AL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR
Viernes 20 de diciembre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Afirmaba Guillermo Valencia que : "Mi mejor discurso es, sin duda, el que pronuncié en la Quinta de Bolívar. Es un verdadero poema. Dije en prosa lo que no me hubiera atrevido a decir en verso". Se refiere a sus palabras en la Quinta de Bolívar, "en las cuales se confirma su estilo pleno de imágenes, sus modos de expresión declamatorios, que hacen pensar en poemas cuando se oyen sus discursos y en tribunas y multitudes al leer sus poemas."

Su figura es un tanto enjuta pero solemne y su voz tiene la autoridad y el prestigio del orador por largos años solicitado y del poeta parnasiano y simbolista que sin embargo alcanza amplias repuestas de popularidad.

El texto del discurso se ha tomado del libro "Discursos" por Guillermo Valencia, Bogotá, Editorial Minerva, 1935.

Cordial saludo,

Discurso del Maestro Guillermo Valencia
9 de noviembre de 1924,
Quinta de Bolívar, Bogotá.

"Excelentísimo señor Presidente, señoras, señores:

He llegado sigilosamente a este dilecto albergue tuyo, ¡oh, Padre inmortal! La esquiva pendiente que a él conduce despoja al espíritu de su vulgar ropaje, concentra la emoción, aguza los recuerdos y purifica el alma para la visión del martirio glorioso.

Todo es sagrado aquí, y una voz interior nos murmura que este sitio no sabe parecerse a los otros lugares. Henchido fue de la majestad heroica; todo él quedó impregnado por una olímpica ambrosía, y el acre olor del león apenas cede a aromas de suavidad equívoca que están fluyendo ahora de la núbil belleza o del jazmín oriental, de los claveles trágicos y las violetas escondidas.

¡Todo es sagrado aquí! En esta diminuta porción del suelo americano estampó su pie levísimo el nuevo Hércules, el hombre-tempestad que flageló las cimas andinas "sobre pies de paloma". A esta cornisa rocosa vino a posarse, brevísimos instantes, el águila soberbia que traía un grueso haz de purpúreos laureles, tronchados sobre la inflamada llanura de Carabobo; y desde aquí se alzó en alas de su genio cesáreo, oteó los horizontes australes, remontó hasta el sol, y, al clavar en vuelo oblicuo, fue dejando caer de uno en uno, los gajos que cortaba, convertidos en fuego, sobre la tierra sitibunda de justicia.

En Bomboná, en Pichincha, en Junín, en Ayacucho no soltó ya laureles sino rayos. Aquí dialogó el genio con la divinidad; aquí fuéronle, por ella ceñidos los potentes lomos para el certamen de imposibles; de aquí mismo volaron en efluvios la pujanza creadora y el so-plo redentor de pueblos; aquí cortó el cometa de procelosa cauda, en su carrera fulgurante, la órbita destinada para camino de los dioses.

A todo lo largo de su tormentosa odisea austral, iba añorando el héroe, esta su hechizada gruta de Calipso. No sabré deciros si la olvidara un instante desde la repuesta mansión del Rímac, donde la sombra nocturna era siempre nupcial por la gracia de morenas en flor a quienes sorprendía la mañana "como a la doncella de Mileto" inclinadas sobre las copas vacías y con el velo desceñido sobre el hombro, mas al tornar aquí cuatro años adelante, consumado ya el prodigio, él esquivó ágilmente el agasajo palaciego para volver el mismo día de su triunfal entrada, a este asilo que enmarca desde entonces un tríptico sublime: Gloria, Amor, Dolor. De aquí partiera el Padre a redimir tres pueblos, y aquí mismo volvió trayendo las cadenas rotas por sus manos. Fue tal vez ése el momento culminante de su fortuna. Horas después, al reposar los ojos en las áureas pomas hinchadas, que le cuajó el destino para melificarle los labios sedientos de gloria, advirtió ya en ellas, apenas perceptible, el estigma precoz de la caducidad implacable. ¡Sólo el broncíneo laurel, áspero y afilado, estilizaba perennemente en sus gajos vivos las victoriosas lanzas, agrupaba en pródigos collares sus bayas verdinegras, como bélicos frutos de muerte!

¡Quién hubiese podido contemplar aquí a aquel Homero-Aquiles que un día se soñó su propia Ilíada, y, al anochecer del siguiente, se la tenía ya vivida y cantada! En los frontones colosales del Ande, sobre los desfiladeros insignes, este escultor de pueblos pasó tallando el friso de sus hazañas inmortales, y sobre las llanuras, los bajo relieves esculpidos a botes de lanza, entre su fiero y rítmico galopar de centauro.

Ese primer reposo tras la fatiga creadora selló de inmortalidad este retiro. Entretúvose aquí destejiendo a las plantas de amor, la alternada corona de lauros y de espinas. Tres lustros de victorias y reveses; de arrebato febril y lasitudes de angustia; de ávida fe calcinadora y helado soplar de desconsuelo; doseles de la triunfal altura sorbidos súbitamente por las mudas bocas del abismo; la bronceada esclavitud torciéndose en el espasmo de un dolor irredento, mudada luego en la radiosa libertad, sonreída y soberbia; escombros, ayes, ríos de múrice; cárdenos resplandores de incendio "aureola de las ciudades violadas"; legiones ebrias de victoria, o pávidos tropeles de fugitivos; fúnebres árboles de punición, doblegados al peso de sus frutos de muerte; sabios y santos, mancebos y heroínas descuartizados sobre el estadio pavoroso; odio, amor, ira santa, rabia ciega; anhelo, acometida, resistencia, fracaso; votivas guirnaldas, locuras: todo aquí fue evocado en las ardientes vigilias confidenciales y perfumadas. Ese mirador está saturado de grandeza. ¿No advertís que perdura allí todavía el acre olor del león? Este asilo es grande, porque lo sublimó su dueño y hermoso, porque lo embelleció con su cariño la caldeada imaginación de la amante. Es el templo a que se acogió el Libertador de cinco pueblos para repensar su epopeya, sobre el regazo de la fatal belleza...

