El último cuadro
Por Rodrigo Valencia Q.
Especial para El Liberal.
De: Mario Pachajoa Burbano
 

Un cuadro se pinta en silencio, se construye desde adentro, como un presentimiento, desde el órgano intuitivo-inteligible del ser, desde el marco casi intangible del alma. Él ocurre cuando los pintores oímos sus razones, cuando advertimos el capricho de crear, eludiendo un tanto la inercia del sentido común y su rígida obviedad que aparta de la poesía. Obcecados hasta el fin, el cuadro nos sumerge en el riesgo de hacer presente lo que antes no existía; y toda vez que resulta cierta y justa una pintura, le entregamos nuestra credibilidad, la miramos como el alter ego que venía insinuándose en las ranuras del deseo.

Yo, por mi parte, recurro a las evocaciones. Procedo con la modelo delineada por la imaginación y que el recuerdo de la probabilidad nos procura, cuando no existe la negativa a soñar; reinvento la realidad, los mundos del pintor; intento, en fin, acercarme al difícil favor de la poesía visual.

¿Pero, acaso se concluye la forma en un instante? A veces sí, la imaginación tiene ese poder, esa fuerza sutil que desplaza al tiempo, al espacio físico, en la lucha por configurar su propia vida.

En el ínterin, una abreviada vi­sión desnubla astralmente las hipótesis posibles; toman cuerpo, iluminan el ojo interior, equilibran el deseo de ser.  Del no ser al ser, se abrevia la distancia por la luz de su propia poesía; viene, se abre paso, aquieta el deseo, es tránsfuga entre la imaginación hecha realidad.

El dibujo comienza, las formas se resbalan desde esa conformación interna.     Aparece esa mujer, ha corrido el velo que tapaba el lienzo antes del inicio; me mira, se apoya en mi capciosa agilidad para lograr su aparición. ¿De dónde esa modelo que antes no existía y que ahora me obsesiona con todo su poder? ¿Por qué está allí, quién le dio permiso de ser mi confidente en la imaginación?. La pose es natural, ha ocupado un lugar, un espacio, una perspectiva que no es necesariamente real.

Su cuerpo tampoco lo es; es la configuración según el ritmo que fluye desde la intuición; se sobrepone a un diálogo sin tiempo, el color le da su propio vórtice de vida. Yo trato de entender qué es lo que me atrapa en ella; pero, entiéndase, ella no está presente, sino en el pensamiento que desenrolla la memoria; y no hay ningún extrañamiento erótico, ningún rasgo que debilite mi actitud espiritual; al contrario, la acrecienta, la concentra en la capacidad de adquirir goces más allá del cuerpo, visos que iluminan hiperfísicamente, rasgos que atentan contra el fingimiento del deseo.

Pero allí está, en el cuadro; su imagen modelada entre los pliegues de mujer imaginaria, la mano exhibiendo una flor, la música lejana en la ventana, la sonrisa escondiendo algún pudor, el coro atmosférico con la brumosa textura de la tarde. Yo me retiro, observo la pintura, la analizo, violo sus potencias secretas, sus dudas, sus mentiras y pequeñas molestias que debo poco a poco superar. “Bueno, déjame ya”, me dice al final esa imagen, descubierta por pinceles que comienzan rasgando desde la nada; pero el último vistazo nunca acaba; siempre habrá un nuevo abrazo de ese amor  que reencuentra, en la efigie lograda, el triunfo del rostro insinuante del llegar a ser.

Después, en la siguiente sesión, la contemplación reinicia su ciclo de hipótesis, sentimientos y sensibilidades posibles. La vida, el sueño, la alucinación, el deseo, la levedad del tiempo, reencuentran, renacen al albor del retorno primigenio; algún dios se despierta de nuevo entre los ojos, algún duende desfaza el limbo y propone sus retos al proceso creativo; alguna luz vendrá a inventar historias en el lienzo.