EL NIDO (cuento)

Antecedentes:

Los payaneses Guillermo Borrero Aragón y Edgar Bustamante Delgado convocaron un Concurso de Narraciones Breves y conformaron un jurado con distinguidas personalidades literarias payanesas para la escogencia del ganador. Dentro de las reglas establecidas para este Concurso estaba un premio para el ganador de mil dólares americanos. El jurado, una vez estudiados cada uno de los trabajos presentados, calificó como ganador del concurso a Mónica Emma.

Mónica Emma Lucía Chamorro Mejía, 26 años de edad, payanesa, abogada de la Universidad del Cauca, escritora y poetisa, fue la ganadora del premio del Primer Concurso de Narraciones Breves, por su narración "El Nido". Mónica se ha destacado en otros concursos con sus escritos, tales como el Premio Regional de la Cultura del Ministerio de Cultura en 1998, el concurso de Radio Universidad del Cauca 2000, el Concurso Nacional del cuento de la Universidad Autónoma de Barranquilla.

Nada mejor para un homenaje a Mónica, que transcribir, a continuación, su obra concursante y ganadora: "El Nido"

*** EL NIDO
Por: Mónica Emma Lucía Chamorro Mejía
Concurso Narraciones Cortas. Primero de octubre de 2000

"Nuestras vidas son los ríos, Que van a dar a la mar Que es el morir", José Manrique

Condujo hasta el final del camino hasta el borde mismo del asfalto donde comienza el suelo de piedras y barro; detuvo el carro, se bajó sin cerrar la puerta, sin apagar las luces que se quedaron encendidas abriendo dos caminos turbios en la densidad de la noche. Continuó alejándose por mucho tiempo, hasta que incluso el sendero de piedras desapareció, pero él siguió por la hierba pisando en medio de los pozos de agua de mar. Y caminaba Gaspar sin prisa hacia el objetivo definitivo, cada vez hacia el aire más salobre que le quemaba las manos descubiertas llenándole la boca del sabor conocido de la infancia.

Al descender la última oscilación de la montaña que iba a hundirse en el mar adivinó sin verla entre las otras, la silueta de la casa, el techo inclinado sobre las paredes de madera. Escuchó de lejos el golpe de la puerta descolgada sobre el marco de madera y ese oscilar rítmico lo alcanzó en el centro de la memoria, lanzándole a fragmentos los recuerdos de todas las noches dormidas en esta casa suspendida sobre el mar. Atravesó los puentes estrechos de tablones saltando sobre el vacío de los espacios donde ya no había más que un pilote de piedra, mientras sentía como si el tiempo que hacía mucho se había detenido en un interminable día sin noche, de nuevo se pusiese en marcha. Empujó la puerta, que cedió a la primera fuerza y entró.

Todo lo había temido, mas la casa aún existía, resistiendo los años se erguía todavía sobre las aguas: aún se balanceaba, aún crujía. Tampoco tuvo que forzar nada, ni herir anadie, ni tuvo que matar, aunque a todo venía dispuesto; solo necesitó la repetición de un movimiento largamente practicado, solo fue el sonido de la puerta al abrise. El vértigo de la búsqueda, de la carrera contra su destrucción concluía allí en lo más conocido, el miedo cesaba pues para todos los tormentos posibles existía remedio y también para el suyo.

Empezó una noche mientras dormía en el apartamento que también le servía de oficina, en el barrio central de la ciudad en la que vivía desde hacia veinte años. Se había acostado a eso de las once, dentro del cálido nido de los ruidos de la ciudad: el de las idas y venidas del camión, que con una orquesta de salsa a bordo, todas las noches se alquilaba a un grupo diferente de turistas, el de las voces de los travestí adolescentes que se paraban bajo su ventana a gritarles obscenidades a los taxistas, el de la radio del portero sintonizada en la emisora de música para el despecho y todo envuelto en el rumor incesante de la fábrica de telas que trabajaba ininterrumpidamente, por turnos, todos los días de la semana. Estaba como siempre mientras dormía buceando en ese laberinto de sonidos, contando en la profundidad de las imágenes las vueltas del camión, que eran seis, (y soñaba con su cara sonriente en el espejo que le hablaba de la puntualidad de los transportes públicos en el Tirol austríaco) oyendo sin oir el constante ruido de las canciones de la radio que le hacían ver las mujeres bellas que había visto por la calle cantando con voz de barítono.

