UN CUENTO
Viernes 14 de abril 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

Popayanenses:

Reinaldo Ayerbe Chaux, ha tenido la gentileza de enviarnos uno de sus cuentos; fue escrito en 1972 y publicado en 1995 en una revista anual de los estudiantes de postgrado en la Universidad de Illinois. Nuestros agradecimientos a Reinaldo.

PIÑACUE
Por: Reinaldo Ayerbe Chaux

Colgada de un estantillo del rancho estaba la maldita vara de chonta con puño de latón y cordón morado, símbolo de su autoridad. El indio Nicolás Piñacué, gobernador, no hablaba. La Teresita mamando y la Feliciana atizando el fogón donde se cocinaban la hojas de col con frisoles y sal y el puñadito de maíz. El indio Nicolás no hablaba y miraba y miraba la maldita carta de Mi Teniente que le entregara esa tarde un indiecito que había bajado al pueblo con las misioneras de la Madre Laura.

El había pasado crisis, pero como ésta ninguna. Crisis tamaña cuando le contaron a las madres que Piñacué, recién vuelto del cuartel, se había acostado con Delia, la evangélica. Le dieron una regañada mayúscula y el cuento le llegó al padre mocito, tan caritativo, y cuando vino a celebrar la misa de la Inmaculada no lo dejó entrar en la iglesia. El tuvo que arrepentirse y pedir perdón públicamente y allí estaba Feliciana que las madres y el padre mocito le dieron por mujer... Todo le había dolido, pero esa crisis era personal. Ahora...¡la carta de Mi Teniente! ¡Era toda la parcialidad!

Algeras estaba al otro lado del río y por allí no asomaba la chusma. Entonces ¿para qué se preocupaba Mi Teniente? En eso llegó el "Alguacil mayor", con su vara de chonta, sínbolo de su autoridad, y en silencio arrimó un tronco junto al fogón. Los cuyes hicieron una algazara de todos los demonios debajo de la barbacoa: de seguro dos machos se estaban peleando. Había notificado a los otros tres indios de vara de mando para venir a hablar con el gobernador. Así conferenciaban siempre los cinco miembros del cabildo antes de cualquier decisión.

Piñacué sólo llevaba la vara de gobernador hacía un mes porque el indio Honorio se había muerto de dolor de barriga y de churrias antes de terminar el año. El brujo le cogió las candelillas toda una noche; el padre mocito, tan caritativo, le puso los óleos y le preguntó dónde le dolía; y sin embargo, se murió. ¿Por qué diablos le habrían dado a él la vara del muerto?

¿Crisis? Las había pasado... La Delia era especial. Pero como ésta ninguna. Cuando había que tratar con la tropa... Daban órdenes y se cumplían o si no... El también había sido soldado y estuvo en Bogotá y marchó el 20 de julio y conoció a una sirvienta y aprendió a cepillarse los dientes y las botas y las medias le dieron pecueca.

¡Maldita la vara! De seguro las madres misioneras creyeron que como había salido de la parcialidad y hablaba castellano era mejor para gobernador. Y además, la humillación... y el arrepentimiento público el día de la Inmaculada... ¡Qué ejemplaridad! No es que el cargo fuera difícil. Ya para la fiesta del Corpus, había hecho azotar públicamente a Gabriel, el amancebado, en la placita del caserío cuando había pasado la procesión y el padre mocito, tan caritativo, se comía una pata de gallina en la cocina de las madres.

Además allí estaba el cepo, o la viga de donde se colgaba por las muñecas a cualquier pendejo que robara una gallina o una mazorca de maíz. Pero esta vaina con Mi Teniente era conflicto.

Por el otro lado del río los indios estaban con miedo entre la chusma y la tropa, a cual más peor. Pero aquí, nada pasaba y de pronto, Mi Teniente quería conflicto. Si hasta rojo debía de ser el bendito para tratar así a los algerunos. ¿Por qué no se contentaba con patrullar El Salado, para que los chusmeros, con la falta de sal, se enfermaran y se murieran y volviera la paz?

