CARLOS BASTIDAS PADILLA
Miércoles 18 de agosto, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Carlos Bastidas Padilla, abogado, educador y escritor nariñense, profesor desde hace más de 20 años en la Universidad del Cauca, ha recibido la meritoria Medalla del Centenario en el grado Gran Cruz. William Efraín Abella Herrera, nos ha facilitado la siguiente información. Nuestras efusivas felicitaciones para Carlos y nuestros agradecimientos a William.

Cordial saludo,

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Medalla del Centenario
Por William Efraín Abella Herrera
wabella@unicauca.edu.co



Al celebrar los cien años de creación jurídica del departamento de Nariño, la Gobernación de esta entidad territorial ha considerado oportuno exaltar a mujeres, hombres e instituciones que se hayan destacado por sus servicios a la región y al país. Con este fin creó la Medalla del Centenario con la cual condecorarlos. Uno de ellos, por su aporte a la literatura, es el escritor Carlos Bastidas Padilla quien recibió este reconocimiento en el grado Gran Cruz.

Nacido en Ricaute Nariño en 1.947, el abogado Carlos Bastidas Padilla se radica en Popayán, donde desempeña la labor docente desde hace más de veinte años en la Universidad del Cauca, conjugándola con una prodigiosa pluma que le ha hecho merecedor del Premio Casa de las Américas en Cuba con la obra “Las raíces de la ira” (1975), serie de cuentos cortos con visión social, varios de ellos llevados al cine. También entre su producción se encuentran los libros “Perfiles de Bomboná” (Premio Nacional de Historia 1976), “La Casa de Tántalo” (1994), la novela juvenil “El intrépido Simón” (1983), “Permítame que la muerda señorita” (Beca Colcultura 1989), “Cómo puntuar en castellano” (2000), “Erase una vez el libro” (2001) y “La canción del haragán” (2003). Textos que por su versatilidad y gusto al lector han sido editados más de una vez.

En el discurso de condecoración, el Gobernador de Nariño e investigador Eduardo Zúñiga Erazo manifestó que Carlos Bastidas Padilla “es el escritor vivo más importante del departamento; en el campo de la narrativa el más destacado de la historia nariñense”. Para el profesor Bastidas Padilla recibir la Medalla del Centenario en el grado de Gran Cruz “representa un reconocimiento a la labor de escritor que vengo realizando desde hace varios años. Así mismo con gran satisfacción me he dado cuenta que mis paisanos no me han olvidado, siguen leyendo mis libros y están pendientes de mis logros; significa esto un gran compromiso para aumentar mi labor como escritor ligado a su departamento” señala el condecorado.

A continuación reproducimos el discurso que el escritor Carlos Bastidas pronunció en el acto de condecoración:

AL RECIBIR LA MEDALLA DEL CENTENARIO DE NARIÑO
Carlos Bastidas Padilla

Entre Popayán y Pasto, para mí hay un trayecto marcado por un río que separa dos estancias en mi mente: del lado de allá y del lado de acá. Es extraño: un lado no es sino la prolongación del otro y el río que los separa no es otra cosa que un líquido rumor que pasa; pero al cruzarlo, de este lado me sobrecoge un sentimiento especial que le hace decir a mi corazón: “Es mi tierra”, y hallo en el aire que insufla mis pulmones un sabor impresentido que primero juguetea en mi boca con sabores que no sé de qué serán, pero me agradan.

Para mí, dicha frontera no es un simple relieve topográfico, sino una línea viva, una aventura impersonal en busca de valores que le son propios a esta tierra, y que son cotidianos y visibles en el fervor que agita las almas y el hacer de hombres y mujeres en quienes la historia de sus días fluye por obra de su inteligencia y el destino a lo más alto de sus estirpes libres de condenas, porque entre nosotros no hay pecado original que redimir porque nacimos del encuentro de la límpida aurora con el trueno, y aquí hemos venido a dar en calidad de hombres y mujeres singulares como esos que amontonando montañas sobre montañas se atrevieron hasta el Olimpo en desafío a los dioses.

