ASESINATO DE JULIO ARBOLEDA EN BERRUECOS
Enero 13 de 1999
De: Mario Pachajoa Burbano

José María Quijano Wallis en su libro "Memorias Autobiográficas Histórico-Políticas y de Carácter Social", nos relata el asesinato de Julio Arboleda Pombo en Berruecos, el 12 de noviembre de 1862.

""" ... La montaña de Berruecos tiene una sola ruta angosta y polvorosa en medio de la espesa floresta. Esta ruta se ha ahondado por el transcurso del tiempo y por el pasaje de las caballerías, hasta el punto de parecer un vallado estrecho y escabroso en medio de la montaña. Arboleda dividió su reducido ejércido en dos grupos. La vanguardia llevaba la parte principal; él, separado a bastante distancia de sus soldados, iba a caballo rodeado de un grupo reducido de ayudantes y secretarios, entre los cuales se contaban a Jacinto Luna, Gregorio Arboleda, y Joaquín García Mazo. A una distancia , todavía mayor, marchaba la retaguardia.

Al abandonar la amplia vía que habían transitado para entrar a la angostura de Berruecos, alguno de los ayudantes anunció a Arboleda que creía haber escuchado algún ruido entre la hojarasca del monte, y que era menester tener precauciones porque ese era un lugar muy a propósito para una emboscada. No hizo atención Arboleda a este anuncio y continuó la marcha. Algún tiempo después, otro ayudante manifestó a Arboleda que había visto correr a un hombre con un fusil en balanza por entre los árboles de la montaña.

Es algún desertor de la vanguardia, y probablemente caerá en manos de la retaguardia, contestó Arboleda con su habitual serenidad. Y apresurando el paso siguió imperturbable su camino.

Cerca ya del lugar en donde fue asesinado el General Sucre, algún soldado de la vanguardia había trazado sobre la arena una cruz, seguramente creyendo que ese era el punto preciso en donde había muerto el Gran Mariscal. Al ver Arboleda la cruz ordenó a Joaquín García que se desmontara y la borrara, porque él consideraba como un irrespeto que los cascos de las caballerías hollaran el signo de la Redención. García Mazo cumplió la órden de su jefe y trató de borrar la cruz con el pie. Arboleda con imperio le ordenó que lo hiciera con la mano. Cumplió su ayudante la órden y al levantarse y dirigirse a su cabalgadura, un tiro salió de la montaña y le atravesó la espalda cerca del hombro. Todos se alarmaron, menos el valeroso jefe.

Indudablemente hay asesinos en la montaña, dijo Arboleda, sin inmutarse: debemos esperar el cuerpo de retaguardia. Acababa de pronunciar estas palabras cuando una nueva detonación estalló y una bala, surgida del mismo lugar penetró en el pecho de Arboleda, el cual cayó bañado en sangre y herido mortalmente, porque la bala le atravesó el pulmón izquierdo y le produjo una abundante hemorragia.

Los rojos me han matado como a Sucre, dijo Arboleda y se desplomó en los brazos de sus amigos.
Con mil dificultades le pudieron llevar hasta el pie de un árbol, en donde trataron de restañar la herida inútilmente. Agua, agua, fueron las últimas palabras de Arboleda, al exhalar su postrer aliento.

Por relación que hizo el asesino más tarde, se supo que éste individuo era hijo de uno de los que había mandado fusilar Arboleda en uno de los pueblos de la altiplanicie de Tuquerres, cuando invadió el Cauca por Tumaco. Se llamaba Rafael López. Aseguraba que su madre había muerto de pesar por la muerte de su esposo, y que los soldados de Arboleda habían incendiado su casa y asolado su pequeña heredad. Con tal motivo había jurado vengarse cuando se presentara la ocasión. Al tener López noticia de que Arboleda iba a pasar por Berruecos se apostó, en la montaña desde el principio de la vía angosta, armado de un mosquete de dos cañones, bien cargados.

Cuando Arboleda entró a la montaña, López se aproximó para tratar de distinguirlo por el uniforme o por las atenciones que le prodigaban los acompañantes, pues no le conocía. El ruido que produjo en la hojarasca fue el mismo que a Arboleda hicieron notar sus ayudantes.

López continuó paralelamente el camino, y a hurtadillas, entre el bosque. Cuando la caravana se detuvo para hacer borrar la cruz, López creyó que García Mazo era el mismo Arboleda, puesto que todos los compañeros se habían detenido al desmontarse aquel. En tal virtud disparó el tiro que hirió a García. Pero observando López que los acompañantes hacían poco caso al herido, y se agrupaban como para recibir órdenes de otro individuo, dedujo que este era el Jefe Arboleda y, acercándosele más y apuntando mejor, con el arma apoyado sobre la rama de un árbol, disparó el tiro mortal.

Así murió, asesinado como Sucre, y en la misma montaña de Berruecos, a los 45 años el gran Poeta-soldado a quien la Naturaleza prodigó todos sus dones, la República todos sus honores y la Gloria patria todos sus laureles... """