Piñacué sabía de rifles. Claro que sí. Si había sido recluta en Bogotá y conoció a una sirvienta...

Llegaron las otras tres autoridades. Afuera llovía. Las ruanas apestaban. Con las manos se iban limpiando los mocos. La Feliciana, después de dejar el crío en la hamaquita, atizaba el fogón con bagazo de caña. El humo denso tiznaba el techo de paja. Afortunadamente el indio Lauriano, que tenía la vara de comisario, se había traído un puro de chicha para la reunión del cabildo. Las madres no le dejaban preparar guarapito a Piñacué; él debía de ser ejemplo... ¡Sí, señor, ejemplo!

A ver, ¿cuántos indios de la parcialidad tenían armas? Belisario, Victoriano, Justiniano, Manuel, Justo... Los que tenían las varas de mando mencionaron una veintena de nombres. Pues Mi Teniente, en esa carta que sólo Piñacué podía deletrear ordenaba a los indios de Algeras "la entrega inmediata e incondicional de las armas de fuego, que constituyen una grave amenaza contra el orden público y la seguridad de la Patria colombiana atribulada por la procaz violencia".

¡Ya no se podía tener ni lo que era de uno! Piñacué sabía de rifles, claro que sí. Si había sido recluta en Bogotá y conoció a una sirvienta... Todas las escopetas que tenían los indios eran viejas, de La Guerra de los Mil Días entre liberales y conservadores. Las cargaban con pólvora que Guacharaca, el vendedor ambulante, traía de vez en cuando; ponían unos perdigones y las tacaban con pita o bagazo de caña. Más que todo servían para asustar la chucha que viniera a comerse los pollos.

Piñacué, que había estado en Bogotá de recluta y sabía tirar, había matado una el otro día y la bruta de Feliciana se la parrandió poniéndola a asar sin cortarle la cola. ¿Y esas escopetas, terciadas al hombro con una cabuya o un chumbe viejo, eran las que constituían una amenaza? Además, los algerunos eran hombres de ley... ¡si eran conservadores! Mi Teniente debía estar loco.

Los cinco de vara de mando decidieron esa noche, mientras sorbían mocos, se calentaban alrededor del fogón y tomaban totumadas de chicha, notificar a la parcialidad y bajar todos al pueblo. Sí. Irían el domingo, día del plazo.

Los cinco de vara de mando caminaron kilómetros y subieron y bajaron y cruzaron quebradas y sanjones y se sentaron al pie de cada fogón y sorbieron mocos y se tomaron en cada ranchito su totumada de chicha.

¿Y en el pueblo el domingo?... El corneta tocó a la hora de la elevación y los soldados doblaron una rodilla en la misa de las diez. Salió de la iglesia primero la escuelita de varones con don Gregorio a la cabeza y luego la de niñas con Inesita, que no se perdía parranda de Mi Teniente para verse con el sargento Peralta. Y las damas de la adoración perpetua y los cruzados del padre mocito y la hijas de María y el carnicero y el estanquero y El Mocho y los pocos morenos de El Salado. Y los que no tenían que marchar en fila ni con Mi Teniente ni con don Gregorio ni con Inesita se iban quedando en la plaza porque allí estaban los indios formados en escuadrón; y detrás de ellos, remilgaditas, las mujeres con los críos enchumbados a la espalda y los que caminaban, arrimaditos a las faldas, sorbiendo mocos.

Los monaguillos sacaron al padre mocito de la sacristía a ver lo que pasaba. El Mocho se mordía el bigote. Todo se iba quedando en silencio; tanto que se oyó bien claro el "Viva Colombia" de la tropa cuando se desbandaron a orinar.

Y cuando vino Mi Teniente, Piñacué, que había sido soldado en Bogotá y marchó el 20 de julio y conoció a una sirvienta, se adelantó y dijo: --¡Si querés armas, vení y cogelas como nosotros las cogimos: en guerra!

Y los cincuenta indios dieron media vuelta y en fila torpe, seguidos de mujeres, críos y perros, bajaron la cañada, pasaron el río y se volvieron a su montaña.

Con un fuerte abrazo. Reinaldo Ayerbe Chaux