CARLOS GONZALEZ VIDAL
Domingo 14 de diciembre, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Carlos González Vidal, notable periodista payanés, amante de todas las tradiciones y expresiones de su ciudad natal, el es tema del artículo escrito por Ruth Cepeda Vargas que transcribimos a continuación.

Saludos, Mario

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Para Carlos González 
Por Ruth Cepeda Vargas 

El Liberal 
14 de diciembre, 2003

Era marzo de 1.998... Cumplías ochenta años. Y habías llegado a la cumbre de la montaña: alegre, travieso como un niño, chispeante, siempre lúcido y alegre. Te escribí diciéndote: a pesar de los años, de las pesadumbres, de las diminutas e inmensas alegrías, tu perfil de gran amigo sigue inalterable.

Luego los años trataron de recortar tu marcha, tu visión, el deslumbrante interés por el mundo que te rodeaba. Pero no lo lograron. Continuabas, impasible, en tu travesía por la ciudad que amabas. De pronto una voz conocida te detenía y empezaba la charla y el comentario. Ni la lluvia, ni el sol, ni el peligro de caminar sin guía, fueron excusas para quedarte en casa. “Caminante, no hay camino.

Se hace camino al andar...” Y qué profundas e incontables huellas dejaste en ese trasegar infatigable que nadie ni nada pudieron detener. Popayán guarda la sombra de tus pasos, recorriéndola. Este lugar era el horizonte por donde te asomabas a tomar el pulso de la vida. Y eran las torres y el poniente encendido, los que te daban la brújula para tu dolor ante las cosas injustas, lacerantes, que tú conocías y para las que había que buscar remedio.

Y entonces escribías con claridad, con valor, con la entereza que siempre te asistió. Y denunciabas y buscabas respuestas a este inmenso interrogante de violencia que sigue suspendido en el horizonte. Llevabas en la sangre ese torrente de inquietud social que hizo de Tuto, tu hijo, mártir inolvidable en las luchas estudiantiles de esos tiempos.

Fuiste siempre fiel a tu vocación de periodista. Esta es una enfermedad que, afortunadamente, nadie cura. Las palabras, los hechos, las noticias estaban en el centro de tu universo y tú les dabas vida y las vertías al papel para que su voz no se callara nunca, porque los oídos de los otros necesitaban de su presencia para no olvidar los deberes que todos tenemos como ciudadanos, ya que ellas pulsan diariamente el ritmo de la patria. Te imagino sonriendo cuando diseñabas tus crucigramas. Esto debía convertirse para ti en un delicioso paseo de investigación: hacer con las horizontales y las verticales una trama armoniosa a fin de que la gente descifrara tu pensamiento. Cuando no lo publicaba “El Liberal”, la gente preguntaba por su ausencia.

La vida de todos, Carlos, toma una imagen propia. La cincelamos, le damos un color y un estilo. Y tú la hiciste, trabajaste tu sitio, día a día, con el fervor y la maestría que estas cosas reclaman, porque llevan el sello de cada ser, impreso. Por eso cuando alguien se va, como te ocurrió a ti y como nos va a ocurrir a todos, hay un pequeño o gran cataclismo, en la hondura del lugar que queda vacío.

Al abrir el periódico te buscaremos para leerte de nuevo. Y los ojos, inconscientemente, revisarán cada hoja, buscando tus huellas.

No morimos del todo, Carlos, quedamos dispersos en los seres y en las cosas que amamos. Graciela, tus hijos, tus incontables amigos, seguiremos conversando contigo mientras dure tu luz.