Pero esa noche que era como las otras, digiriendo tranquilamente el día con Gaspar tiernamente acomodado en el centro de estómago ruidoso, se hizo de pronto singular. El camión de los turistas no volvió a pasar después del tercer giro, los gritos de los travistí sí hicieron cada vez menos agudos; las máquinas de la fábrica se fueron deteniendo lentamente, anulando su traquetear una a una, hasta que la espesa telaraña del sonido se deshizo por completo. Cuando se extinguió el último eco y también el portero apagó la radio. Gaspar despertó del todo sobresaltado en medio de silencio. Encendió la lámpara antes de abrir los ojos buscando en la luz el valor para defenderse del miedo, se asomó a la ventana y sólo se encontró con la gran calle iluminada, sorprendentemente vacía. Se acostó de nuevo en la cama tratando de volver a dormirse, pero notó cómo su corazón agitado no le permitía a su respiración aquietarse y cómo su respiración inquieta no le daba paz a sus víceras: cerró fuertemete los ojos, intentando pensar en las granes hebillas amarillas con las que había estado soñando, pero no consiguió extraer ninguna imagen del interior de sus párpados.

Después de dar varias vueltas se levantó convencido de lo que necesitaba para sosegarse era conocer la causa de esa súbita tranquilidad, bajó las escaleras para hablar con el portero. Lo encontró adormecido sobre la mesa de la recepción, al lado del radio apagado. El hombre le explicó que a eso de las tres dieron el toque de queda, porque la guerrilla había amenazado con tomar la ciudad y que fue lo último que supo, pues todos, incluso los de las emisoras parecían haberse ido corriendo. Como aún no había desastre, ni era nada fuera de lo habitual en el país, se volvió a acostar. Relajó las piernas y solo tuvo que contar dos vueltas de costado antes de hundirse en el sueño. Pero, y esto fue la primera señal del verdadero desastre, no se alejó como siempre a la profundidad de la inconsciencia en medio de imágenes, ahora sólo cayó a través de un agujero negro hacia un abismo que le pareció como la muerte, donde la única sensación era la de una infinita ausencia. Ya no estaban los grandes pechos sobre los que en sus mejores noches se tendía confortable. Ya no aparecían los queridos desconocidos, ni los zapatos violeta de charol con hebilla dorada iguales a los que llevaba Luis XIV, ni nadie, ninada, apenas lo inane, solo el vacío. Perdida la cuenta de las horas, que siempre llevaba con rigor en medio de las imágenes, yació rígido por el tiempo que quedaba de la noche, suspendido apenas a la vida por el hilillo de aire que entraba por la nariz.

Antes siempre despertaba lentamente, al ritmo de los sentidos que emergían del sueño uno a uno. Primero empezaban a desvanecerse de su oído las voces soñadas, aparecían los ruidos exteriores. Después, y aunque siempre se esforzaba por retenerlo hasta el último minuto, desaparecían las imágenes, el fulgor de los colores se iba apagando permaneciendo todavía por algunos segundos las figuras silenciosas en blanco y negro, hasta que ellas también se disolvían. A veces incluso, aunque ya por fuera de la inconsciencia absoluta, podía crear sus propios sueños. Se concentraba en una circunstancia deseada imaginando algo o a alguien, hasta que las imágenes comenzaban a animarse. Cuando lo conseguía podía dirigirlo a su antojo, tocar o sentir lo que quisiera, levantar los objetos en el aire, mirarse al espejo y hacerse crecer el cabello hacia las sienes descubiertas; volar sobre la terraza del edificio y sobre la avenida, sobre los árboles, por entre un cielo que a su capricho era azul turquí, amarillo o rosa.

