FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA
Miércoles 5 de julio, 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses ilustres:

Sea esta la oportunidad de compartir con ustedes fragmentos del artículo de la Revista Diners (junio 2000) sobre uno de los payaneses más conocidos internacionalmente en la presente época: Fernán Martínez.

""" ... Fernán Martínez Constructor de Iglesias
(Fragmentos)
Revista Diners, junio, 2000

El barco enorme y muy lujoso recorría lentamente Menorca, Ibiza y todas las islas Baleares, en el Mediterráneo, y viajaba sereno, apacible. No era fácil imaginar que a bordo de esa nave iban Julio Iglesias y Fernán Martínez acompañados de las cuatro mujeres más hermosas del universo. Mucho menos podría creerse que Fernán, payanés que se había convertido en la mano derecha de Julio, estuviera allí, solo, rodeado de majestuosidad y lujo. Episodios de esta naturaleza, inverosímiles y aventureros, rondaron la vida de Fernán durante diez años, de 1980 a 1990, cuando fue el manager de Julio Iglesias. Ya había sido concejal de Popayán, había trabajado en el periódico de esa ciudad, y había sido cronista y editor de fotografía en El Pueblo, de Cali. A los 25 años escribía crónicas ágiles, llenas de encanto inusual y de detalles hipercotidianos y, por lo mismo, asombrosos, cuya prueba de fuego era, según él, la opinión de las empleadas del servicio, quienes leían sus textos antes que el editor.

Había conquistado también, la dirección de la revista Antena y la sala de redacción de El Tiempo, donde se convirtió en cronista estrella, en un atrevido paparazzi verbal, en el cazador de detalles de la cotidianidad de los más disímiles y extraños personajes. Por eso terminó siendo el niño lindo del periódico. Nunca el nada embaucable Enrique Santos Castillo se apegó tanto a un periodista de su sala de redacción. Le repugnó desde siempre el fracaso. Escribía con soltura, y a veces desvergüenza, y tenía la facilidad de hechizar a sus entrevistados, como el hindú de circo encanta a sus serpientes. Estando en El Tiempo, escribió una crónica maravillosa sobre Julio Iglesias, con el título de "Cuando las luces se apagan", que contenía más verdades del corazón de Julio que las que nadie hubiera creído posible sacarle al tipo más famoso de la tierra. El rito del reportaje fue intenso. Entonces, Julio se lo llevó con él y así empezó una de las grandes leyendas del periodismo colombiano y una de las pocas historias de reporteros nacionales con final feliz. Entonces, después de paladear las jaibas y langostas del más opulento jet-set, y de conocer a Frank Sinatra y Mia Farrow, Fernán regresó a Colombia.

Llegó a Bogotá para ser director de Tv Hoy, por propuesta de Andrés Pastrana. Pero Fernán se apasionó por esa Colombia, y logró, en una combinación perfecta de dosis de muerte y farándula, mantener el noticiero en el primer lugar de sintonía. Pero pululaban por los alrededores uno que otro ejecutivo de aquellos que dedican su vida y su miseria a volver trizas una empresa. Entonces Fernán insultó, de frente, a uno de estos personajes grises, y se retiró del noticiero. Volvió a tomar el avión y se dio cuenta de que su casa, su cuaderno de anotaciones, su máquina de fotografiar y su destino ya nunca quedarían en Bogotá, Popayán o Cali, sino en algún recodo de Europa, o en un apartamento gringo de la opulenta pero intrincada Miami. Y entonces en 1993 manejó, con éxito apabullante y, no hay que negarlo, muchas veces inquietante, El Show de Cristina Sarallegui En 1994, Enrique lo nombró su manager, cuando aún no era reconocido por otra cosa distinta de ser el hijo de Julio Iglesias. Fue entonces cuando Fernán, convertido en una monumental máquina de las comunicaciones, viajó a todas las capitales de Latinoamérica, y después de Europa y Estados Unidos, para mostrar a Enrique. El mundo entero conoció al Enrique de ahora.

Pero ni Julio ni Enrique ni Chabeli Iglesias ni Cristina Sarallegui han encontrado en Fernán Martínez un jefe de prensa prosternado y adepto a la zalamería, sino todo lo contrario: un volcán de ideas, una aplanadora, un distribuidor de canales que se convierten en oro una vez Fernán se impone con el peso de su creatividad. Recuerda, como si no hubiera pasado un solo día, la muerte de su padre, Manolo Martínez, asesinado en Colombia en 1993. Cuenta que siempre tuvo un programa de radio de interés social, que fue el perpetuo luchador de batallas ajenas, un justiciero, el Robin Hood de Popayán, que murió en defensa de los desheredados. Y por eso, Fernán entiende por qué Ethna, su madre, recibió un disparo cuando se interpuso en la balacera: "Mi familia tiene una clara identidad de lo que son los principios, la solidaridad, el amor, el responder por los suyos, por aquellos a quienes amamos". Entonces, aquel entierro fue el más apoteósico en toda la historia de Popayán.

La calvicie y otras sorpresas

Se enorgullece de ser calvo, tal vez porque, como él dice, jamás se ha dado cuenta del asunto. Le preocupa, sí, que le digan bajito, y por ello confiesa que mide apenas 1,70 metros pero siempre se pone tres o cuatro centímetros más. Se casó hace dos años con una boliviana, Paola Gutiérrez, reportera de Univisión, y con quien tuvo hace nueve meses su primera hija, la reina del mambo, como él mismo le dice. Y entonces, Fernán, el gran productor, pasó de ser "manager a nanager": "Ya tenía experiencia con Enrique. Y ahora, todas las mañanas estoy con mi hija de siete a once. La llevo al parque, le cambio los pañales, soy mamá en el literal sentido de la palabra". Y trabaja todo el día, y es un adicto a internet, y a la lectura de revistas, hasta de aquellas especializadas en jardinería, muebles o cualquier extraña cosa que llegue a sus manos, y de periódicos de todos los países. Pero paradójicamente no le gustan los artistas ni la música, y lo último que rescataría de su casa serían los cd, que considera herramientas de trabajo.

"Me gustan los procesos, la promoción, el manejo, las comunicaciones, llegarle a la gente en grande, el manejo de la imagen. Todo lo visual me gusta, los colores, la fotografía, la pintura, la moda... pero no los artistas ni la música, sino su proyección". Este administrador de sueños e ilusiones manejará a cuatro jóvenes artistas: Juanes, colombiano; dos mejicanos y a Pedrito Fernández, porque, según dice, la cultura mejicana impera, y hay que llevar la ranchera mucho más lejos de lo que ya ha ido. Pero también formará un grupo de pop y hará un trabajo de internet, su único vicio. Dice ser caucásico del Cauca y tener de farandulero el pop de Popayán, pero a sus 53 años sabe que lo importante "no es estar mal sino seguir peor, que es exactamente lo que le sucede a Colombia y por lo que la gente se va del país; que para ser párroco hay que aspirar a ser Papa; que el pecado no es ser pobre hoy sino ser más pobre mañana, y que la clave del éxito es pensar en grande y trabajar en grande", pero, sobre todo, soñar en grande mientras las luces se apagan.

Cordial saludo,