LOS CARGUEROS DE POPAYAN
Miércoles 23 de marzo, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

José Navia, Editor de Reportajes de El Tiempo y payanés, ha escrito
el excelente articulo sobre los cargueros de la Semana Santa de
Popayán que transcribimos en este dia.

Cordial saludo,

***.
Marzo 22 de 2005
Los cargueros de Semana Santa en
Popayán: la estirpe del túnico azul
Por: Jose Navia, Editor de Reportajes
El Tiempo


Cuando se visten es lo mismo ser chofer, carnicero o ejecutivo: todos los hombres son iguales bajo las andas de la semana de mayor tradición del país.

No existe mayor deshonra para un carguero de las procesiones de la Semana Santa de Popayán que retirarse en mitad del recorrido, humillado por el peso de las andas.

Entre los cargueros, el abandono se llama ‘pedirla’. Y no pasan de diez los hombres que llevan esa mancha en los 448 años de existencia de las procesiones de la capital del Cauca.

El caso más conocido es el del escritor Jaime Paredes Pardo, fallecido en 1985: “Huí por en medio de la multitud… Corrí muchas cuadras oscuras, todo helado y avergonzado”, narró años después en un texto titulado ‘De como la pedí en el Cristo de San Agustín’.

Quienes la piden pierden todo respeto en el varonil mundo del carguío payanés: ‘Vos qué vas a hablar si vos la pediste”, les dicen sus colegas cuando abren la boca en alguna reunión en las que los demás recuerdan sus hazañas, como haber terminado la procesión con la clavícula fracturada o el hombro reventado.

Cuentan la historia de Arcesio Velasco, un robusto cincuentón que ignoró las recomendaciones médicas, y los peregrinos lo vieron caer la noche del miércoles santo frente a la iglesia de San José, víctima de un infarto.

Desde entonces, su paso, El prendimiento, se detiene por unos segundos en ese sitio para rendir homenaje.

Sobre los hombros curtidos de unos 480 de estos personajes desfila la Semana Santa con mayor tradición del país. Su mayor orgullo es mostrar los callos, como pequeñas jorobas, que a la mayoría de ellos se les forman donde se unen el hombro, el cuello y la espalda.

“Tocá… tocá…”, dicen algunos desapuntándose la camisa.

Tiene que dar la talla

Por lo general, tienen entre 15 y 60 años. Se visten con un túnico de dacrón, azul oscuro, sin costuras en los hombros, al que llaman ‘animasola’. Usan alpargatas de fique, un paño blanco que les envuelve la cintura, asegurado con un grueso cordón de hilo. La cabeza va cubierta
por un capirote.

Los cargueros de Popayán son comerciantes, profesionales de todas las áreas, empleados, choferes de servicios público, congresistas, obreros, ejecutivos de grandes empresas y personalidades de la política.

Se podría decir que las andas de la Semana Santa son el lugar más democrático de la ciudad. “Debajo de un paso todo los payaneses somos iguales”, dice Tulio Mosquera, carguero y presidente de la Junta Permanente Pro Semana Santa.

Y para ilustrarlo muestra antiguas fotografías en las que aparece Maximiliano Pajoy, un agricultor de la vereda Puelenje, y quien apodaban el ‘Indio pajoy’, metiendo el hombro igual que Tomás Castrillón, quien fuera Gobernador del departamento.

Algunos cargueros viajan a Popayán solo para Semana Santa. Dos jóvenes, hijos de payaneses, llegan de California (Estados Unidos) desde el domingo de ramos para ayudar a armar los pasos. Lo mismo hace el gerente en Colombia de una multinacional, quien viaja desde Bogotá.

En una época, los cargueros tenían fama de ser buenos clientes del ‘tapaetusa’, un aguardiente casero que los envalentonaba para meterle el hombro a los pasos de 500 y 600 kilos durante casi tres horas. En los descansos, los cargueros corrían al Nimis, El centavo menos y otras tiendas ubicadas a lo largo del recorrido y desocupaban una o dos copas de aguardiente.

Con malicia, aceptan que a eso se debió la caída de algunos pasos y por eso la Junta Pro Semana Santa les prohibió el consumo de licor y de alimento durante las procesiones.

La mayoría de quienes llegan a cargueros ha hecho fila durante años en alguno de los 68 pasos que desfilan, solemnes, a lo largo 20 cuadras, entre martes y sábado santo, enmarcados por las velas de los alumbrantes.

En los primeros años, cuando las calles de Popayán eran empedradas y el carguío, una tortura, los cargueros eran campesinos de Julumito, Puelenje, Pueblillo, Cajibío y otros pueblos vecinos.

