ELVIRA CUERVO DE JARAMILLO
Viernes 14 de marzo, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Elvira Cuervo de Jaramillo, Directora del Museo Nacional de Colombia, pronunció las siguientes notables palabras, durante la inauguración de la Exposición "La Procesión va por Dentro", el 20 de febrero de 2003.
Cordial saludo,

Palabras de Elvira Cuervo de Jaramillo
Directora del Museo Nacional de Colombia
Durante la inauguración de la
Exposición "La Procesión va por Dentro"

Bogotá, 20 de febrero, 2003

Todos, hombres y mujeres tenemos algo que atesorar... Cualquiera que sea la condición social, económica o el nivel cultural, los seres humanos tenemos algo con lo cuál nos identificamos, nos da seguridad y se convierte en la síntesis de nuestros sueños... No importa el valor económico de ese bien, si es o no bello... Lo atesoramos por el significado emocional que tiene para nosotros, el cual es en la mayoría de los casos incomprensible para los demás... Nuestros tesoros personales los cuidamos con esmero y puede que no se registren o que no se disfruten todos los días... Basta con saber que contamos con ellos y cuando los recordamos, el sólo hecho de saberlos nuestros, produce alegría y sosiego.

El patrimonio cultural de las comunidades está conformado por aquellos bienes, costumbres y creencias que se han adquirido con el transcurrir del tiempo, y que se convierte en un tesoro personal. Pocos patrimonios colectivos pueden ilustrarnos de manera tan contundente por el significado de patrimonio intangible, como el cúmulo de bienes, sentimientos y significados sociales, que atesoran los payaneses.

La concepción y el montaje de ésta exposición me ha permitido comprender, con sorpresa y emoción, el significado de ésta colección. No quiero referirme a los valores religiosos que tiene esta muestra, sino, contarles para que cada uno de ustedes lo valore, algunos de los gestos y compromisos que ha generado en los hombres y mujeres responsables de la misma, los cuales tuve la oportunidad excepcional de observar y que a mí me permitieron reconocer todo aquello que hace que La Semana Santa en Popayán no sea el desfile de unas bellas obras del arte religioso colonial, sino una serie de significados más amplios y profundos para cada uno de los ciudadanos, que la convierten en un singular e importante patrimonio cultural de todos los colombianos.

Unos sencillos ejemplos, como cuando uno intenta explicarle a sus seres queridos la carga emocional que tiene el bien que atesora, nos permitirán a los colombianos y a todos aquellos que visiten ésta exposición justipreciar el valor que para Popayán tiene ésta muestra y el acto de confianza y generosidad que han tenido para con los colombianos que viven en Bogotá, al traerla a éste Museo.

Vale la pena recordar que las procesiones de la Semana Santa en la capital de Cauca se remontan a 1568. Es por lo tanto una de las tradiciones más antiguas de toda nuestra historia. De otra parte, ésta es la primera vez en 450 años, que las veneradas imágenes salen de su ciudad natal. Dos razones más que enaltecen ésta exhibición en el Museo de todos los colombianos.

La exposición fue concebida y planeada por la Junta Permanente de la Semana Santa de Popayán, presidida por Harold Casas, y por el Museo Nacional de Colombia desde hace más de dos años.

Sólo puedo comparar la veneración de los síndicos por su labor de custodia y el cuidado para con las obras que conforman cada uno de los “pasos”, con la veneración que tenemos por los despojos mortales de nuestros seres queridos. Sólo así se podrán imaginar la labor que se debió adelantar para convencerlos de que su “paso” viajaría sin sufrir daño ni deterioro. Los síndicos responden ante toda la ciudad por el cuidado de su “paso”. Ocupan ese cargo honorífico porque han demostrado a sus conciudadanos su responsabilidad y devoción en el cumplimiento de velar por el buen estado y conservación de los objetos que son el tesoro de cada uno de los habitantes de Popayán. En muchos casos han logrado ese honor, en cumplimiento de una tradición familiar para que las responsabilidades que les asigna el cargo, sigan siendo parte del legado familiar que les han dejado sus mayores y que esperan logren alcanzar sus hijos. Igual ocurre con los cargueros y ambas posiciones vinculan y comprometen a toda la familia y a su servidumbre.

Varios meses fueron dedicados a diseñar una forma de empaque que garantizara la conservación de las figuras, los textiles, la platería, y las enormes y pesadísimas andas en las cuales se colocan las imágenes religiosas. Otros tantos meses se consumieron en redactar unos textos que divulgaran la importancia de la exposición y se intentara reflejar aunque fuera someramente toda la carga antropológica que esta contiene.

Lo primero, y tal vez lo más urgente, fue la consecución del transporte aéreo, que fue ofrecido por el general Héctor Fabio Velasco, Comandante de la Fuerza Aérea Colombiana, quien dispuso para el viaje dos enormes aviones Hércules, que permitieron traer a Bogotá los 21 pesados y voluminosos guacales. En ellos el maestro Rodolfo Vallín, quien se trasladó a Popayán con una semana de anticipación, había empacado con el mayor cuidado y esmero, las valiosas y antiguas imágenes y los adornos que luce cada una de ellas.

