CARLOS LÓPEZ NARVÁEZ
1897 - 1971
Por: Guillermo Alberto González Mosquera
Miércoles 19 de enero, 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

Con Guillermo Valencia y Rafael Maya, Carlos López Narváez se sitúa en la cúspide de la intelectualidad del Cauca en el Siglo XX. Cuando se examinan su obra literaria y su vida rica en múltiples manifestaciones creativas, no resultan exageradas las manifestaciones que sobre él han dejado escritas los más eminentes críticos de la literatura colombiana. "Una de las más brillantes figuras en el campo literario", "una inteligencia única", "su obra es expresión de excelsitud", "un hombre de corazón oceánico", son algunas de las expresiones consignadas en los medios de opinión al referirse a este payanés, nacido cuando culminaba el siglo pasado.

Al igual que García Márquez, era hijo de un telegrafista y de una dama conocida por su agudo ingenio y singular inteligencia, que se prolongaría en varios miembros de su familia.

López Narváez cumple en las varias etapas de su educación un ciclo que se repite en conciudadanos suyos que van a sobresalir en diferentes campos del quehacer nacional: educación elemental en la escuela regentada por los Hermanos Maristas, media en el Real Colegio Seminario y superior en la Universidad del Cauca. De todo ello quedará huella en una vida polifacética y rica en manifestaciones de diversa índole, que va a pasar desde una apasionada militancia política, un ejercicio de las armas en el campo de batalla de un conflicto limítrofe hasta el brillante ejercicio de su profesión de abogado y de diplomático en distintos países. En todas las circunstancias existe para él una constante, algo que lleva consigo con indescriptible fuerza interior: su apasionado amor por la literatura, que va a convertir a López Narváez no solamente en un eximio poeta, sino en el más cabal traductor de la poesía francesa e italiana en Colombia.

El Maestro Valencia lo forma y permea durante una etapa decisiva para su futuro. Hay una intensa relación entre el Maestro y el discípulo. Lo que acertadamente llama Alina López Rey, su hija, como la "influyente convivencia" y que va a conducirlo a un profundo conocimiento de la literatura universal. A su vez, López será el amigo fiel que practica la política a favor de su jefe con una combatividad recia y apasionada, como puede verse en artículos de prensa publicados en los periódicos conservadores de la época, que él dirige y redacta en la capital del Cauca. La derrota de Valencia en su segunda candidatura presidencial de 1930, sirve para rescatar al hombre de letras que reencuentra su auténtica vocación y pronto publica un libro clave en la literatura colombiana, "La Voz en el Eco", en donde además de su propia poesía aparecen traducciones de textos de Beaudelaire, Heredia, Proudhomme, Valery, Leconte de Lisle, Armand Godoy, Henry Barbusse y otros más del modernismo. Lo ha podido hacer con brillo porque él mismo es un gran poeta. Es un artista creador que surge por encima de sus traducciones, como lo expresara Francisco Cierre, catedrático que estudió la obra de López Narváez desde la Universidad de Michigan. Y así, Rafael Maya, Baldomero Sanín Cano, Andrés Holguín, quienes van dando testimonios exultantes de su trabajo invaluable.

De su participación en el conflicto bélico de 1932 con el Perú y de su vida en las selvas del sur, queda una obra que viene de la propia percepción de un espíritu sensible, con una experiencia militar en los años de recluta que llegó al grado de Sargento Segundo y que deambuló por cuarteles y campos de entrenamiento.

Académico, catedrático en universidades y colegios, Director de Extensión Cultural de la Universidad Nacional y Director de la Radiodifusora Nacional, funcionario de los Ministerios de Educación y de Relaciones Exteriores, vinculado a posiciones de trabajo con importantes multinacionales, diplomático en los Estados Unidos y Francia, fue López Narváez un hombre que sirvió a su patria, despertando simpatía en todos los círculos que frecuentó, ofreciendo afecto por doquier. En resumen, el hombre de "corazón oceánico", espíritu sensible que perdurará en la historia de la cultura colombiana con caracteres indelebles. Murió rodeado del respeto y admiración de sus compatriotas en 1971 en Bogotá, a los 74 años de edad.