¡Estas arenas imprimieron las huellas que dejara el acelerado andar del coloso; este murado recinto recogió en sus ángulos el gemidor arrullo y el rugido feroz; estas pulidas fuentes desgranaron sus rumorosos collares en la serenidad acariciadora del crepúsculo; el alma del soñador diluyó en esta atmósfera su idealidad que vivirá!...

Apagáronse una en pos de otra las notas de aquel himno, y las áureas pomas hinchadas que le cuajó el destino al héroe, para melificarle los labios sedientos de gloria, fueron, dolorosamente, cayendo de las ramas.

Ecos de lejanas tormentas, marchas precipitadas, arrebatos coléricos, penas del corazón, salivazos, injurias, celosa ingratitud, envidias, extraviada grandeza, rectitud implacable, juvenil demencia, te alejaron ¡oh Padre! de tu enantes, hechizado asilo. Tornaste a él después, mas con el alma desgarrada, en la incurable desolación del tedio, con el arrepentimiento de habernos creado, bajo la indecible tortura del náufrago en la noche. Sobre estos muros donde las antorchas del festín proyectaron, en días abolidos, manos que se tendieron agitando coronas para ceñir tus sienes de imperator, el fatídico brazo de Edipo alargábase ahora, armado de la hoja parricida, en busca de tu corazón magnánimo. Y en ese mismo mirador rememoraste entonces, no ya la voluptuosidad de la apoteosis, sino la amargura de ser grande, gustada gota a gota entre el medroso silencio de las vigilias trágicas.

Cuéntase que al amanecer probabas apaciguar tu espíritu, mordido de letal desaliento, sembrando árboles que para ti fueron sin duda confidencias a la tierra, a la tierra que no nos engaña y retribuye con nectáreos cálices nuestro sencillo y confiado amor. Imagino que al sembrarlos ibas diciendo a cada uno como el dolor judío:

Yo te he plantado en medio de mi amargura.

Allí están ellos guardando el mirador, asombrando la callada alberca, adusta como un crimen, inconsolable cual una cisterna disipada. Yérguense allí los arduos pinos, erizados al soplo del dolor, en haz apretado y sombrío, adelgazando sus fúnebres ramajes que figuran las negras llamas de la desolación, y nos están contando, entre suspiros, que antes que sembrados, fueron pensados por ti, ¡oh mártir voluntario por las ajenas desventuras! Esos árboles "tristes como la noche en que apagó su latir un corazón amado" sudan por todos sus poros inconsolables desventuras, y los dejaste allí para eternos testigos de tu sin par melancolía. Allí están señalando el sepulcro de tu anhelo y la urna en que encerraste todas, todas tus ilusiones.

Llenas y vivificas estos esquivos sitios palpitantes del hálito que tú les infundieras, y al dejarlos una tarde, te desasiste de ellos para siempre: muerta ya la esperanza, todas las cosas murieron para ti.

¿Eres tú el mismo que llegaste algún día sobre el plaustro de los antiguos triunfadores que arrastraron vírgenes, y conducido ahora, al lento andar de enflaquecido jamelgo "como el dechado de los caballeros andantes" tú, viejo domador de leones acosado de ratas? ¡Oh, manchego redivivo, qué bien sombrea tu austera excelsitud el hondo pesar que te anubla! "¡Qué triste!", dijo alguno mirando un antiguo monumento, delante del gran Corso. "¡Triste como la grandeza!", respondió el guerrero. Triste de grandezas, fuiste también tú bajo tu inseparable dualidad de príncipe Hamlet y de Alonso Quijano.

Alegría es signo de la pequeñez en equilibrio. Tu desorbitada magnitud te mostró siempre taciturno. Tu euforia fue instantánea como el relámpago en la noche. Quien te modele para la posteridad debe sentirte como te sintió Teneranni: ¡triste como la grandeza!

Enloquecido por la gloria del Macedón, propúsole un día Scopas tallarle en estatua la portentosa mole del Monte Athos. Algo mayor ha soñado mi admiración por ti: ¡tú eres el espíritu que anima otra estatua durante milenios preexistentes: el mundo que redimiste! Sólo el mar de Atlante, que precedió tu locura creadora, puede simbolizar, en su tormentosa fecundidad "con ritmo eternamente renovado" tus vastas concepciones germinantes y tu cabeza olímpica. Tan sólo la estupenda figuración andina, de aceradas vértebras y ligamentos de oro, pudiese sustentar tus músculos que, al distenderse, anonadaban, y, en reposo, distancian y defienden, dilatándolos hasta la remota ribera en que empapan tus plantas las aguas del Pacífico, pedestal de inmortales, imagen de la gloria sin fin que te aguarda, en la incalculable sucesión de los tiempos, en que cada espuma es un día y cada tumbo, un siglo.

Cruzados los brazos, en el ciclópeo nudo de la Gran Colombia, escudan al que fuera tu propio corazón palpitante. Los relámpagos en las alturas evocan tu surcada, tu indomable, tu procelosa frente, y para el rápido y chispeante centellar de tus ojos, fulguran sin descanso los volcanes andinos. Sólo la voz del trueno, tableteando sin cesar entre las oquedades de los abismos, pudiese responder en ecos portentosos, al silencio imperturbable de tu gloria, ¡oh Padre inmortal!".