Esa mañana en cambio, despertó como quien despierta cataléptico en una tumba cerrada. Estaba agotado con la intensa sensación de sólo poder permanecer allí echado tratando de calmar la respiración agitada, el temblor de los músculos del pecho, exhausto de tanto respirar en esa oscuridad cenagosa como un lodazal. Se sentía en una pesadilla en la que se veía así mismo despertando oprimido en un centro de una habitación rodeada de una gran máquina que constantemente succionaba el aire y aumentaba la gravedad. Reconoció en el espejo del baño su rostro trastornado, no percibía ningún descanso. ¿Qué sucedía? ¿Porqué esa sensación terrible y todo ese cansancio pesando sobre sus hombros?. Había dormido bien pese a la interrupción, profundamente, tan profundamente que no había tenido sueños. Pero su corazón latía cansado, sus ojos no atinaban a enfocar, sus brazos pendían fatigados del cuello adolorido; el mundo entero oscilaba ante sus ojos contra un fondo de ansiedad.

Ese primer día no fue tan terrible. Las horas pasaron mientras se convencía de que una mala noche es algo que le sucede a cualquiera y que esa noche seguramente dormiría por dos; refrenaba su angustia con argumentos del todo razonables que al contestar al teléfono, escribir a máquina, o entre bocado y bocado del almuerzo, se repetía en voz alta. En la noche cerró temprano, organizó su oficina para la noche, se tomó varios tragos de aguardiente después de comer, se puso la sudadera que le servía de pijama y apagó la luz. Su cuerpo cansado su acomodaba a la forma de la cama, la sangre palpitaba en su espalda, pero sentía cómo la angustia lo acometía desde un algo indefinible en el ambiente. Para él, el sueño nunca tuvo nada que ver con la muerte, jamás se sentía más vivo que cuando dormía. No recordaba haber tenido, ni aún de niño, temor de dormir solo o en la oscuridad.

El tiempo que pasaba dormido eran las mejores horas de su vida. Allí escapaba de toda la desolación de su trabajo absurdo y de sus amores doblemente absurdos, todo se desvanecía ante las imágenes que fluían plácidas en la gran pantalla detrás de sus ojos cerrados. Ahora el terror crecía en la medida en que resbalaba hacia ese paréntesis en el que ya nada existía. Sí, dormía y durmió esa noche, y las que le siguieron, e incluso en las tardes cuando se atravesaba exhausto en la mitad del escritorio, en su posición de Faraón del alto Egipto, con la cabeza de perfil y los brazos de frente, pero no volvió a encontrar reposo. Por el contrario, dormir en la negrura, sin sueños, parecía agotarlo.Entre más horas permanecía en el sueño, se despertaba aún más exhausto, como después de nadar con una pesada piedra amarrada a la cabeza por entre un líquido espeso.

Durante los primeros días su cerebro reveló una increíble lucidez, con una claridad agobiante que le permitía recordar cada movimiento que había realizado con la mano al afeitarse, cada palabra cruzada, pero al cabo de poco tiempo, empezó a sentirlo estrecho, como una maleta llena hasta los bordes. Parecía que sueños y olvido brotaban de un mismo lugar, o quizá que los sueños eran la fuente misma del olvido y como Gaspar no lograba soñar, tampoco pudo volver a olvidar. Tal vez los sueños, en que aparecen convertidas las sensaciones del día (por ejemplo en soldados de juguete parlantes alineados en terrible escuadrón) son las formas primordiales del olvido, de las que se vale lamente para empezar a clasificar y dejar empolvar las impresiones. Sin esto, empezó por tropezar con los recuerdos amontonados en los sitios más inconvenientes y terminó ya no pudiendo moverse entre tanto recuerdo.

