GRAN GENERAL TOMAS CIPRIANO DE MOSQUERA
Sábado 7 de octubre, 2000 
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

Un día como hoy, 7 de octubre de 1878, murió en su hacienda de Coconuco el Gran General Tomás Cipriano Ignacio María de Mosquera y Figueroa Arboleda Salazar. El general nació en La Pamba (hoy calle 3, Nro. 5-38), el 26 de septiembre de 1798. Una de las narraciones más detalladas de ese nefasto día es la que corresponde a José Domingo Rojas, abogado payanés y político eminente, de la cual transcribimos los siguientes párrafos:

""" ... Los detalles que tengo sobre la muerte del Gran General, los oí muchas veces de mi madre Felisa Arboleda de Rojas. En 1878 mi madre era una niña de diez y siete años e hija de Antonio Arboleda y María Luisa Ayerbe, hermano aquel de María Ignacia Arboleda la esposa del general, muy mimada por ésta y por el general, que también era su tío, razones por las cuales solía veranear en Coconuco. El general en la intimidad del hogar, era festivo, decidor, aún chancero. No teleraba, eso sí, la menor contradicción. Gustaba mucho del tresillo, y largas horas se entretenía jugándolo. Alguna vez mi madre, incauta, le dió codillo. El general montó en cólera. Los jugadores avezados se cuidaban mucho de ganarle y un codillo no lo podía tolerar. No volvió mi madre a jugar con él a pesar de todas las excusas que le presentó luego. El manotazo a la mesa había sido fenomenal.

Un vago presentimiento se cernía en la casa. El general, que en Coconuco olvidaba su vida de estadista, sus presidencias de la república, sus revoluciones, sus fusilamiento, aparecía a ratos sombrío. Su locuacidad no era la misma de otros días. Permanecía largos ratos reconcentrado, pensativo, mirando sin mirar, paseándose lentamente en la amplia sala, al amor de la chimenea que al estilo europeo había hecho construir. El 6 de octubre se acentuó en él la tristeza. La angustia invadía a todos los estantes en la casa. Algo fatal se avecinaba. Se hablaba en voz baja, nadie osaba el menor ruido. Procuraban todos, sin embargo, disimular inquietud. No quiso sentarse ese día el general a la mesa. En todo él estuvo, por los corredores y en la sala, paseándose a lentos pasos, las manos atrás entrelazadas. No admitía conversación. A cada instante murmuraba con apagada voz. "Virgen del Rosario favoréceme. Virgen del Rosario". Todo el día invocó a la Virgen, cuya fiesta celebrábase al día siguiente. Conmovía esa plegaria nacida del corazón del hombre anciano y recio, que fue cruel con la iglesia y tuvo mano de hierrro para con sus enemigos. El 7 de octubre ya no pudo levantarse ni hablar. En la madrugada de ese día le sobrevino un derrame cerebral, y apenas si emitía sordos ronquidos. La confusión en la casa fue grande. Llegaba lo presentido.

A las dos de la tarde llegaba su hermano Manuel María acompañado de su esposa María Josefa Pombo. Una reacción en esa hora, la que le permitió al enfermo musitar algunas palabras a su hermano y darle algunas instrucciones, hizo que Manuel María no creyera que había inminente peligro de muerte, y regresó a las cuatro, con su esposa a su hacienda, con en el ánimo de volver al día siguiente. Por la tarde fue el padre Campo. Le tenía terror al general. Temblando se arrimaba de puntillas a los pies de la cama. No se atrevió a hablarle una sola palabra. El general alguna vez lo miró apaciblemente. Pero el padre salía del dormitorio tan pronto como entraba. El médico José María Iragorri, llegó al caer la tarde. El general estaba en completa inconsciencia. Le hizo algunas aplicaciones y prescribió gran silencio. Comprendió que el desenlace final era irremediable, pero no lo esperó para esa noche. Creyó que el general amanecería. En 1872, al regresar del Perú, el general había sufrido un ataque semejante. Fue enconces cuando habiéndose esparcido por el país la noticia de que había confesado, exclamó el general Posada Gutiérrez: "Como muera Mosquera, aunque se salve".

A las diez de la noche todo el mundo se recogió en sus cuartos, y sólo quedaron en vela, en la pieza del general, María Ignacia y mi madre. En una habitación vecina estaban Manuel Esteban Arboleda y Emiliano Mosquera. A eso de las diez y media, María Ignacia, con José Bolívar Carlos Dorico (nacido el 2 de junio de 1878) en la falda, se quedó dormida en un diván inmediato a la cama del enfermo. Mi madre velaba junto al lecho. De pronto aumentó el estertor e hizo el moribundo actitud de querer incorporarse. Levantó la cabeza mi madre y llamó angustiada. Despertó María Ignacia. Llegó Emiliano Mosquera a ayudar a sostenerlo. En ese instante, tranquilamente expiró ... ... """

Cordial saludo,