AMALIA VEJARANO DE GRUESO: II
Martes 10 de febrero, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano


Amigos payaneses:

Con motivo del onomástico de Amalita Vejarano de Grueso, Ruth Cepeda Vargas escribió el siguiente artículo para El Liberal.

Cordial saludo,

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Amalia Vejarano de Grueso
Por: Ruth Cepeda Vargas

“Bien vale haber vivido si el amor me acompaña”
Pablo Neruda

El Liberal
Domingo 8 de febrero, 2004

El dolor del hombre necesita ser oído. Cuando en la radio, en la televisión, en los corrillos, vemos y escuchamos que nuestra patria se desangra. Que la pobreza crece. Que los hogares se destruyen. Que la violencia intrafamiliar golpea a niños, mujeres y hombres, constatamos que la carencia de amor y de generosidad produce estos hechos, lo cual, acompañado por una total indiferencia, nos demuestra que el sentido de solidaridad y de preocupación por la suerte del otro, no existe.

Se nace y se vive dentro de sociedades donde la bondad y el entendimiento no tienen espacio. Es por eso que al encontrar personas como Amalia Vejarano de Grueso, nos reconciliamos con la vida y tomando las palabras de Neruda, entendemos mejor que el ayudar a los demás “Es como esa agua que viene de alturas invisibles. Regará los campos y dará pan al hambriento. Caminará entre las espigas. Saciarán en ella su sed los caminantes y cantará cuando luchan o descansan los hombres”.

Creo que es una suerte haber nacido con el corazón abierto a las penurias ajenas. Tener la lámpara encendida, por si se necesita una luz. Llegar a ellos, los olvidados, para decirles que el consuelo existe y la ternura también. Y esto lo hace ella en su trabajo diario. En la reunión, en la visita o en el encuentro casual, lleva como un emblema, su mensaje: “Hay que ayudar”, logrando así construir, tramo a tramo, sitios en donde, iluminadas por su fe salesiana, nacen y viven las realidades que su espíritu de servicio un día concibió.

Muchos de nosotros pasamos la vida dentro de nuestras colmenas, sin siquiera echar una mirada al paisaje que nos circunda. No vislumbramos el dolor del mundo. No nos importa el sufrimiento debajo de los techos, sobre las calles, junto a los semáforos. Amalia, desde un principio, puso los pies sobre la tierra y el paisaje, entonces, se hizo humano y profundo. Así, sencillamente, empezó su tarea.

No haré una lista de sus excelencias porque sé que ella no lo necesita. Simplemente quiero, con estas palabras, contarle que su vida no ha pasado en vano. Que Elizabeth, su niña, vive y se regocija en el costurero que lleva su nombre, multiplicando en el tejido, en la tela, en el bordado, su joven y luminoso recuerdo. Amalia sabe que sentirse útil es el camino directo a la felicidad. Es cerrarle la puerta al tedio y abrir la ventana a la luz nueva de cada día. Es saber, que sin darse cuenta, ha construido surcos en donde la bondad se multiplica. Ha entendido que todo el que llega buscando una respuesta, debe ser escuchado. Cuán sencillo parece todo esto contado así como se cuenta un cuento: “Érase que se era en el País de Nunca Jamás...” Y ella penetró entonces en ese territorio y conoció la soledad y la necesidad del semejante. Se sentó a escucharlo a la orilla de su corazón y supo que lo único que puede salvarnos de la muerte y del olvido es esculpir la doctrina del dar en la gente que lo necesita.

Inmortalidad no significa respirar para siempre. Es vivir renovado en el recuerdo de los que alguna vez nos encontraron cuando vagaban extraviados. Es no tener reparo en repartirnos. Es saber que más allá del tiempo, la estrella que nos correspondió sigue girando en el eterno ciclo de la vida.