el Almorzadero y en que no faltaron los brindis, las anécdotas y hasta los versos de circunstancias.

El vino aumentó más y más el buen humor de los alegres jóvenes. Cantaron y tocaron al son de la vihuela; echaron brindis fervorosos, narraron mil historias, género en que sobresalían... Pasaron en seguida a contemplar la cascada por el lado del frente, punto desde donde se ve completamente, aunque aparece menos grande y menos imponente.

Cuando volvieron al Almorzadero, era ya tarde y se veían precisados a continuar la fiesta en Soacha; que los estudiantes no se fatigan por poca cosa. Al rayar el alba, les dijo el doctor Gruesso:

-Ahora dormid, amigos, que la mañana está helada. Yo parto; porque ya sabéis que palabra de estudiante no puede faltar. Además, tengo negocios urgentes relativos a mi grado.

En seguida bajó al patio, tomó su caballo y lo puso al galope.

El toque de oraciones sonaba en los campanarios de Santafé, cuando los estudiantes, bien molidos y cansados llegaron a sus casas. A esa misma hora, el joven Gruesso iba a salir de su cuarto.

Llegó a la Calle de la Carrera, donde vivía la familia de Jacinta, y todo estaba ya desierto en balcones y ventanas, sintiendo estuviese ella esperándole, aunque temiendo hubiese seguido su indisposición.

Vio con sorpresa al llegar al portón, que las puertas estaban abiertas. Subió al corredor... estaba solitario.

Tocó a la puerta del retrete de Jacinta.. . ¡silencio! Pasó por junto a la sala, y por un movimiento irresistible pasó derecho y tocó en los aposentos de los padres de Jacinta... ¡Nada! ... ¡nada! ... Silencio sepulcral. Entonces corrió a la puerta de la sala, alzó la mampara, abrió la puerta, miró al centro, y allí mismo en el dintel quedó petrificado. ¡sin lanzar un ay!, sin hacer una pregunta.

¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡En el centro estaba Jacinta, muerta! sí, muerta repentinamente la noche siguiente a la partida de su novio al Salto.

Aún parecía vivir, fresca, linda como una camelia escogida; risueña, como deben estar siempre los ángeles. Al lado estaban sus padres, con la cabeza doblada bajo el inmenso dolor, que ni les dejaba derramar una lágrima.

A su entrada alzaron ambos la cabeza y -¡Qué es esto! exclamó el doctor.

-¡El Señor nos la había dado, exclamó el virtuoso anciano, el Señor nos la ha quitado! ¡Bendigamos sus decretos y roguemos por ella!

El doctor Gruesso, estupefacto, lívido, no se movía. Conoció que su carrera estaba truncada; que su dicha en el mundo había terminado, y en aquel mismo instante se volvió a Dios. En ese mismo instante se alejó de la casa de Jacinta y se fue al Seminario, en donde empezó al día siguiente sus estudios de teología, resuelto a ordenarse de sacerdote.

A los dos años regresó al suelo nativo y vivió «triste hasta la muerte».

El obispo, don Salvador Jiménez, le rodeó de consideraciones y de afecto y le nombró canónigo de Popayán. El doctor Gruesso escribió «Las noches de Geussor», a imitación de las noches de Aturo Young, en 32 cantos de los cuales sólo tres se conservan.

Escribió también las «Lamentaciones de Pubén», de las cuales se conserva un canto; varios discursos académicos que pronunció en la Universidad de Popayán y tradujo «Los Sepulcros» de Harvey.

Escribió también cuatro preciosos «Himnos para las escuelas» y una elegía en la muerte del señor don José María Mosquera, que comienza con estos versos, revelación de su dolorosa vida:

«Un suspiro me queda... Yo lo exhalo
Sobre el sepulcro do Mosquera yace»


Cargado de años, de virtudes y de dolores, el novio de Jacinta subió por fin al cielo el 12 de mayo de 1835, dejando en Popayán como recuerdo, el suave olor de sus virtudes.