SEMANA SANTA POR FUERA DE POPAYAN
Jueves 1 de mayo, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Juan Caicedo Ayerbe nos ha enviado el recuento de las intimidades de la exitosa exhibición de varios pasos de la Semana Santa de Popayán en el Museo Nacional de Bogotá, narrados en deliciosa y amena forma. Nuestros agradecimientos a Juan por deleitarnos con esta historia.

Cordial saludo,

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SEMANA SANTA DE POPAYAN POR FUERA DE POPAYÁN
(Crónica de una aventura)
Por: Juan Caicedo Ayerbe

Son proverbiales en Popayán las anécdotas que narran las ganas de los patojos semana-santeros de hacer procesiones todo el año, como aquella que cuenta que por allá en la época de la independencia le hicieron procesiones en diciembre a mi general Bolívar, que visitaba por entonces la ciudad. De lo que no se tenía noticia era de que los popayanejos hubieran salido a hacer procesiones en otra parte, vale decir por fuera del terruño (aunque no faltó alguna vez la propuesta de cambiar una procesión por uno de los equipos de fútbol de nuestros vecinos del Valle).

Pues bien, el año 2003 pasará a la historia de las procesiones como el de la primera vez que se llevaron los pasos a otra ciudad (aunque no se hizo procesión).

La historia arranca a finales del 2001, cuando la entonces Ministra de Cultura, Aracelly Morales, en una visita a Popayán en compañía de la muy popayaneja Martha Mercedes Castrillón, también entonces Vice-Ministra de Cultura, le propuso a la Junta pro Semana Santa llevar los pasos a Cartagena, de donde la Sra. Morales es oriunda. Inicialmente la idea pareció un despropósito, propio de la imaginación desbordada de nuestros colombianos caribes que ha quedado plasmada en obras inmortales de la literatura. Pero a nuestro inquieto Presidente, el Dr. Harold Casas Valencia, y a sus compañeros de Junta la cosa les quedó dando vueltas en la cabeza, hasta que tomó la forma de llevar algunos pasos a Bogotá, posiblemente para exhibirlos en una de las iglesias de la capital, que las tiene en abundancia y por cierto tan hermosas como las nuestras, pensando que dar una “degustación” ha sido siempre la mejor manera de enamorar a alguien para que quiera disfrutar de verdad aquello de lo que solo se le presenta una pequeña muestra.

Con ocasión de la Semana Santa del 2002 la Junta disfrutó de la hospitalidad siempre amable del Museo Nacional de Colombia en Bogotá, para hacer el lanzamiento del libro de la Semana Santa que en ese año se publicó. Ya para entonces la misma Martha Mercedes había sugerido que, de llevar las procesiones a Bogotá, el mejor sitio para exhibirlas era el Museo Nacional, por lo que el Dr. Casas, ni corto ni perezoso, aprovechó la ocasión para proponer la idea ante las directivas del Museo. Seguramente la idea debió producir en ellos la misma reacción que meses atrás se había producido en los miembros de la Junta al escuchar la propuesta de “la chica” Morales, porque la respuesta fue que eso no era tan fácil, que el Museo tenía planeadas todas sus exposiciones con años de anticipación, y otros comentarios de esa misma laya que debieron caer como jarro de agua fría, suficiente para desanimar a personas menos entusiastas que los miembros de la Junta Permanente. Y al igual que a ellos meses antes, la idea debió quedarle dando vueltas en la cabeza a la Directora del Museo hasta que lo absurdo se vio posible, los obstáculos superables y los inconvenientes empezaron a percibirse como de poca monta.

Porque lo cierto fue que en Agosto del 2002 la Junta fue gratamente sorprendida con la invitación formal del Museo para llevar a Bogotá una muestra de las Procesiones de Popayán en los primeros meses del 2003. Tal vez solo entonces empezamos a tomar conciencia de la magnitud de la tarea que, por propia iniciativa, nos habíamos echado a cuestas. Pero ya sabemos que cuando se trata de “echarse algo al hombro”, los popayanejos semana-santeros no le tememos ni a La Dolorosa y al Perdón juntos. Y para ello siempre contamos con el entusiasmo y el amor por lo nuestro como motivadores de primerísima categoría. Y hablando de primerísima categoría, tenemos que hacer aquí un reconocimiento muy claro a un popayanejo semana-santero de tuerca y tornillo que asumió desde el comienzo la responsabilidad delegada por la Junta de ser el coordinador de toda la operación: el odontólogo Felipe Velasco Melo. Desde ese momento Felipe empezó a dedicarle al proyecto una enorme cantidad de su tiempo y la totalidad de su contagioso entusiasmo que nace, como ya dijimos, del amor por nuestra Semana Santa.

La primera tarea fue visitar con la delegada del Museo las iglesias donde se guardan las imágenes y darle a esta especialista la mayor cantidad de información posible sobre los méritos artísticos, culturales y religiosos de cada una de ellas. Con este bagaje el Museo mismo sugirió los pasos e imágenes que deberían viajar para que hubiera no solamente una muestra representativa de la imaginería sino un conjunto que permitiera desde un punto de vista museográfico transmitir a los visitantes de la exposición “los significados más amplios y profundos” de la Semana Santa patoja. Es oportuno recordar en este punto que las directivas del Museo constituyeron también en Bogotá un “Comité de Honor”, conformado por payaneses residentes en esa ciudad que contribuyó notablemente a “alcayatar” el proyecto en muy diversos aspectos: desde los textos del catálogo de la Exposición, hasta el ciclo de conferencias que sobre diversos temas de la Semana Santa payanesa se ofrecieron también al público durante el tiempo que duró la exposición; sin olvidar que en varias ocasiones también contribuyeron a “lagartearse” los recursos necesarios para poder hacer realidad toda la operación.

