DIONISIA: II
Viernes 4 de junio 1999
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses:

Juan Carlos Iragorri, desde España, nos ha enviado las notas que transcribimos a continuación. Amalia Grueso de Salazar y el que escribe estas líneas, agradecen profundamente ésta importante contribución:

Don Mario Pachajoa:
Perdone que me meta en el asunto de Dionisia Mosquera y de José María Obando, pero como veo que hay alguien interesado en saber detalles, yo creo tener buena parte de ellos.

Cuentan los historiadores que en la Popayán del siglo XVIII había dos grandes comerciantes: Pedro López Crespo, mejor conocido como Pedro Crespo, y Pedro García de Lemos, a quien se le llamaba Pedro Lemos. Crespo, que era casado con Dionisia Mosquera, le tenía arrendado a Lemos los bajos de su casa.

Un día, Crespo decidió emprender un viaje al Caribe para traer mercancías y le pidió a Lemos que le cuidara sus negocios y su esposa. Lemos lo hizo. Y muy bien. Tanto que la señora Dionisia terminó embarazada.

Llevaba seis meses o algo así en ese estado, cuando se supo en Popayán que Crespo estaba a punto de llegar. Temerosos, Dionisia Mosquera y Lemos les pidieron entonces a dos esclavos de ella que fuesen a recibir a Crespo a un río próximo a Popayán (debe ser el Cauca), y les prometieron darles la libertad si lo mataban.

Tan pronto Crespo se bajó de la barca y habló con la pareja de esclavos, el plan se vino abajo. "Yo juré que si me regresaba y me libraba de las enfermedades que padecí, les daría la libertad a los esclavos que saliesen a recibirme", les dijo. Ellos olvidaron de inmediato el compromiso adquirido con Dionisia y Lemos.

Conscientes de que su estrategia había fallado, Dionisia y Lemos esperaron a Crespo en la casa. Ella se subió a una habitación y él lo atendió al entrar en un salón. Le dijo que ella estaba enferma y que pronto podría verla y, para tranquilizarlo, le dio un trago en el que echó una sustancia que lo durmió.

Fue en ese momento cuando Dionisia y Pedro Lemos, acompañados por la pareja de esclavos que les fallaron, ahorcaron a Crespo. Y para simular otra cosa, le clavaron en el pecho el pitón de un toro y arrojaron el cadáver a la calle. La idea era que todo el mundo pensara que Crespo había sido corneado por unas reses que acababan de pasar.

Luego, Dionisia huyó y Lemos también. Ella dio a luz a una niña, Ana María, que en realidad era Lemos Mosquera. Después de muchos ires y venires, Ana María terminó en la hacienda de Quebradaseca, al norte del Cauca, propiedad de un vizcaíno recién desembarcado que se llamaba Joseph de Iragorri Larrea Zabala y Larrabide.

Era médico, especializado en fracturas, nacido en Ceberio (Vizcaya) y había pisado las Indias por petición de su pariente el prelado Velarde y Bustamante, designado arzobispo de Popayán. Iragorri, que casó después con Micaela Borrero Baca, con quien tuvo dos hijos (Martín Pedro José y Micaela), había archivado en la catedral de Popayán un documento donde consta que "su sangre no es de indios ni de negros ni de moros". Era el certificado de limpieza de sangre, que no significa que fuese noble, no. Ese papel se lo inventaron los vascos en aquella época para exigírselo al que perseguía un puesto de trabajo. Así buscaban impedir que los extranjeros les quitaran los empleos.

El hecho es que Iragorri tuvo amores con Ana María, y que de ellos nació Obando. Pero fue un drama. Ella quiso que Iragorri le diera el apellido al niño, y éste, supongo que por no quedar mal con la cerrada sociedad payanesa (cosa que, vista hoy, es una tontería), se negó.

Entristecida, Ana María corrió a García (Cauca) y le contó la historia al párroco, un Mosquera tío carnal suyo. Y fue él quien le sugirió dar en adopción al bebé a la familia quiteña Velázquez de Obando. Pasados varios años, José María se cruzó varias cartas con su padre, con quien al parecer sostuvo una relación amable.

Siempre ha habido una polémica sobre quién fue el padre de Obando. Todo indica que Iragorri. No sólo porque los historiadores lo dicen, sino por el parecido físico de Obando con Iragorris de aquellas generaciones.

Aquí paro el cuento. Ya he mencionado muchas veces el apellido Iragorri, y cansa. Acuérdense de que hace muchos años, en la base de la cruz de la iglesia de Belén y al lado de aquellas inscripciones sobre la piedra ("un avemaría y un padrenuestro para que nos libres del comején", etc), alguien escribió: "Y un padrenuestro y una avemaría para que nos libres de los Iragorri".

Saludos,

Juan Carlos Iragorri