LOS CIELOS DE POPAYÁN
Viernes 30 de agosto, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Gustavo Wilches-Chaux nos deleita con uno de sus amenos escritos, esta vez sobre telescopios y el arte de su manejo para observar el lúcido cielo payanés. Nuestros agradecimientos a Gustavo por su artículo. .

Cordial saludo.

SINCRONICIDADES
Por: Gustavo Wilches-Chaux

"Hoy Raimundo y todo el mundo vamos a ir a ver el cine de los cielos hoy sabremos el teléfono de Dios..."

Salvador Cardenal (Guardabarranco)

José María Arboleda Castrillón llevaba varias semanas armando su telescopio, pero, hasta ese momento, todavía no había visto nada porque le faltaban algunas piezas esenciales, pero también porque, aunque las hubiera tenido, un invierno implacable de meses había frustrado sistemáticamente toda tentativa de enfocar el telescopio hacia el cielo. Esa noche, sin embargo, las circunstancias propicias se confabularon: el telescopio había quedado listo para cumplir su objetivo (el objetivo de sus oculares y de su objetivo) y, si bien no había nada ni parecido a los cielos nocturnos de los antiguos veranos de Popayán, unos rotos aislados (pero cada vez más abundantes) en las nubes, por primera vez en muchas noches permitían ver las estrellas.

Júpiter se encontraba alto sobre el horizonte del Este y constituía un punto de atracción obligado para la mirada. Con alguna dificultad (la mirilla de localización aún descentrada, una montura desconocida que no ayudaba a dirigir el tubo hacia dónde queríamos, un conjunto de oculares cuya función específica todavía no estaba clara...), capturamos a Júpiter con el telescopio, en cuyo campo apareció como un gran disco anaranjado, con las cuatro lunas desveladas por primera vez por Galileo --Io, Europa, Ganímedes y Calixto- orbitando sobre el plano ecuatorial del gran planeta. (Las demás lunas, entre ellas la minúscula Amaltea, no son visibles con telescopios terrestres: fueron descubiertas por las naves Voyager en su viaje hacia los confines del Sistema Solar.)

En ese entonces José María Arboleda todavía no se paseaba por las constelaciones, los cúmulos estelares y las nebulosas, con la propiedad y la certeza con que lo hace hoy. En un momento en que lo llamaron por teléfono y él fué a contestar, mi mujer y yo enfocamos a Saturno para tenérselo de regalo en el ocular del telescopio cuando regresara.

Desde una casa situada a cuatro escasas cuadras de allí, de donde estábamos aprendiendo a manejar el aparato astronómico, Francisco José de Caldas le escribía en Enero de 1799 a su amigo don Santiago Arroyo y Valencia (tío abuelo de don Sergio Arboleda, el tatarabuelo de José María Arboleda), describiéndole una de sus primeras visiones del cielo a través del telescopio:

La primera diligencia fue quitarle cuatro oculares que tenía; le dejé sólo una y la de menor foco y esperé la noche. Llegó ésta, y dirigí mi anteojo hacia Júpiter: le vi aumentado considerablemente, y percibí sus cuatro satélites; pero éstos a ratos desaparecían y a ratos volvían a dejarse ver, y era necesario fijar mucho la atención, y como dice Bailly, pegar el alma a la pupila. Poco satisfecho de mi telescopio, le quité la ocular del mismo anteojo que le había dejado, y le sustituí otra de un foco que sería la mitad menor y de una transparencia grande; salgo, vuelvo mi telescopio a Júpiter, ¡qué claridad ! ¡Qué determinado el limbo del planeta ! Veo por primera vez las zonas oscuras de Júpiter, que sólo conocía en perspectiva, y lo que fué para mí de la mayor complacencia, vi con toda claridad y facilidad los satélites. Ya estaba algo levantado Saturno; vuelvo a él mi anteojo, y veo primero una figura elíptica y dos gruesas manchas; me sorprendo, vuelvo el anteojo, le fijo y espero que entre en su campo Saturno; afoco el anteojo proporcional a su distancia, cuando esa figura elíptica se transforma en un anillo bien determinado, los puntos o manchas negras en espacios vacíos que hay entre el anillo y el globo de Saturno que hallé en medio. Juzgue usted cuál sería mi contento...

