JOSÉ MARÍA CORDOVEZ MOURE
REMINISCENCIAS
Agosto 2, 1999
De: Mario Pachajoa Burbano

José María Cordovez Moure (nació en Popayán el 12 de mayo de 1835 y murió en Bogotá el primero de junio de 1918), escribió, inicialmente, en ocho volúmenes, su "Reminiscencias Santa Fe y Bogotá". Esta amena obra incluye la relación de los principales acontecimientos y memoria del escritor, que se efectuaron en la hoy Colombia desde el 10 de agosto de 1819 hasta 1909; es una indispensable fuente de conocimientos de los sucesos y ocurrencias de la época del nacimiento de la República y de las múltiples fases por las que ha pasado esta sociedad colombiana. Tendremos más oportunidades para referirnos al contenido de estos preciosos volúmenes. Para hoy hemos preparado los siguientes párrafos sobre la anécdota referida al hijo del famoso Miranda que se encuentra en el primer volumen.
 
José María cuenta, en la mencionada obra, que antes del memorable 25 de septiembre de 1828, el Libertador dio un baile en el palacio de San Carlos. Bolívar se presentó vestido con gran uniforme militar, rodeado de los más importantes de Colombia. Entre el Cuerpo Diplomático y Consular presente contaba el Cónsul general de Holanda, M. Stewart. Al sacar éste a bailar a una señorita, dejó ella, como era costumbre, un frasquito que contenía esencia y el abanico, sobre el asiento que abandonaba; un joven oficial Miranda, hijo del distinguido General del mismo nombre, se sentó inadvertidamente sobre tales prendas y rompió el frasquito, visto lo cual por el señor Dundas Longan, le dijo en tono de burla: prevéngase para dar cuenta de este agravio al Cónsul holandés. Miranda contestó que no tenía miedo a ese vejete, palabras que por desgracia oyó M. Stewart, y sin tener en cuenta el sitio donde estaba, llenó de improperios a Miranda.
 
A la mañana siguiente envió Miranda al norteamericano Coronel Johnson, a pedir una explicación al holandés, quien contestó que la daría por las armas.
 
Miranda pasó todo el día ejercitándose al tiro de pistola en el solar de la casa contigua hacia el sur, de la que fue más tarde propiedad de don José Manuel Marroquín, entre otras razones, porque el belicoso Cónsul tenía reputación de ser muy diestro en el manejo de las armas, y aseguraba que en ocho duelos había dado buena cuenta de sus adversarios.
El día después,muy temprano, se dirigieron hacia el Aserrío y a orillas del río Fucha se batieron a veinte pasos de distancia. Tiró primero M. Stewart y con la bala quitó la cachucha a Miranda; este, que era tan valiente como generoso, dijo a su contendor que aun era tiempo de explicarse amigablemente; pero el furioso holandés le replicó diciéndole que si no hacía fuego lo mataría como a un perro. Perdida la esperanza de un avenimiento, dieron los testigos las voces acostumbradas en estos lances: al oír las voz de tres Miranda tendió el brazo y sin apuntar, disparó. El proyectil atravesó la cinta negra y el sombrero sobre el centro del hueso frontal del contrario, y se introdujo en la masa cerebral; el doctor Ricardo Cheyne que estaba presente en su calidad de médico, exclamó al ver caer desplomado a Stewart: !hombre muerto!
 
Miranda se marchó inmediatamente al extranjero, y al Cónsul se le hicieron solemnes funerales en la Capilla del Sagrario, lo que dio motivo para que el venerable sacerdote doctor Margallo, en el primer sermón que predicó después de aquel trágico suceso, encareciera a los fieles que elevaran sus oraciones al Todopoderoso, a fin de que la profanación de ese templo no fuera causa de su ruina. El terremoto de 1827 se encargó del cumplimiento de aquel pronóstico.
 
Terminadas las exequias se condujo el cadáver al Hospicio de los hombres, después a la iglesia, dejándolo un tiempo en el zaguán, para que el pueblo lo contemplara, y se le dio sepultura en la huerta, dos varas hacia el norte de la misma.
Cordial saludo,