FRANCISCO A CAICEDO MONTUA
Jueves 20 de marzo, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Payaneses semanasanteros:

Karen Otálora Pachajoa ha tenido la deferencia de informarnos que
el 18 de marzo fue la última conferencia en la serie de actividades
paralelas a la exposición temporal de la "Procesión va por dentro"
y estuvo a cargo del Coronel Francisco A Caicedo Montúa.
A los asistentes les dieron un folleto que contiene el texto completo
y Karen se tomó el trabajo de digitalizarlo para su distribución
en esta Red de payaneses.

Nuestros profundos agradecimientos a Karen.

Cordial Saludo,

***

REMEMBRANZAS DE UN CARGUERO DE LA VIRGEN DE LA SOLEDAD
Por: Coronel Francisco A. Caicedo Montúa
Bogotá, 1991

El significado de los símbolos en la vida del hombre, acrecienta su valor con dimensión gigante, cuando ellos están ligados a las fibras vitales del espíritu, a la exaltación de los nobles ideales de la nacionalidad y la tradición o al devoto culto de las grandezas de Dios y mas aún cuando en su abnegado y silencioso acontecer se le ha tributado una ofrenda perenne de oración.

Cuatro decenios y medio portando sobre los hombros y el propio corazón, los toscos maderos de las andas de Semana Santa en Popayán, que sustentan una tradición cuatro veces centenaria, con imágenes cuya belleza plástica inspiran por su perfección y dramatismo, al arrobamiento del espíritu y a la ferviente entrega en la plegaria, reviviendo el drama eterno del calvario, con el augusto martirio de Jesús crucificado y el dolor infinito de su divina madre, llevándolos por los mismos senderos donde a través de centurias miles de devotos payaneses que nos han antecedido, humedecieron con el sudor honroso de su ofrenda las calles empedradas del ayer y las tersas y asfaltadas vías del presente, constituyen un orgullo que imprime dignidad y una satisfacción silenciosa que ennoblece al haber ofrendado media vida en ese tributo de férvido amor y de gratitud inefable a Dios Nuestro Señor y a nuestra martirizada y divina Reina María Santísima. Por ello es inmensamente expresivo y satisfactorio acariciar con vehemente y sentida nostalgia la férrea fortaleza de una negra alcayata, símbolo que representa nuestros grandes valores; después de tantos años de portarla bajo las andas de centurias, para vivificar los recuerdos de una noble tradición que la ciudad atesora dentro de su relievante dimensión histórica, y la solidaridad devora y legendaria de sus gentes y cargueros con nuestra magna celebración, la inmolación de Cristo. Y es placentero repasar en su recia contextura de acero y de chonta, tantos detalles grabados en el alma durante 45 años de fervorosa oración que nos permitió ser acreedores al preciado galardón de “La Alcayata de Oro”.

Antes de marchar al continente asiático con el Batallón Colombia en 1951, a la guerra de Corea, península para nosotros hasta entonces desconocida, en un tributo de ferviente amor y de esperanza, bajo el yugo abrumador de uno de sus barrotes, elevamos con insondable fe una plegaria a la Santísima Virgen de la Soledad, para que en su bondad infinita nos permitiera, si regresábamos del campo de batalla, cambiar el fusil que se llevaba con honor en nombre de la patria, por la esbelta sencillez de una alcayata como carguero de su paso, para rendirle una oblación de eterna y perenne gratitud a ella, como Reina de los cielos, en la conmemoración adolorida y contrita de la solemnidad y grandeza de cada Viernes Santo.

Y en el transcurso de los suntuosos y fúnebres desfiles, al regresar de la contienda, mientras el sudor copioso del esfuerzo iba lentamente humedeciendo los túnicos sencillos de viejos penitentes y marchitando las violetas de la coronita ofrecida por la mujer amada, valoramos entonces dentro de la sucesión de los recuerdos con invocación y gratitud, como la imagen divina que llevamos sobre los hombros cada Viernes Santo, era la misma de María Santísima que portábamos al lado del corazón en la blusa de fatiga, con la advocación de la Virgen del Perpetuo Socorro, en un cuadrito de madera de 8 centímetros de diámetro, como una coraza de protección en el combate, dándonos fe y confianza en la lucha y esperanza en la mañana, a lo largo de toda la campaña.