Al llegar la exposición el viernes pasado a Bogotá el espectáculo era sorprendente. En cuatro camiones se cargaron las inmensas cajas y más de sesenta payaneses las acompañaron y escoltaron con emoción febril. El salón de exposiciones temporales, en un momento dado, hervía con el entusiasmo y la pasión de hombres jóvenes con sus padres, con sus tíos y abuelos quienes quisieron trasladarse a Bogotá y ellos mismos, personalmente, instalar las imágenes en su sitio, vestirlas, adornarlas con los bellísimos y ricos mantos y túnicas y colocarles a los múltiples ángeles Caspicara en sus manos, uno a uno, las insignias representativas de la pasión de Cristo. Con el mismo cuidado y cariño ponían en sus cabezas las coronas y, en sus espaldas, las alas. Sobra decir que éstos aderezos son en plata repujada del siglo XVIII y XIX. Lo importante es la devoción, delicadeza y veneración inusitada con que arreglaban las imágenes, como sólo puede hacerlo una madre cuando viste por primera vez a su hijo.

Fue sorprendente para los que no estamos habituados a esta antigua y extraordinaria tradición, observar como uno de ellos, Felipe Velasco, quien iba a ser padre al día siguiente del montaje, resolvió viajar a Bogotá para coordinar el transporte hasta la sala del Museo. Lo vimos alzar las cajas, dirigir el montacargas, subir las imágenes a su lugar, mover con la ayuda de otros jóvenes los “pasos” ya armados, para que museográficamente fueran más admirados.

Vimos también a los jóvenes Santiago Caicedo y a su hermano Juan Ignacio, universitarios payaneses que estudian en Bogotá, atendiendo la recomendación de su abuela en el sentido de que la falda de la Virgen Dolorosa solamente mostrara la punta del pié para que no fuera vulgar su presentación. Así mismo, estos dos muchachos colocaban las tradicionales velas de laurel en cada uno de los candelabros del “paso” bajo su responsabilidad.

Simultáneamente y para nuestra admiración, otro grupo de señores vistieron y peinaron a “Toribio” como si lo hicieran en la cabeza de su hija, para el día de la Primera Comunión. "Toribio" es el ángel que desfila en la parte de atrás de la Dolorosa y que, por el movimiento de su cabello, determina si el “paso” esta siendo llevado a un ritmo y velocidad adecuadas. Estos hombres, que tienen la destreza de cualquier estilista, muestran con orgullo los callos de sus hombros. Estos han surgido por cargar, año tras año, por algo más de tres horas, una tonelada repartida entre ocho cargueros, cada uno con 125 kilos sobre su hombro.

Los síndicos, los cargueros y los familiares de éstos actúan con una sincronía impresionante. No sólo en las ejecución de las tareas para vestir las imágenes y armar el “paso”. Con energía, pero con la pulcritud del trabajo de los conservadores y los restauradores, brillaron y pulieron todos los objetos de plata. La misma precisión de diapasón la demuestran los cargueros al llevar sobre sus hombros cada uno de los pesados “pasos”... Ocupan su lugar y de pronto, con agilidad y disciplina militar, responden a la voz que les indica que deben levantarlo y, en milésimas de segundo, lo tienen cargado sobre sus hombros, como quien levanta un costal de plumas. No se puede dejar de pensar que si alguno de los cargueros fallara por un instante, o respondiese a la voz de mando con un mínimo de retardo, el inmenso peso haría que sus compañeros se descompensaran y todas imágenes, flores y velones, saltaran por los aires.

No sé si he logrado transmitirles a ustedes, con éstas palabras, algo de lo que significa esta excepcional tradición para la totalidad del pueblo de Popayán. La Procesión de la Semana Santa incorpora a todos los estratos sociales. Durante la Semana Mayor regresan a su ciudad natal todos los coterráneos desde donde quiera que se encuentren. Es una manifestación que trasciende lo religioso para convertirse en una demostración de responsabilidad civil, de unidad social y generacional que es única en Colombia.

Yo por mi parte, quiero agradecer a todas las personas que han contribuido a que esta exposición haya sido posible, pero en especial por la oportunidad que nos han dado a los que habitamos la ciudad capital de conocer una de las más bellas, antiguas y extraordinariamente curiosas, tradiciones latinoamericanas. La Semana Santa de Popayán es un evento que debe ser orgullo para todos los colombianos. Las procesiones de la Semana Mayor del mundo católico son el momento visible de una tradición centenaria en la que todo un pueblo centra buena parte de sus costumbres, anhelos y esperanzas. La verdadera procesión la viven con fervor y pasión los cientos de familias que son depositarios y responsables de que ella se realice todos los años en un rito que ya forma parte de nuestra identidad nacional. Es su propio patrimonio que hoy comparten con nosotros. Es la “Procesión (que) va por dentro”.

Muchas Gracias

ELVIRA CUERVO DE JARAMILLO
Directora