GENERACION X
Miércoles 4 de julio, 2001
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses jóvenes:

Silvia Juliana Mera Gamboa, nos envía una comunicación diciéndonos " ... el siguiente artículo de Daniel Samper Ospina que apareció recientemente en la Revista Diners, posiblemente más de uno de nosotros se sienta identificado con él ... ".

Nuestros agradecimientos a Silvia Juliana por preparar y remitirnos el texto.

""" ... Generación X

Mi generación no sabe quién fué Pambelé pero admira al "Happy" Lora; olvida a "Cochise" Rodríguez pero recuerda a "Lucho" Herrera; ignora a Willington Ortiz, pero añora al "Pibe" Valderrama, y coincide con las demás generaciones en que recibió un país con el que ya no se puede hacer nada: aparte de tres glorias deportivas que sólo le sirven al recuerdo; mi generación no obtuvo ningún beneficio de nacer donde nació y con el tiempo se dio cuenta de que la lucha no consistía en transformar el país, sino en bregar para que el país no lo transforme a uno. Casos se han visto: los jóvenes libertarios de los años sesenta, que son nuestros padres, terminaron entregándonos un país más desgonzado del que recogieron, y apenas quedan sus fotos de hippies que pregonaban cambios sociales en algún rincón perdido de las mansiones que ahora defienden con la misma codicia que antes denunciaban. Con pocas salvedades intelectuales, los que eran más contestatarios son ahora hombres de fortuna que se fueron convirtiendo en lo que más odiaban mientras jugaban al golf.

Mi generación no va a sufrir por traicionarse a sí misma porque nació traicionada. Ni siquiera alcanzó a tener sueños de igualdad. No sabe cuándo López pone a pensar al país; tampoco cuándo el país pone a pensar a López: ni siquiera sabe cuál es el país de López. Piensa que Camilo Torres es un colegio y no un ejemplo. Y, a golpe de tenerlas juntas y tan cerca, ya no cree en nada: ni en la vida ni en la muerte. Nos hicimos adolescentes de una manera temeraria: crecimos en medio de la toma de una embajada; mientras íbamos a la primaria la guerrilla entraba a sangre y fuego al Palacio de Justicia y la frente se nos cuajaba de acné al mismo tiempo que asesinaban a varios candidatos presidenciales. Nos acostumbramos a oír rock en español bajo ventanas que tenían crucifijos de cinta pegante para que, luego de que estallaran las bombas del narcotráfico, el granizo de vidrios no nos cayera encima. Y, pese a que crecimos entre muertos, nunca tuvimos pavor, aunque sí miedo: un miedo vago ante el ruido de las motos, que se fue disolviendo en la indolencia para que no nos muriéramos sin que nos mataran.

Mi generación se divide entre yuppies y alternativos; entre banqueros con suerte y rebeldes sin causa: los dos son una forma de evadir la realidad y de hacerse viejos sin mirar a nadie, y en las gamas que van de un esterotipo al otro hay más resignación que valentía. De poco nos valió estudiar. A punta de guerra y desempleo fuimos frustrados. Y muchos de sus miembros están empezando a irse: según esta misma revista, en 1999 se marcharon a buscar otra suerte más de 81.000 personas entre los 20 y los 29 años, en tan sólo doce meses perdimos dos estadios llenos de jóvenes que quieren vivir en otro sitio, envejecer en otro clima y morirse de otra muerte. Sin embargo, en el fango de los años muertos sobre el que nos hicimos, tenemos un valor fundamental: somos escépticos. Por crecer sin sueños, estamos libres de ellos. Va ser más difícil que nos engañen, nos seduzcan y nos mientan. Si no cambiamos al país, el país tampoco nos cambiará a nosotros. La frustración de que no sólo no nos dejaron hacer patria, sino de que la patria nunca nos dejó hacernos a nosotros, nos ha vuelto más ásperos pero, a la vez, menos peligrosos.

Nuestras verdades no son doctrinas de cemento; tampoco hechizos ideológicos. Son más bien cuestiones elementales: no queremos que nos maten, deseamos trabajar. Y demás frases tranquilas. Sobre la sencillez de nuestras aspiraciones, y sobre ese escepticismo robusto y pacífico, tendemos nuestros últimos restos: nuestra última reserva para que Colombia deje de parecerse a lo que nos entregaron: un paisaje sin gente, una instancia mental; una vaga nostalgia por tres glorias deportivas que sólo le sirven al recuerdo. ... """

Cordial saludo,