En los días del estreno del telescopio de José María Arboleda yo estaba leyendo "La Isla del Día de Antes", la novela de Umberto Eco, que versa sobre la búsqueda de un método confiable para determinar la longitud geográfica de un punto sobre la superficie de La Tierra, es decir, para establecer el meridiano sobre el cual se encuentra situado quien realiza la observación. La latitud de un sitio, o sea su distancia a la línea ecuatorial, se determina (o se determinaba, pues para eso hoy se tienen los satélites y el GPS) por la altura de ciertas estrellas sobre el horizonte Norte de ese sitio en particular, preferiblemente, de tener acceso visual a ella, por la altura de la estrella polar. Así, la latitud de Popayán (dos grados y 27 minutos) indica que exactamente a esa altura en dirección Norte, se debería ver la estrella polar, si no fuera por la contaminación lumínica --los reflejos nocturnos- que producen los viveros de Piendamó y las luces de Cali. (De hecho, el doctor Albert Hartmann --quien fuera rector del Liceo Alexander von Humboldt de Popayán y lo más cercano a un sabio que yo conocía en mi adolescencia y pienso que todavía- afirmaba que en las noches despejadas él podía ver desde Rioblanco la estrella polar. Le creo, pero me consta que hoy ya no se puede, porque yo he tratado muchas veces de verla, sin éxito, desde Amaltea, mi casa de Rioblanco junto a la de Hartmann).

La medida de la longitud, en cambio, presentaba una serie mucho mayor de dificultades, teniendo en cuenta sobre todo que, para la época en que se desarrolla la novela de Eco , no se habían inventado todavía relojes que pudieran mantener la cordura de sus péndulos a bordo de navíos en alta mar. Sin embargo, en plena "Era de los Descubrimientos", resultaba indispensable poder determinar las longitudes geográficas de los sitios encontrados, primero para poder regresar a los mismos en viajes posteriores y, segundo, para evitar, por ejemplo, que los españoles les hicieran, sin saberlo, "descubrimientos" gratuitos a los portugueses, o viceversa.

Cuando, a raíz del estreno con Júpiter y Saturno del telescopio de José María Arboleda, me fui a buscar en el libro de las "Cartas de Caldas" la que transcribí unos párrafos atrás (una edición de 1917 que perteneció a la biblioteca de mi abuelo y que me regaló con una tierna dedicatoria mi abuelita el día que me gradué como abogado), me encontré con otra carta dirigida por Caldas también a don Santiago Arroyo (supuestamente con copia a don José Celestino Mutis, según el editor), en la cual le relata su encuentro con el Barón Alexander von Humboldt en el Ecuador :

Así que llegamos a Ibarra comí con él, y públicamente se volvió a mí y me dijo: "He visto los preciosos trabajos de usted en astronomía y geografía. Me los han enseñado en Popayán. He visto alturas correspondientes tomadas con tal precisión, que la mayor diferencia no pasa de cuatro segundos". Después abrió sus cofres, me mostró el manuscrito de observaciones astronómicas : me hizo notar la que había hallado en Popayán con su famoso cronómetro, y luego me dijo : "el padre de usted, sin su consentimiento, me ha enseñado un libro manuscrito, en que hallé una observación de la inmersión del primer satélite de Júpiter, calculada; y da la misma longitud que mi cronómetro: lea usted".

Se conoce, entonces, que Caldas había logrado medir con cierta precisión la longitud geográfica de Popayán (en relación con el meridiano del Observatorio Real de Cádiz, pues todavía el de Greenwich no se había elegido como meridiano de origen para efectos del sistema cartesiano de coordenadas geográficas) y la longitud y latitud de La Plata, de Neiva, de Timaná y de otros varios lugares, basándose para determinar las primeras, en las ocultaciones de las lunas de Júpiter y en la observación cuidadosa de los momentos en que comenzaban o terminaban las diferentes fases de múltiples eclipses de luna, cuyos datos para Europa conocía Caldas a través de los "almanaques" que le hacían llegar sus amigos a Popayán.