En la captura de Kumsong en Corea, el 13 de octubre de 1951 atacábamos las fuertes posiciones chinas del “Chamizo” en Sang-Yang-Ni, cuyas trincheras en la cima de una escarpad montaña, guarecía a mas de doscientos chinos que se defendían con bravura, castigándonos con su fuego inclemente de escandalosas ametralladoras soviéticas, fusiles y granadas de mano que ya habían truncado vidas colombianas y destrozado algunos de mis hombres del pelotón que comandaba. Casi a setenta yardas de sus trincheras , en un diálogo desesperado de fuego y de las sordas explosiones de las armas de apoyo, morteros y cañones sin retroceso, invocando secretamente la bondad de Nuestra Señora, en un rapto de arriesgada intrepidez, perdí apoyo de fuego de la artillería americana, que casi instantáneamente llegó con el trueno de sus poderosos obuses que caían explotando a sesenta yardas delante de nuestras cabezas, cubriéndonos de polvo y piedrecillas, que rebotaban en los propios cascos y que motivaban a implorarle “Virgencita del cielo no dejes equivocar a los artilleros ni a los cañones navales”, que disparaban desde el mar del Japón a muchas millas de distancia , porque un solo error habría sido nuestro fin. Y entonces, protegidos por nuestras armas automáticas, serpenteando bajo la lluvia de plomo enemigo, nos aproximamos con uno de mis hombres al borde de sus trincheras en la cima, cuando alcancé a escuchar un grito de advertencia desesperada que exclamaba al ver la granada soviética antitanque que humeante había caído a dos o tres yardas del sitio en que me encontraba, tiéndase mi Teniente que lo matan! Al mirarla pensé que mi vida quedaría destrozada en ese instante y con la velocidad vertiginosa del tiempo que quedaba, me tendí boca abajo cubriéndome con los brazos durísimo el casco, invocando desesperada y angustiosamente “Virgencita del Socorro, sálvame”, la soberbia explosión me arrancó del suelo despidiéndome lejos y muy alto, cuya honda explosiva me azotó dolorosa e inmisericordemente con la arcilla y los guijarros el rostro, dejándome los ojos y la boca llenos de arena; instantáneamente creí que la granada hubiera estallado en mi propia cabeza; sin poder abrir ojos me palpe la pierna derecha y al sentirla me lleno de dicha y al mirarme mi brazo derecho completo, mi alegría no tuvo límites y entonces estreché con felicidad mi cuadrito en el bolsillo contra mi pecho, y dentro de la agotadora fatiga del instante y la febril ansiedad de lo que esperaba para los inmediatos momentos, le dije: “Gracias Virgencita linda” y seguimos combatiendo.

Al declinar la tarde y después de una serie de aconteceres en todo un día de cruento combate que no son propicios relatar para el propósito de estas líneas, tomamos las posiciones enemigas en asalto a la bayoneta, en la lucha cuerpo a cuerpo y dentro de la viriles exclamaciones del triunfo, el susurro de los agonizantes y la ebriedad infinita de la victoria, con palabras de gratitud y la expresión emocionada de lágrimas furtivas, de los hombres más próximos, colocamos el cuadrito con su imagen, clavado en un tronco que erecto había presenciado la tragedia mientras ocupábamos velozmente sus fortificaciones conquistadas; contabilizando nuestras propias bajas y las innumerables enemigas, tibias aún y regadas por doquier; y recolectando las numerosos armas automáticas de apoyo e individuales soviéticas capturadas al enemigo.