Lo que quiero decir es que lo que me anima es la pasión de ser nariñense, de tener el rostro de un pueblo que tiene la conciencia de vivir en marcha y que siente, vive y piensa en armonía con su naturaleza, su historia y sus sentimientos generosos que se renuevan con cada amanecer, porque es necesario responder también con gestos morales al acoso del olvido, de la incomprensión, de la injusticia y la banalidad del juicio y de la mirada de los otros que, a decir verdad, me sublevan con razón, pero creadoramente, pues son el acicate para repuntar en ansias de corporizar mi tierra para acariciar su piel y bucear en su naturaleza obstinada y laboriosa para gozarme en sus secretas hermosuras, como si fuera una mujer a quien debo amar para vivir.

Sí, se debe amar para vivir, mejor, para dar vida, porque de otra manera no pudo haber sido que los hijos de esta tierra dieran vida a este Departamento para que tuviera el contorno geográfico y jurídico de hoy; si cuando no teníamos esta forma, vivíamos encadenados por el abandono y la injusticia del territorio que contrariándonos nos contenía geográfica y políticamente; fue preciso que un varón ilustre, serenado ya de los fatigosos lances de la última guerra civil, Julián Bucheli, con Manuel María Rodríguez, Daniel Zarama y Samuel Jorge Delgado, hiciera valer las aspiraciones y reclamos de justicia y libertad de las gentes de su tierra para que esta región de Colombia fuera departamento y llevara el nombre del andante caballero de la Libertad que aquí mismo combatiéndonos fuera vencido y después honráramos por su valor y sufrimientos.

Pero nosotros veníamos de más atrás; veníamos de la epopeya y de adobar con nuestros sacrificios y con nuestra sangre los caminos de la Libertad que era la nuestra, y que iba bien con el ardoroso apego a nuestro ser apasionado en comunión con el cielo y con la tierra nuestros que para nosotros son inconfundibles por estar signados con mojones de heroísmo que ostentan nombres como clarinadas de gloria: Taindala, Los Ejidos, Tacines, Juanambú, Bomboná, y Pasto, por supuesto, en el ombligo de la gesta; y arriba nuestro cielo velando aún con sus estrellas los campos donde yacen los milicianos nuestros esperando las resurrecciones en días como este, por ejemplo, para no seguir muriendo y echarse a andar, como el combatiente de Vallejo, abrazado al primer hombre de todos los hombres de la tierra que conmovidos le pidieron al cadáver del miliciano muerto en el combate que no muriese aún, pues lo amaban tanto; así ha de ser también con los milicianos nuestros que, como Inkarrí, bajo la tierra se estarán recomponiendo y juntando en un inmenso muerto para que Agualongo viva todavía.

Sí, para no ir más lejos, venimos, como dije, de nuestras gestas de heroísmo y sacrificio, y ya hemos llegado, y en el concierto de los pueblos del mundo somos uno más que vive en ascuas de renovaciones y que en cien años de andar ya somos el camino mismo; hacemos parte del convite de la modernidad, y somos ya capaces de darnos mejores formas de gobierno y elegir gobernantes que no desdicen de la luminaria moral, política y humana que fuera don Julián Bucheli, y que bajo su sombra tutelar nos convocan al acuerdo tácito de mostrarnos orgullosos de ser “pastusos”, si quieren así llamarnos al reconocernos como pueblo superior cuya dignidad estriba en múltiples manifestaciones de valor, en su inteligencia, en la conciencia de crecer y en el apego inconmovible a “nuestra tierra”, que es también tierra de todos, tierra universal, en fin, si hemos de dar cuenta de nuestra naturaleza profunda, sufrida y generosa.

Estos pensamientos me han venido a propósito de la voluntad del señor Gobernador de Departamento, Dr. Eduardo Zúñiga Eraso, de condecorarme con la “Medalla del Centenario”, en el grado de “Gran Cruz”, por mi condición de ser un escritor nacido, crecido y nutrido en esta tierra singular que desde mis primeros años me ha brindado inspiración, motivos y voz para mis cantos, que no son otra cosa que murmullos, voces y sueños de todos; a mí me ha correspondido el privilegio de prestar el ritmo y la pasión para el acabado de sus formas bellas, que en este día me han llevado a recibir –con el más profundo agradecimiento— esta tan alta condecoración que la coloco en la gloriosa testuz de Venus Afrodita para que nunca me esquive sus gracias, y la paso luego a la de la siempre virgen Palas Atenea para que por siempre me de inspiración para otros cantos y en la otra vida me haga dichoso, porque es sabido que los escritores vamos para el cielo, por no tener otro lugar adonde ir...

Pasto, 5 de agosto de 2004