Definidos así los pasos e imágenes que viajarían a Bogotá, se inició el diseño y la construcción de los enormes guacales, que empezaron a atiborrar las salas de la sede de la Junta en el mes de Diciembre. Pero antes, por supuesto, el proyecto fue sometido a la aprobación de los Síndicos, los Párrocos y el Sr. Arzobispo de Popayán, quienes comparten con la Junta la enorme responsabilidad que significó sacar las veneradas imágenes y sus paramentos de los sitios donde permanecen desde hace tantos años y llevarlas por fuera de la ciudad. También con ellos fueron discutidos los términos que permitieron darnos las seguridades razonables de que se podría hacer el viaje de ida y regreso sin que sufrieran menoscabo, entre estos la expedición de una póliza de seguros que por fortuna no fue necesario utilizar. Y aquí se imponen otros reconocimientos, al Sr. General Héctor Fabio Velasco, comandante de la Fuerza Aérea Colombiana, quien proporcionó los aviones Hércules en que finalmente se transportó la exposición a Bogotá, y al Dr. Luis Genaro Muñoz Ortega, quien gestionó con el gremio cafetero la expedición sin ningún costo de la póliza ya mencionada. Ellos pertenecen a ese selecto grupo de payaneses de “la diáspora”, a quienes los largos años fuera de la patria chica les incrementa la nostalgia y las ganas de dar su concurso para las empresas frecuentemente quijotescas con que se mantiene sin mengua ese cordón umbilical a lo largo del tiempo.

Pues bien, a duras penas nos reponíamos del guayabo de Diciembre cuando nos dimos de manos a boca con que ya terminaba el tiempo de la planificación y había que empacar y viajar. Los que visitaron la sede de la Junta en la primera y segunda semana de Febrero deben haberse sorprendido ante la actividad febril que allí reinaba. Además de los guacales empezaron a llegar las andas, las imágenes y los cajones con los paramentos, hasta el punto de que físicamente ya no había espacio por donde caminar. A puerta cerrada, por prevención, empezamos a forrar las imágenes con una verdadera “coraza” de espuma y papel, a colocarlas en los guacales y a asegurarlas dentro de estos, contando nuevamente con la asesoría de personas expertas del Museo.

A medida que se iban cerrando los guacales y los “pulseábamos” como hicimos en la adolescencia con El Sepulcro, La Crucifixión ó Las Insignias, también empezamos a medir la magnitud de la tarea que iba a ser sacarlos de la Junta, subirlos al camión de Don Oscar Velasco, llevarlos al aeropuerto y subirlos al Hércules. Cualquier pensamiento sobre las tareas subsiguientes de bajarlos en Bogotá y llevarlos al Museo, era rechazado como nos aconsejaban en la lejana juventud los profesores de religión que debíamos hacer con los “malos pensamientos”. Finalmente, con la colaboración de muchos y con las herramientas y máquinas apropiadas la operación de cargue se completó sin mayores tropiezos, (incluyendo la aparición providencial de un avión de carga no previsto que llevó las dos andas que no cupieron en el Hércules). Eso si, terminamos con la misma sensación de agotamiento que debían sentir los cargueros de antes cuando se permitía cargar las cuatro noches.

La llegada a Bogotá y la armada en el Museo han sido magistralmente registradas por Dña. Elvira Cuervo de Jaramillo, Directora del Museo, y no es necesario por tanto hacer nuevas referencias a ello. Solamente faltó decir que al concluir la armada, y cuando el consumado estilista Dr. Tulio Mosquera terminó de peinar a Toribio, los cargueros más jóvenes hicieron corro a su alrededor para escuchar las anécdotas, las exageraciones y los apuntes con que los mantuvo embelesados a pesar del cansancio por varias horas más.

No está por demás recordar que, como suele suceder con los recursos del Estado, una cosa son los compromisos presupuestales y otra muy distinta verle la cara a los giros con que hay que empezar desde muy temprano a sufragar los gastos de un proyecto como este. Así, ya ad-portas de la fecha prevista para la inauguración, el Dr. Felipe Segura, otro popayanejo que vive en Bogotá alimentando las añoranzas de su tierra, tuvo que conseguir con la empresa donde trabaja, un aporte, ese si en efectivo, que permitió al Museo atender los gastos iniciales que no dan espera y asegurar que todo el esfuerzo se rematara con una inauguración a la altura requerida.

Para poner punto final a esta crónica déjenme contar entonces que la inauguración de la exposición en Bogotá emocionó hasta nublarle la vista a más de uno. El Museo hizo su parte de manera muy profesional y, literalmente, “re-creó” de muy bella manera todo el clima y el entorno de la procesión. En el hall de entrada ardían decenas de velas de cera de laurel y se percibía también el incienso de las sahumadoras. Al entrar al salón principal, donde en medio de la penumbra recibían iluminación preferencial las imágenes, se oían las notas de la orquesta y el Orfeón entonando los Misereres, el crujir de las andas y el “golpe” usado para iniciar o terminar cada “jurgo”: era que sobre una pared del fondo se proyectaban en un ciclo continuo varias filmaciones de semana santas pasadas del archivo gráfico de la Junta. En resumen, estamos seguros que en cada visitante al Museo, durante las seis semanas de la exposición, quedó sembrado el respeto y la admiración por nuestra tradición centenaria, amén del deseo de presenciarla directamente en alguna ocasión futura.

Mil gracias para los muchos que trabajaron denodadamente para que este sueño, que en un principio parecía aventura descabellada, se convirtiera en hermosa realidad. Estoy seguro de haber omitido involuntariamente a más de uno. Para ellos sinceras excusas.