El fuego de la artillería china, nos hostigó toda la noche con insaciable crueldad sobre las mismas trincheras que horas antes habían sido suyas; con un bombardeo dantesco que sacudía el cerro como si un gigante lo zarandeara preso de locura, y el relampagueo continuo y titilante de las explosiones que parecían sepultarnos en la penumbra de ese desesperante amanecer, no nos dejaba mover un solo miembro. Las bajas nuestras se aumentaban por instantes y los despojos frescos de los adversarios abandonados, se esparcían inmisericordemente por sus granadas artilleras que caían destrozando nuestras cazamatas y casi sobre las propias cabezas; el pánico no daba otro consuelo que orar y aumentar la angustia por nuestro cuadrito, que pensamos habría volado hecho astillas con las aterradoras explosiones y tormenta de esquirlas de acero. Pero al llegar la aurora en ese macabro escenario de tragedia, con la ansiedad de ver que había quedado en la misma cima donde habíamos resistido la metálica tempestad, salimos de los improvisados refugios y volamos en rescate de nuestro tesoro. Los cadáveres del día anterior presentaban un cuadro inenarrable; las mismas piedras no estaban en su sirio y cuál sería nuestra sorpresa que el tronco donde había quedado el cuadrito se veía despedazado por la huella de las esquirlas de la artillería china, como si incontables armas invisibles lo hubieran con su filo cruzado despiadadamente y el cuadrito, con la imagen bellísima de la Santísima Virgen estaba perfecto, intacto, casi humedecido por el sudor de la víspera y las lágrimas que vertí y las que vi correr...entonces caímos de rodillas y oramos, oramos con el alma, con aquellos hombres que absortos desde ese día con la ansiedad febril que se siente en cada amanecer en la “línea de batalla”, para iniciar un nuevo ataque, me preguntaban con sólida esperanza: “lleva el cuadrito de la Santísima Virgen mi teniente?” y mostrándoselos con devota reverencia, les inculcaba fe, diciéndoles en cada misión de combate “Ella va con nosotros y nos protegerá”.

Días mas tarde al avanzar el desarrollo de la ofensiva de otoño, donde el Batallón Colombia iba en la punta de lanza, con mi compañía de reservistas en su vértice y mi pelotón a la cabeza en esa abrupta topografía norcoreana, donde cerro a cerro habían presenciado el éxito de nuestra conquista, con el valor colombiano desconcertante, esperábamos en las fortificaciones capturadas la víspera, la luz del amanecer, para iniciar otro asalto a la colina inmediata, donde estaba identificada la presencia numerosa de chinos, en un puesto avanzado de combate en la región de Chosori.

Serpenteando por las viejas trincheras, el Cabo Estafeta del Batallón que distribuía el correo me llamó por mi nombre, entregándome una carta de mi madre, que leí no solo con la avidez sentimental del momento, sino en busca del consuelo que siempre nos brindaba con su docta pluma y sabio discernimiento y en ella me decía que me enviaba para mi y para mis hombres las únicas medallitas que había encontrado en la iglesia de San José, para que la Virgen nos protegiera de la contienda. Casi en la penumbra de aquel crepúsculo matutino, rescaté con rapidez el sobre que había arrojado descuidadamente en un rincón de la trinchera y encontré y conté con curiosidad las diminutas medallitas de plata de la Santísima Virgen del Socorro, con la consoladora e increíble sorpresa que ellas sumaban veintisiete, coincidiendo exactamente con el mismo número de combatientes que tenía en el momento para iniciar el ataque; el resto de los cuarenta hombres de mi pelotón de “Los tigres”, había sido evacuados heridos del frente de batalla en esos días; otros quizá agonizantes, a los desconocidos hospitales de retaguardia y del Japón.

Esa bella y extraña coincidencia se regó como pólvora y fue una inyección de fe en cada corazón cuando se las repartí diciéndoles “nos va a ir bien en este ataque, la Santísima Virgen nos protegerá” y sentí que todos vibraron de emoción al colocarla ardiente y devotamente bajo el sudado tafilete de los cascos de guerra. Y fue otro triunfo, pues la posición enemiga se capturó y conquistó al terminar el día con aprehensión de armas y municiones rusas y chinas, y cuantiosas pérdidas enemigas, solamente de mis hombres dos heridos graves, que a pesar de salir semidespedazados en camillas, volverían a la vida.

Las huellas impresas por los años, en esa alcayata hecha en la férrea chonta de los páramos andinos, que hoy nos hacía revivir con frescura los recuerdos, habían sido impresas también con fervor , por el sudor de un devoto anciano payanés de actitud inolvidable.

El noble ejercicio del carguío, no solo brinda la satisfacción de ofrendar un silencioso sacrificio a Dios por los cargueros, sino que concede también ese privilegio, dentro del más modesto anonimato a algunos pichoneros.

