GLORIA CEPEDA VARGAS
De: Mario Pachajoa Burbano

Carta a Walt Whitman
Por: Gloria Cepeda Vargas

Como hace más de 200 años desapareciste, me atrevo a decir las cosas que nunca te hubiera confiado si vivieras.

Todavía me perturba ese "Desplegar del trueno de la voz desde las costillas a la garganta" que retumba en tu "Canto de Alegrías", y la rudeza que exhibes de la barba a los pies.

Eres el gran desorbitado de la literatura. Como un árbol pluralmente estacionario, te desparramas hasta cubrir la tierra.

No fue coincidencial que vinieras al mundo en West Hills, el pequeño caserío rural del centro de Long Island cuando despuntaba el siglo XIX. Si lo hubieras hecho en cualquiera de las metrópolis que se alimentan de arrogancia y lujuria, tu pecho no sería ese bosque en permanente floración.

Ahora quiero decirte, viejo de hermosa senectud, fauno hecho para el retozo del lecho y las crecidas hierbas olorosas, que únicamente puedo visitarte en la inocencia del poema. A diferencia de lo que me sucede con Alfonsina, Federico, Machado, o cualquiera de los amigos que me llaman desde la calle en sombras, no quisiera haberte conocido. Me atemorizan, tanto tu follaje donde anidan águilas y gusanos, como la paradoja que nutre por igual a los "Cantares del afecto viril" en el desafío de "Calamus" y la soberanía de tu más bella producción: el Canto escrito cuando Abraham Lincoln, "aquella poderosa estrella del Oeste", se eclipsó para siempre.

En treno caudaloso convocas a tu parentela cercana: las fuerzas de la naturaleza en estado de pureza absoluta. Frases predictivas auscultan lo invisible. Todo gime: el río, el viento, el pájaro extraviado. Y ahí tus brazos como ramas de un tronco inabarcable, ceñidos al estremecimiento del poema.

Por un instante saltas al lomo del garañón salvaje, subes y bajas en danza demoníaca para regresar, manso como la bestia, bajo la luz del único crepúsculo que conoció tu mediodía de violentas germinaciones.

Viviste como te vino en gana y lo dijiste a gritos. No se te puede invocar cubierto de piel perecedera como todos o rezumando sudores y lágrimas que desembocarán en el mar colectivo. Hay que mirarte a distancia. Lo ubérrimo de la sangre se te escapa por los ojos, por la boca, por los poros.

Ignoro si el olor de la carpintería familiar donde empezaste a degustar la vida, te dio ese aliento vegetal que impregna todo lo que tocas y esas raíces verdinegras que te afianzan en todo lo que cantas.

Afortunadamente no aprendiste a mirar de reojo ni a hablar entre dientes como lo hacían tus contemporáneos. Un solo libro: "Hojas de Hierba", bastó para derribar o ignorar la estructura y el vocabulario poéticos de entonces. Yunques, martillos, hortalizas, fraguas, pinos, robles, oficios, leños resecos o recién cortados, piedras, ríos, guerras ancladas en los "Redobles de tambor" que dejó tu participación como enfermero del Ejército del Norte en la Guerra de Secesión… El mundo entero atrapado en palabras redondas y rojas como manzanas maduras.

"Yo canto a la eternidad de la existencia", dijiste. Eso y mucho más hiciste, desaforada encina que saltó de las aceras de Manhattan para integrarse al desorden humano.

Ahora vas, libre de toda libertad, hacia la "Clara medianoche" que te ilumina para siempre:

"Ésta es tu hora ¡Oh alma! Tu libre vuelo hacia lo indecible
lejos de libros y de arte, borrado el día, dada la lección
y tú emergiendo plenamente, silenciosa, contemplativa,
ponderando los temas que más amo:
la noche, el sueño, la muerte y las estrellas."