Hoy, casi todos comienzan su escuela cargando en las Procesiones Chiquitas, una imitación para niños que se realiza en los días siguientes a la semana mayor (popayan.gov.co/turismo/pchiquitas.php).

Allí aprenden a caminar con la cadencia y elegancia que requiere el oficio; aprenden a manejar la alcayata que sirve para soportar los pasos en los descansos y comienzan a experimentar el peso del barrote sobre sus hombros.

En la adolescencia se convierten en ‘pichoneros’. Estos son espontáneos que ayudan a limpiar las imágenes, a armar los pasos y cargarlos durante una o dos cuadras, a la salida y al ingreso de las procesiones. Muchos pasan cinco o diez años de 'pichoneros' y nunca llegan a lucir el túnico azul.

“Para ser carguero se necesita suerte, voluntad y berraquera”, dice Julián Andrés Torres, de 22 años, carguero y estudiante de economía.

El momento de la suerte llega en la ‘acotejada’. Esta consiste en alinear los hombros de los cargueros de tal manera que el paso asiente de manera uniforme.

La ‘acotejada’ pesa más que una herencia. Cuando un carguero se retira, por edad o enfermedad, la primera opción para reemplazarlo la tienen sus familiares. Pero si el elegido no da la talla, el barrote puede pasar a manos de cualquiera de los tantos ‘pichoneros’ que revolotean en las iglesias.

“Vení medite vos”, le puede decir el síndico (responsable del paso) al más solícito de los muchachos.

“Por el caminar elegante y el ritmo parejo de los cargueros, por la manera imperceptible de mecerse la imagen, y por el sonido armónico con que crujen las andas, se sabe que el paso viene bien cargado”, dice Gustavo Wilches-Chaux en La Procesión va por dentro. www.museonacional.gov.co/popayan1.html

Pasan a la historia

Una vez dueños de un barrote, los cargueros, con algunas excepciones, incluso arriesgan la vida para conservarlo. Manuel Barragán, perteneciente a una de las más renombradas estirpes de cargueros, por ejemplo, se hace inyectar un relajante muscular cada Semana Santa, desde hace dos años, para que su tobillo y rodilla lesionados le permitan cargar por cuatro años más, hasta cumplir los 60 de edad y 35 de carguío, y recibir así la Alcayata de oro, el máximo honor al que aspira un carguero.

También se cuenta la historia de José Manuel Vidal, un carnicero de la plaza de mercado, encarcelado por haber herido de gravedad a un hombre en defensa propia. El detenido se presentó esposado y con dos guardianes en la Iglesia de Santo Domingo, a reclamar su barrote en La Virgen de la Soledad.

Pero la más famosa historia es la del general José María Obando y su lugarteniente, Juan Gregorio Sarria, cargueros de la Virgen de los Dolores, y por esa época, 1840, levantados en armas contra Tomás Cipriano de Mosquera.

Cuentan que cuando ya les habían buscado reemplazo, los dos rebeldes se presentaron a reclamar sus barrotes con su túnico azul y el capirote cubriéndoles el rostro, como era la acostumbre en ese tiempo.

Dos cuadras antes de terminar la procesión, los payaneses, seguidores de Obando, apagaron las velas y se abalanzaron sobre los pasos, cubriendo la retirada de los insurgentes.

Desde aquel episodio, la Gobernación dispuso que los cargueros debían llevar el rostro descubierto. Así algunas caras se han hecho familiares entre los cargueros. La gente conoce a algunos por el apellido, pero entre ellos son más comunes los apodos: ‘El indio Gilberto’, Matapalo’, ‘El Puyoso Valdivieso’, ‘El Cucaracho Vivas’, ‘Pandeleche’, ‘Care’mico’, ‘Caucho’ y ‘Cauchito’, entre otros.

Son una especie de cofradía, tanto que tienen un mausoleo propio en el Cementerio de Popayán. Todo el año hablan de la Semana Santa, le dicen ‘semanasantiar’ y desde el primero de enero inician la cuenta regresiva para el día en que les toca cargar. Algunos trotan y levantan pesas.

Todos aspiran a cargar como lo hizo Otón Sánchez durante 75 años: firme, erguido, digno, rítmico y sereno. Sánchez es un caso único, de eso dan fe los que lo vieron como un roble, debajo de su barrote, a los 92 años de edad.

Los que les han puesto el hombro al Santo Sepulcro, a Las Insignias o al señor del Perdón, siquiera por una noche, saben que Otón Sánchez era un gladiador vestido de túnico azul. Por eso, se echan cruces para terminar la procesión con la cara en alto.

“Así sea muerto, reventado, pero no pedirla”, dice Tito Bernardo Hernández Barragán, el más joven de una de las más renombradas estirpes de cargueros payaneses.