ÁLVARO CASTRO SEGURA
Sábado 19 de agosto, 2006
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Álvaro Castro Segura es un trabajador independiente y personaje
caucano muy popular, que su sustento y el de su familia lo gana
frente a su antigua máquina de escribir haciendo documentos,
contratos, llenando formularios y cartas a sus clientes, a la entrada
del edificio nacional de la carrera cuarta con calle tercera de Popayán.

La Campana, publicación payanesa mensual y gratuita, se refiere a
este singular ciudadano en los términos que reproducimos hoy.
Agradecemos a Hernán Franco Ramírez por habernos enviado
la edición de La Campana del 11 de agosto del 2006 de donde
hemos tomado el presente articulo.

Cordialmente,

***
Hace 18 años "instaló" su
oficina en la calle.
La Campana
Popayán, agosto 11 de 2006

Los cincuenta años le llegaron a Álvaro Castro Segura, cuando enfrentaba una aguda crisis laboral. Él, que había comenzado a trabajar muy joven, apenas respaldado por su cartón de bachiller del colegio Champagnat, que había laborado en Cali con la firma Leonidas Lara e Hijos, en la Administración de Impuestos de la capital vallecaucana, en Caminos Vecinales como tesorero auxiliar, y luego en Bogotá en la empresa Simmens de Colombia, en donde conoció a quien se convirtió en su esposa y con quien regresó a Popayán para establecer su hogar, no se iba a dejar vencer tan fácilmente por las circunstancias.

Gracias a los empleos desempeñados, se convirtió en un hábil contador empírico, fortaleza de la que hizo acopio y un día cualquiera “instaló su oficina callejera” en el andén de la carrera 4, muy cerca de la entrada al edificio de Telecom, a la que “ascendió” al poco tiempo. Allí permaneció durante cinco años, al cabo de los cuales decidió mirar al frente y ubicar su escritorio en el pórtico de la DIAN, en el Palacio Nacional, en donde lleva 13 años.

Hoy, 18 años después, Álvaro Castro Segura, con 68 años, pensionado como trabajador independiente, continúa utilizando en su labor diaria el escritorio y la máquina de escribir con los que inició su oficio de tramitador callejero. Su máquina Brother, que conserva en perfecto estado, es toda una joya que seguramente se constituye en una rara pieza para los hijos del computador.

A su pequeño escritorio de madera le adicionó a lado y lado unos ganchos, de los que cuelgan la tapa de la máquina y un maletín en el que guarda el material de trabajo. Sólo si se ganara una lotería cambiaría su Brother por un computador portátil. Cree que sin mayor tecnología le presta un buen servicio a la comunidad.

Se dedica a elaborar declaraciones de renta, por las que cobra, por ejemplo a los colegios, cinco mil pesos. Para personas naturales comerciantes, dependiendo del movimiento de su negocio, la tarifa oscila entre $60 y $80 mil pesos, que considera barata. También hace contratos de compraventa, oficios varios, diligencia formularios de la Cámara de Comercio, de Industria y Comercio y otros papeles. Mensualmente gana el salario mínimo, puesto que los computadores y en general la sistematización de procesos en las distintas entidades le han generado una dura competencia. Tanto, que su trabajo se redujo al 50%, pero sigue con su máquina Brohter, que le ha dado para llevar durante dos décadas el pan a la casa.

“Los directores de la DIAN, todos sin excepción, me han prestado su colaboración, y yo he sido respetuoso con la entidad, con sus empleados y con el público, nunca he tenido el menor problema”, dice con satisfacción.

La gente cree que este hombre afable, vestido de manera impecable pertenece a la nómina de la DIAN y de manera permanente le solicita información, que él brinda con amabilidad.

Los campesinos apelan en mayor porcentaje a su servicio. Para ellos elabora contratos de compraventa de lotes, especialmente. Al respecto comenta el tramitador, que debido al fenómeno del desplazamiento del campo a las ciudades por problemas de orden público, los labriegos están vendiendo sus tierras.

Este hombre, que en los últimos 18 años no ha tenido vacaciones, ni cesantías, como tampoco incapacidades, tiene su propio horario de trabajo que básicamente es hasta la una de la tarde, pero lo extiende dependiendo del movimiento de su “oficina portátil”. Por lo general, en las tardes presta asesoría contable a pequeños negocios.

Con su esposa Ofelia Rivas Valencia, de origen paisa, sacó su hogar adelante y no han tenido situaciones económicas difíciles. Educaron a sus dos hijas: Mónica, antropóloga, quien se casó en Popayán con un inglés y se residenciaron en Londres. Amparo, administradora de empresas, casada y vinculada laboralmente a una empresa en Bogotá. De su trabajo en la calle y de lo logrado con él, Álvaro Castro Segura se siente satisfecho y agradecido con la vida.