Por muchos años quizá cinco lustros, era agradable y hermoso encontrar en uno de los barrotes de la Virgen de la Soledad, enhiesto y erguido como una columna, a la salida de la procesión del templo de Santo Domingo, un sexagenario y fervoroso pichonero de contextura delgada y firme, cuyo amor por la patrona amada, lo reflejaba con orgullo al cargar su pesada y venerada imagen “Don Ricaurte López”

No se, si vestiría alguna vez el túnico y las prendas del carguero, pero en la difícil actividad del pichonero, cuyo maltrato es a veces duradero, demostraba una elegante maestría en su fina y respetable estampa, donde la huella de los años no parecía inmutarse ante el soberbio peso de la Virgen; antes bien, erguía su figura con viril apostura, destacándose entre los jóvenes muchas veces flejados y doblados por la recia presión del anda. Con tradicional exactitud, fiel a su barrote y en silenciosa espera al lado de la Virgen, era el primer centinela de un deber autodeterminado, que le había hecho adquirir ese honroso derecho de manifestarle su amor cada Viernes Santo.

Bien sabíamos los cargueros que al cumplir con su febril adoración a la Santísima Virgen, constituía una íntima realización espiritual, llevarla las pocas cuadras a la iniciación de la procesión, que significaba el pichón cita moral a la cual no podía faltar, hasta que un día registramos con dolor inmenso su ausencia; no había venido ese año el pichonero de la Virgen de la Soledad, porque su notorio vacío era definitivo.

Dentro de la carrera militar cada ascenso es controlado reglamentaria y minuciosamente por la Sanidad Militar , para evaluar la correcta capacidad física del aspirante. Para mi ascenso de Teniente Coronel a Coronel del Ejército, con curiosidad uno de los médicos del grupo examinador me miró la deformación natural del hombro que deja el largo transcurso del carguío y al preguntarme a qué se debía, le expliqué que era el callo que se formaba por la costumbre tradicional de cargar los pasos en la Semana Santa de Popayán. Con ausencia de personalidad el galeno no me hizo ninguna observación concluyente, pero en la ficha médica había anotado la presencia de un fibroma clavicular izquierdo, lo cual fue suficiente para la reprobación de la Sanidad Militar que lógicamente yo desconocía. Por grata coincidencia, el General Gerardo Ayerbe Chaúx, payanés que a la sazón estaba de Comandante del Ejército, al no encontrar mi nombre en el decreto de futuros ascensos del grupo que me correspondía, me llamó para advertirme la reprobación y preguntarme que me había sucedido; intuitivamente pensé y así le respondí, que seguramente era debido al callo del carguío y me envió nuevamente para que me hicieran Junta Médica.

Corto me vi ante ellos para convencerlos que la huella de nuestra hermosa tradición que se formaba en los hombros, tenía una gran distancia con otra seria anomalía clínica. Al comentarles que eran las bolas que los popayanejos llevamos en los hombros por una vieja costumbre que nos enorgullecía, aprobaron mi ascenso a Coronel, casi embotellado por el decoroso trajinar con la alcayata.

Comentando esta anécdota, Germán Santamaría redactor de el Tiempo, en su periódico en un bello artículo sobre las celebraciones litúrgicas de Popayán, decía haciendo comentarios sobre el “paso” de la Virgen de la Soledad “Ante una enorme multitud, cada uno de los ocho hombres del Paso realiza un esfuerzo tremendo que exige concentración, inspiración y sobre todo elegancia.

Por ejemplo, los que llevan las 80 arrobas de la Virgen de la Soledad, en la procesión del Viernes Santo, conforman un rítmico compás, que hacía como si el “paso” flotara, con una verdadera expresión de belleza estética; el buen carguero mira hacia delante, levanta el pecho y es como Curro Romero toreando las estrellas”.

Al finales del año 89, por venturosa coincidencia nos encontramos en la capital de la República con el excelentísimo Señor Arzobispo de Popayán Samuel Silverio Buitrago y en un diálogo de gran amenidad por casi dos horas, al calor de una sobria taza de té, los dos comentamos sobre los grandes y significativos valores de la ciudad. Con placentera satisfacción le narraba no sólo las anécdotas aquí consideradas, sino las múltiples y valiosas que tiene el historial de nuestra magna celebración, descrita por diversas plumas a través del tiempo, que por fortuna nos había deleitado con su lectura, donde se relieva como un común denominador , la noble inspiración de fe que lleva en lo mas recóndito del alma el carguero; desde aquel que carga por simple vanidad varonil, hasta el que en tributo de oración sincera, ofrenda con inmensa responsabilidad el mismo sacrificio al señor.