Las cosas que habían sucedido hacía tiempo las recordaba con una claridad que le permitía casi tocarlas, como las solapas de la señora con que el viernes primero del mes se había encontrado, pero lo cercano e incluso lo inmediato que había sido recibido por su cerebro cuando ya estaba insoportablemente lleno se aletargaba, parecía provenir de una gran distancia. Así no podía recordar después de caminar muchas cuadras o subir varios pisos, lo que había ido a hacer, se sorprendía con la cuchara en la boca, pensando si era la segunda vez que desayunaba. Lo peor era el no poder olvidar las cosas deseadas, así la más pequeña añoranza se convertía en tortura. Podía alejarse de la tentación, no volver a verla ni a olerla, dejar pasar muchos días, o aún satisfacerse repetidamente, pero la violencia del deseo permanecía intacta, aparecía cada mañana con la misma intensidad del primer minuto. El sólo permitirse admirar se convertía en una carga que pesaba cada vez más en sus sentidos. Vivía asfixiado por multitud de deseos y también por el miedo a desear.

En principio, al entender muy pronto que sus sueños no sólo se desenvolvían al ritmo, como había crecido siempre, sino que más bien brotaban de los sonidos que lo envolvían, creyó que cuando volviera la normalidad a la ciudad, él podría soñar otra vez en medio de los ruidos habituales. Pero llegó la noche esperada, de nuevo todo se encontró en sus sitios: el camión con los turistas, los travestí en sus esquinas, los obreros que llegaban a la fábrica para la jornada nocturna y él se tendió, y de nuevo se desatrancó en lo negro. Desesperado, creyó entender que se había inmunizado por el uso repetido a esa cantidad de ruido. Decidió entonces que tal vez, la solución estaba en aumentar la intensidad del estímulo. Recorrió la ciudad buscando los sitios más ruidosos, los que estuviesen recorridos por más transeúntes, los que permaneciesen desvelados por las más variadas perturbaciones. Dormía de sitio en sitio, rodeado de la música más estridente o del tráfico más continuo. Ensayó todas las formas, desde las más irregulares y complejas hasta las simples y periódicas, pero una profunda sordera parecía haberse instalado en su cerebro. Encontró que tal vez el secreto estaba en el grado o la medida, y trató con toda la determinación que le daba la angustia, de componer la armonía perfecta de los sonidos para sus sueños.

La buscaba en todos los lechos, se concentraba tendido en un sofá o sentado en una silla, en el asiento de su carro detenido en cualquier lugar en el que descubría algunacualidad especial. Permanecía despierto con los ojos cerrados, imaginando los sueños que hubiese deseado tener, haciendo un esfuerzo supremo para no caer en la negrura.Pero nada logró, siempre en medio de la más fascinante combinación posible, después de haber obtenido la dosis exacta de cada componente, se encontraba derrotado por laoscuridad. En esta carrera que emprendió contra su destrucción sus días empezaron a hacerse cada vez mas cortos, ya no supo entender si corrían hacia el futuro o hacia elpasado o se agrupaban por decenas o por centenas, después de los primeros meses, creyó que el sol salía o se ponía al azar. Al gran cansancio de su estado se sumaba el queprovenía de la desesperación con que se abrazaba a cada esperanza de curación. Sus miembros caían cada vez más a menudo en el vacío de esa mancha viscosa de aceitenegro del sueño sin sueños que ya se extendía hacia todo lo que le quedaba de luminoso.

Tuvo un día y después de muchos meses de vacilar ante la locura, una esperanza. Durante el fin de una tarde a la hora del atardecer, cuando estaba tendido en el asiento trasero de su carro en una vía concurrida con los dientes apretados y los brazos en cruz, tuvo un sueño. Estaba oyendo el ruido incesante del tráfico, de los pitos, de los gritos de los vendedores de cigarrillos, cuando de un modo casi perfecto, el ruido pareció alejarse como llevado por una sola mano, hacia la distancia, permaneciendo así, tenue en el horizonte por un nítido intervalo, para acometer enseguida, pero no de golpe, sino que de nuevo se acercó desde lejos, poco a poco, hasta hacerse intenso. Y en ese corto momento, las imágenes que Gaspar traía a su mente manteniendo con esfuerzo, tomaron vida propia. Fue apenas un gesto, un aparecer y un desvanecerse, un fantasma apenas entrevisto en su fluorescencia, que pasó dejándole el rastro de su tacto, pero era al fin, un sueño. No tuvo dudas, había pasado tantas horas agudizando sus sentidos en la intensa espera, que el corazón se lo confirmó con el aliento final que le restaba después de ese año monstruoso, allí estaba la solución, en ese alejarse y volver del sonido se hallaba la clave.

