MATILDE ESPINOSA: II
Domingo 13 de marzo, 2005
De:Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Edgar Bustamante nos envía desde Barcelona, España, su glosa como
homenaje a la poetisa Matilde Espinosa que fue publicada por El Liberal 
del 11 de marzo del año en curso . Nuestros agradecimientos a Edgar.

Cordialmente,

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GLOSA AL HOMENAJE NACIONAL A MATILDE ESPINOSA
Por: Edgar Bustamante
Barcelona 11 de marzo, 2005


Siempre que repaso la vida de Matilde Espinosa me viene a la memoria el personaje de Bertoldt Brecht, "madre coraje". Cómo se ha sobrepuesto a los "heraldos negros" -los de su admirado César Vallejo- que le ha deparado la vida. Con qué valentía. Con cuanta presencia de ánimo.

Tal vez porque le ha quedado la poesía. Pues si su alma ha sido rota por las insoportables ausencias, su voz poética ha sobrevivido al dolor, a la vida misma, y sigue brotando con la fuerza de las montañas y ríos indomables de su infancia, y se levanta, inconforme y fustigante como siempre, con esa energía de las ideas que, cuando es auténtica, nada puede consumir.

Matilde en el corazón. Una amistad, un amor, que hay que buscarlo en los genes. La relación de "Maese Bus" con Matilde Espinosa y Luis Carlos Pérez fue de una solidez y un cariño extraordinarios. Sin fisuras, de mutua admiración, nimbada por el amor compartido a la cultura y a las ideas progresistas. Tuve la suerte de heredarla, con todas las consecuencias. Y desde hace treinta y cinco años se han sucedido las tardes de comunión espiritual con Matilde -y con Luis Carlos- en su casa encumbrada en los cerros de Bogotá; tardes para recordar, alimento para el espíritu, tónico para la vida. Y, a veces, alguna sota o un caballo de copas danzando en la rueda de la fortuna...

Matilde y la poesía. ¿Qué otra cosa podía ser esta mujer maravillosa, rebosante de sensibilidad? Una simbiosis natural. Un acierto del destino. Un placer y una forma de estar a su lado para quienes la leemos con frecuencia. Para mí, el permanente recuerdo del terruño lejano; la voz que acalla otras voces y se impone por encima del tiempo y el espacio; la voz, la voz del poeta: una luz que se enciende en medio de la oscuridad, inopinadamente.

Matilde, en su "alta edad" merece todos los reconocimientos. Ella, al andar, ha hecho camino, y ha dejado huella. Y una sombra de bondad infinita. Así lo pueden atestiguar sus amigos, auténticos peregrinos a ese templo de la amistad que es la casa de Matilde. Y sus muchos lectores.

Espero disfrutar todavía de muchas tardes más en su morada de los cerros bogotanos, allá en Colombia. Mientras reanudamos el diálogo, un abrazo, Matilde, a través de "la mar océana". 

Edgar Bustamante