Luego de revisar esas observaciones, Humboldt (que tan escéptico se muestra sobre los popayanejos en una carta a Mutis), escribe en su diario: Este Mr. Caldas es un prodigio de la astronomía. Nacido en las tinieblas de Popayán, ha sabido elevarse, formarse barómetros, octantes, sectores, cuartos de círculos de madera ; mide latitudes con gnómones de 15 o 20 pies. ¡Qué habría hecho este genio en medio de un pueblo culto y qué no deberíamos esperar de él en un país en que no se necesite hacerlo todo por sí mismo !

Notas finales :

1. La primera de las "Cartas de Caldas" que figura en la mencionada edición de 1917, está fechada en La Plata el 24 de Julio de 1795, y en ella le pide a don Camilo Torres consejo para entablar pleito por el "fracaso" sufrido en el camino que conduce de Popayán a Neiva "por las laderas del río Páez", camino que "há cosa de un año no se compone" y donde "se me rodó la carga de baúles llena de intereses, ropas y alhajas, que aprecio todo en cuasi tres mil pesos (...) Yo no atribuyo la culpa tanto al arriero cuanto al maldito camino y al descuido del comisionado del Cabildo de Popayán para componerle..."

2. En la misma carta en donde Caldas le describe a don Santiago Arroyo y Valencia su encuentro con Júpiter y Saturno, le expresa su preocupación por las amenazas que se ciernen sobre los jóvenes de Popayán, al tiempo que le propone: "Convengamos en que el cultivo de alguna ciencia es una barrera casi insuperable para el vicio. ¡Ojalá conocieran esto bien los padres y los ayos ! ¡Ojalá que en vez de amenazar y castigar a los niños, les hicieran tomar gusto por cualquier ramo de la física y de las ciencias exactas ! Entonces veríamos menos jóvenes viciosos, menos atolondrados y más sabios.

3. El 3 de Abril de este año, hacia el filo de las seis de la tarde, un eclipse total de luna se iba a poder ver desde Popayán, y se esperaba que también estaría visible el cometa Hyakutake. Sin embargo, la terquedad del mismo invierno que había impedido ensayar antes el telescopio de José María Arboleda, amenazaba otra vez con frustrar cualquier tentativa de observación. Resolvimos acudir, entonces, a don Roberto Andela y a otro The Wala o "médico tradicional" de Vitoncó, para que nos ayudaran a ahuyentar el aguacero y pudiéramos ver el eclipse. Les preguntamos si se le medían a ese trabajo y contestaron que sí, con la misma naturalidad con que un latonero le confirma al dueño del carro chocado su habilidad para reparar las latas abolladas. Cuando llegamos a Amaltea como a las cinco y media de la tarde, el aguacero había amainado ligeramente, pero todavía estaban escurriendo las nubes. Los "médicos" iniciaron su trabajo y al cabo de una media hora larga el cielo estaba totalmente despejado. Coincidencia o saber y poder, lo cierto es que, por primera vez en semanas, Raimundo y todo el mundo pudimos ver "el cine de los cielos" en todo su esplendor: no sólo la luna eclipsada, como una gran pelota roja saliendo un poco al Norte del volcán Puracé, y el cometa Hyakutake cerca al horizonte nor-occidental, entre las nubes anaranjadas y el cielo verde del atardecer, sino Venus exactamente encima de las Pléyades, como un diamante engastado en una montura de brillantes (descripción que si no fuera una relación exacta de lo visto, sino una figura literaria, yo mismo habría rechazado por cursi), la nebulosa de Orión y, en general, una "oferta astronómica" que no es fácil encontrar, a pesar de que vivimos (cuando al invierno le da la gana, que cada vez es menos) bajo el cielo privilegiado de Popayán.

Privilegio que, dicho sea de paso, ha ido desapareciendo a medida que la agresiva luminosidad del alumbrado de las calles ha ido desplazando "las tinieblas de Popayán" (esta vez en sentido estrictamente literal), y a medida que hemos renunciado, sin darnos cuenta y sin protestar, al derecho a la oscuridad.

Popayán, Junio 29 de 1996