Su cerebro agotado se perdía en las lógicas, en las razones, calculaba y comparaba; pero todo aparecía confuso, los recuerdos claros de lo lejano, los trastornados de ayer, lo que no recordaba, lo que ya no sabía si existía. ¿Dónde el desvanecimiento y la acometida? ¿Qué era el golpe que se presiente en la distancia, que viene desde horizonte hasta nosotros? Aquella onda, esa oscilación, ¡esa ola! Lo tenía, eso era Apareció un recuerdo muy antiguo, tan fugaz como su sueño, en el que se veía a sí mismo muy pequeño en una playa de arena gris, contemplando el poderoso mar de aguas oscuras que se agitaba durante la marea alta. Era el sonido del estrépito y la calma, el ruido del romperse sin cesar contra la roca: el del desgarro de las aguas contra la raíz del continente, era el rumor de la madera de la casa de los grandes zancos que hundidos en el fango de la bahía se quejaba al recibir la penetración del mar; era el vaivén de la respiración del niño que dormía soñando en la casa suspendida sobre las aguas

Debía entonces volver al lugar de partida, al pueblo surcado por las estrechas calles de tablones, a la casa de paredes de madera reseca, a las gotas que a cada golpe de la mar entraban por las rendijas del piso. Volver para soñar otra vez los primeros sueños, en medio del estrépito que no se detenía jamás, que era el mismo cada noche y cada día.Cogió el volante con las dos manos, miró el pavimento, encendió el motor mirando en redondo sin observar la dirección del tráfico y empezó a avanzar en línea recta, siempre hacia el sur, No tuvo que preguntar ni por una vez la ruta, ni mirar las señales en las encrucijadas, solo siguió los impulsos de sus manos que lo llevaron por el camino más corto. Tardó dos días con sus noches atravesando las montanas, al fin desde el lugar justo en que moría la última colina pudo ver el horizonte gris y el poblado vacilante sobre el tempestuoso del mar. La madera de la casa parecía deshacerse bajo sus pasos, su olor era ya el mismo de los moluscos podridos, el techo se abría por todas partes, cayendo hacia dentro en la mitad de la única estancia. No le importaba. Respirando fuertemente la brisa cargada de sal se hundió en un rincón, con el oído pegado al suelo, con las piernas plegadas hacia el pecho.

En esta posición esperó el sueño que al ritmo del trepidar de la madera, apareció en oleadas de incontinencia, que como la mar iba y venia. No tuvo que moverse ni por una vez, no dio ninguna vuelta buscando una nueva comodidad, ni encontró fatiga en su cuerpo recogido. Solo se dejaba recorrer indefinidamente suave por los resplandores de una región jamás alumbrada por su conciencia, cesaban los pensamientos, desaparecían los sentidos, un frío que se hacia acogedor se esparcía por su pecho. Al fin el olvido aparecía trasfigurado en las imagines que descendían a su lado en espiral, llevándole hacia una profundidad iluminosa, en la que los olores eran como sabores y los sabores eran tactos. Cada cosa en él se movía arrastrada por el mar, sus cabellos, sus ropas, los cordones de sus zapatos y el polvo de las suelas, todo palpitaba en un único compás, el agua de su sangre respondía como un eco al embate y la resaca, al golpe y la caricia, al unísono con le viento que golpeaba con violencia y después se hacia suave, su aliento era en un momento tenue, luego angustioso.

Entonces, el mar que a veces es también silenciosa quietud se detuvo por un momento y el corazón de Gaspar también se deslizó sin dolor hacia la quietud. Las olas volvieron a golpear, pero ya en su boca el último aire abandonaba su cuerpo helado e iba a fundirse con la calidez del mar y la de madera. Con la calidez de las hojas elevadas por el viento y con la calidez de las figuras de sus deseos que lo acompañaban, entre las que se reconoció con unos nuevos ojos, que ya no podrían mas ser perturbados por el dolor de lo no visto o por el ansia de lo no poseído.

FIN