Con el respecto digno su preclara jerarquía fue propicio el momento de diálogo tan cordial para exaltarle con la franqueza de amigo, el inmenso valor moral que constituye no solo para los cargueros sino para todo Popayán, nuestra magna celebración a través de las edades; con el respaldo histórico de admirables y destacados aconteceres de valor humano y espiritual, como la fidelidad e intrepidez de los Generales Obando y Sarria, la sutileza de don Toribio Maya, la fortaleza de Otón Sánchez, la constancia de Laurentino López, la laboriosidad de Pedrito Paz, el sacrificio de Arcesio Velasco, la nobleza del negro Tomás Rodríguez, el dolor de Jaime Paredes Pardo, la superación de Tomasito Ibarra, la devoción del Señor Arzobispo Arce y Monseñor Quintana y de tantos hombres grandes y sencillos de nuestra congregación que recordamos con grata admiración; fue placentero destacar que esa iluminación ferviente de amor de fe y de esperanza que los movió a través de su vida y que estimula la juventud contemporánea, tiene como única finalidad el tributo constante de alabanzas al Señor y su Madre Celestial y ese homenaje espiritual fortaleciéndose con los años, se constituyó en una bella y noble tradición que nos orgullece a los payaneses. Me satisfizo escucharlo que había actitudes que no conocía y recuerdo que al manifestarme su complacencia, me preguntó, si como yo pensaban todos los cargueros; y le respondí sin temor a aventurarme que la inmensa mayoría así lo hacían, pero a lo mejor no habían tenido la ocasión ni la libertad de así manifestárselo.

Y me escuchó con beneplácito el prelado, al contarle como había nacido la reciente canción al carguero, en un fraternal coloquio entre patojos, llenos de añoranza e ilusiones sobre el lejano poblado de paredes blancas. El ingeniero y en el ámbito musical maestro Sergio Rojas Fajardo, autor de composiciones de reconocido esplendor costumbrista y de melodiosa y honda expresión vernácula que exalta los diversos temas de nuestra sensibilidad y valor nativo, acogió un día mi inquietud que le cantara al personaje mas representativo y ligado a todo el transcurrir histórico de nuestra cara ciudad: el carguero. Con sus hermanos: Alfonso, Teniente Coronel del Ejército y Germán, Mayor de la Policía compusieron e integraron la obra en su contexto musical, dándome el privilegio de escucharla antes de hacerla pública. En su contenido costumbrista de amplia cobertura narrativa en la participación del carguero, en los suntuosos desfiles litúrgicos les insinué agregar esta segunda estrofa, que expresara la justificación espiritual de hondo arraigo que lo motiva en su abnegada e histórica ofrenda:

...Está listo ya el carguero

para llevar con honor,

cada paso con esmero

sin importarle el dolor.

 

“Es a Cristo en su agonía

que quiere darle su amor

y a la angustia de maría

ofrendarle su fervor”

Coincidencialmente, la antevíspera de la final y lamentada partida del venerado pastor, se estrenaba la canción, en el propio altar de la Basílica Catedral, al final de la ya tradicional Misa del Carguero.

Y esa alcayata solitaria ensimismada de añoranzas y de grandes satisfacciones, nos recordó también como nos había dolido hacia unos años, una frase inoportuna por su olímpica arrogancia en su artículo el maestro Germán Arciniegas, sobre nuestra máxima celebración, en la cual decía: “hay en Popayán, una Dolorosa vestida de terciopelo negro, que nos sale al encuentro en Semana Santa como un milagro que se mueve entre la platería ... entre sus rayos vuelan veintitantos angelitos”.

Ello nos motivó a escribirle una carta, con sentida información histórica, que para sorpresa fue publicada en el Boletín de la Semana Santa y en algunos de cuyos apartes le decíamos: “eran seis los angelitos de “La Dolorosa vestida de terciopelo negro que le salió al encuentro en la Semana Santa en Popayán”. El olvido e indiferencia de los hombres, le habían escondido, los cuarenta que impresionaron tanto a José María Vergara y Vergara, según lo relata en sus crónicas en 1858, quizá para acrecentar cruelmente su doliente “soledad” porque con ese nombre la adoramos los payaneses y los cargueros que desde hace mas de nueve y siete lustros cada Viernes Santo con amor infinito y en dulce oración la llevamos como dice el pregón sahetero de Sevilla:

“Hay...hay...costaleros de la Soledad

Que la lleváis con amor

Mas que sobre vuestros hombros

Sobre vuestro corazón...

Llevadla con gran suavidad

Llevadla con gran amor

Que lleva angustiada el alma

Y roto el corazón!

