ESPANTOS PAYANESES
Martes 8 de julio, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Daniel Arturo Vejarano V nos enumera, en un articulo para El Liberal, los espantos de Popayán que nos atemorizaban cuando niños. Nos gustaría complementarlos con la ayuda de nuestros lectores.

Cordial saludo,

***

Espantos Popayanejos
Por Daniel Arturo Vejarano V

Especial para El Liberal

LA VIUDA - Era, la figura de una señora vestida de negro, de ‘garboso y esbelto porte y que eventualmente se aparecía plácidamente sentada, sobre una piedra grande y lisa, ubicada en el lado occidental de la calle 2a con carrera 11, o calle del Molino. No exteriorizaba ninguna actitud atemorizante.

EL MONJE - Vestido con su habitual sotana de color marrón, se aparecía y dicen que aún se aparece bajando por las gradas o caminando por los claustros del antiguo Palacio de Justicia (hoy, Hotel Monasterio); edificio que antaño fuera convento de los Padres Franciscanos. Al monje, no se le veían ¡ni la cara ni los pies!.

EL CABALLO DE LA ERMITA - A altas horas de la noche, se escuchan los acompasados y característicos sonidos que producen los cascos de un caballo al pisar, el pavimento y que parecen provenir de la calle Santa Catalina, contigua a La Ermita. Y luego se oyen claramente, al transitar por enfrente del Colegio Melvin Jones. Al asomarse a sus ventanas los vecinos del sector, no divisan la presumible y ambulante estampa del referido corcel.

LA PASAJERA - Cuentan algunos conductores de taxis y aun los de carros particulares, que al bajar desde Molanga por la carretera de Oriente, en horas nocturnas, sienten que sigilosamente se abre una de las puertas traseras del vehículo; se sube alguien con silueta de mujer y luego se baja en la Ye, o cruce del camino que conduce al Santuario de Belén.

LA LARGA - Es una mujer vestida de blanco, holgada indumentaria y anchurosa falda que le llega a los pies. De rostro amarillento y horripilante y estatura de un metro con 80 cmts. Hacia la media noche recorre calladamente la carrera 3a o calle de Los Bueyes, desde la esquina de la calle 5a pasando por la residencia de Alvaro Grijalva, quien dice haberla visto seguir con dirección al Ejido. Parece alada pues no se le ven los pies. - El Coronel Francisco Caicedo Montúa (Héroe de Corea), afirma enfáticamente habérsele aparecido alguna vez (siendo aún Subteniente) y que le seguía tan de cerca y con tal insistencia, que no tuvo otra alternativa sino la de escaparse raudo en su automóvil hasta chocar con la valla que diera entrada al Batallón Junín No. 11.

EL NIÑO DE LA ARENA - Fui testigo ocular del siguiente suceso: Doña Clementina Rosas, era una distinguida y apreciada educadora de enseñanza primaria. Vivía en su casa de la calle 6a entre carreras 9a y 10a y velaba por la subsistencia de un niño huérfano de 11 años de edad. Por ser vecina y amiga de nuestra familia, nos mandó a decir que un espíritu diabólico la estaba asustando. De inmediato acudimos con dos de mis hermanos y con la colaboración testimonial de un agente de Policía, para verificar el hecho. La señorita Clementina nos informó que al acostarse para descansar o dormir, sobre el tendido de su cama caían múltiples y constantes granos de arena. Presumimos que alguien con preconcebido propósito inducía al menor para esparcir la arena.

Hicimos apagar la luz de la alcoba y colocamos sobre la cama y el piso dos pliegos de papel periódico. Un minuto después sonaron al caer sobre los mismos, los reiterados granos de arena. Al momento enfoqué con la luz de una linterna al aludido infante, no observando en él ningún amago sospechoso, pues jugueteaba sin malicia y, desprevenidamente en el aposento. Decidimos entonces, hospedar en nuestra casa a la benemérita institutora, como también al niño. Con Ricardo mi hermano procedimos a trasladar la cama y mientras la llevábamos levantada por los andenes del sector, continuó cayendo arena sobre el blanco cobertor. El niño nos informó que su padrino de bautizo vivía en Piendamó y que conocía su nombre. Dos días después viajé con él en tren, a dicha población y al hallar a su padrino le manifesté que como un deber moral y cristiano debería hacerse cargó de su ahijado, a lo cual accedió complacido, acogiéndolo de inmediato en su familia.

Desde entonces desapareció el extraño encantamiento y la señorita Clementina Rosas retornó posteriormente a su hogar, sin ningún sobresalto. El presunto e inocente médium, ya adolescente, prosiguió visitando y compartiendo con su bienhechora, familiarmente. Intuyo que él aún ha de vivir, pues lo aquí relatado sucedió hacia el año 1940.