El Viernes Santo del 81, cuando devotamente arreglábamos el paso, apareció su fugaz presencia entre la multitud de peregrinos que admiraban ese tesoro de arte, de dulzura y de siglos, cuando limpiaba un angelito Caspicara de tez moruna, de los que vuelan ente sus rayos de plata; que ingrato hubiera sido que por ir a saludarlo, nuestra Virgencita llevara una falla en la armonía de su belleza y el esplendor de fe con la que reverentes de amor la paseamos por la Villa de Belalcázar, aunque su inmensa belleza vaya lacerando los hombros con amarga reciedumbre; porque es aceptado que es uno de los pasos más pesados de la Semana Santa en Popayán y no podía se menos, porque ante la magnitud física, es el peso inmenso de una Reina transida de dolor augusto y en la inmensa soledad de su agonía.

Durante mas de un decenio había inquirido sobre el destino de los cuarenta angelitos que extasiaron a Vergara en el siglo pasado. Algunos cargueros en asidua búsqueda encontraron cubiertos por las telarañas de mucho mas de un centenar de años, en un incógnito rincón del zarzo de Santo Domingo, un arcón hecho de las mismas maderas de las lanzas de Obando, que también la llevó sobre sus hombros, con veinte angelitos de Caspicara, que hoy nuevamente como ayer la escoltan con divina maestría.

Cuando usted regrese le contaremos de sus viejos y tradicionales cargueros, entre los cuales hay tres Decanos de la Orden de la Alcayata de Oro; desde el maquinista del ferrocarril con 50 años de este tributo de amor y el Coronel del Ejército que esto le narra, con 37 de ese honor y quien llevó inseparablemente en su pecho su adorada imagen en las sangrientas trincheras de Corea, durante el duro tronar de la batalla y en los campos de peligro de la patria, como única esperanza de volver a la vida, con la noble inspiración de una bandera y el anhelo de que su divina protección nos conservara la integridad para sostener con amante devoción la fortaleza de manejar una alcayata por muchos lustros mas y entonces podrá usted decirle a los hombres con la sapiente maestría de su pluma, de la majestad de su belleza, donde la expresión de su dolor es un poema de humanidad y de esperanza y tendrá el convencimiento de inmensa satisfacción que no fue Ella que le salió al encuentro, sino el maestro que volvió para extasiarse de su divina presencia.

EL CARGUERO

Música: Sergio Rojas Fajardo
Letra Germán y Alfonso Rojas Fajardo

Popayán, ciudad de tradiciones

que el terremoto estremece

y sus lindas procesiones la enaltecen

su fervor al carguero lo ennoblecen.

 

El alumbrante, el moquero

quitan moquito al achón

y el ansioso pichonero

nunca pierde la ocasión.

 

Está listo ya el Carguero

para llevar con honor

cada paso con esmero

sin importarle el dolor.

 

Es a Cristo en su agonía

que quiere darle su amor

y a la angustia de María

ofrendarle su fervor.

 

Para tener un descanso

en su hombro y alpargata

el barrote de su paso

lo recarga en su alcayata.

 

Es con amor y nobleza

que se funda cofradía

cargando con gran destreza

para tener jerarquía.

 

Es orgullo del carguero

terminar el recorrido

con empeño verdadero

y sin haberla pedido.

 

En la tienda de la esquina

Liga limón y aguardiente

Y su afán así termina, con honor

Enjuagándose la frente.

 

Payanés, Carguero Fiel.

BAMBUCO PARA UN DECANO

Letra y Música: César Reinaldo López C.

Hoy quiero con un bambuco, evocar en mi memoria

Los juegos que desde niño, forjaron mi propia historia,

Armado con mis amigos, sobre maderos y barro,

Los sueños de ser cargueros, recorriendo el viejo barrio. (bis)

 

Los anhelos e ilusiones comenzaron a vivirse,

Sobre mis hombros llevando la virgen sola muy triste,

Soportando noche a noche el peso de la tradición,

Rodeando de luz y amor a nuestro gran redentor;

Rodeando de luz y amor...

 

Ya han pasado tantos años entre cirios y sahumerios,

Lloran hombros, vibran almas, se me nublan los recuerdos,

La alcayata que portaba, para calmar mi dolor,

Hoy la llevo con orgullo al lado del corazón;

Hoy la llevo con orgullo al...

 

Los juegos se hicieron vida, la vida una procesión.