VALENCIA Y BALDOMERO SANIN CANO
Lunes 19 de agosto, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Baldomero Sanín Cano (1861-1957), escritor, ensayista, poeta, profesor, escribió una página magistral sobre el Maestro Guillermo Valencia, publicada en "Notas Culturales, Instituto Caro y Cuervo", junio 1973, del cual entresacamos los siguientes párrafos:

Guillermo Valencia La amistad y el genio Por: Baldomero Sanín Cano

Después de la muerte de José Asunción Silva florecieron en Bogotá las letras y los cenáculos literarios, a lo cual contribuyó la llegada de Guillermo Valencia en 1896, año en que murió Silva. Le conocí a poco de estar en la ciudad. Se hablaba de sus discursos en la Cámara de Representantes y de que esa corporación había aprobado una proposición destinada a habilitarlo para ejercer el alto cargo, pues no tenía la edad exigida por la constitución para ser investido de la función legislativa.

En Bogotá encontró Valencia un ambiente propicio a sus estudios y ocasiones favorables al desenvolvimiento de sus grandes talentos poéticos y de su rica y variada personalidad. Con avidez se entregó al estudio para llenar los vacíos que él mismo descubría en su información científica y literaria. Estaba copiosamente dotado por la naturaleza para comprender y asimilar toda clase de conceptos. Una memoria lúcida y tenaz le brindaba copiosa provisión de ideas y el modo ordenado y sistemático de conservarlas en los anaqueles de su mente. Poseía la memoria verbal y la de las ideas, y usaba de ambas sabiamente en el orden de sus estudios. Repetía con deleite de quienes le escuchábamos largos trozos de prosa excelente de nuestros oradores y poemas completos de artistas nacionales y extranjeros de la palabra.

Una tarde, paseando por un parque de la ciudad, le encontré sentado en su banco favorito, con un libro francés marcado por el dedo índice y a medio cerrar. Había estado leyendo en una colección de ensayos Examen de conscience philosophique, de Renán. Yo no había leído esa incomparable autodisección psicológica y quise informarme someramente de su intención y contenido. Me hizo un resumen luminoso y completo de todo el estudio, entreverando a trechos frases fundamentales y rasgos de ingenio y de ironía trascendental de que hay abundancia en ese histórico documento de un bello período de la vida espiritual de Francia. Al leerlo quedé sorprendido: Valencia me había dado no sólo la sustancia sino el detalle: el espíritu y el alcance de esa inspirada expansión del maestro.

Creo que nos conocimos por haber ido él a verme a mi oficina. Desde la primera entrevista fuimos amigos de corazón: por aficciones semejantes, por comunidad de ideas en muchos puntos sobre la vida y los hombres, sobre todo por el anhelo y la avidez de adquirir conocimientos que nos ligaban intensamente a la vida.

Fuimos amigos durante cuarenta y siete años, casi medio siglo. Políticamente tuvimos maneras de apreciar distintas los gobiernos y las ideas de los mandatarios. Sin embargo, esa diversidad de conceptos jamás empañó el cristal de una amistad basada, por mi parte, en un profundo aprecio y una admiración ilimitada. Nos separó la muerte, pero esa modificación de la materia no ha interrumpido nuestra intimidad espiritual. Dejó su obra, dejó una familia. Su recuerdo es más tenaz que la inconstante rotación de las cosas y los hombres y superior al tiempo mismo.

La llegada de Guillermo Valencia coincidió con un momento de renovación literaria, a animar y vigorizar, la cual contribuyó favorablemente su presencia. La recitación de Anarkos en el Teatro de Colón suscitó digna admiración y concurrió en gran manera a hacer más simpática la figura social y literaria de Valencia. Selladas con los nombres de Cristo y de León XIII, el poeta hizo conocer ideas y expresó sentimientos que circulaban entonces en el ambiente contra la desigualdad social. La "Gruta Simbólica" reunía iniciados, novicios y jerarcas de alta inspiración y extensos conocimientos en los misterios del arte y de la poesía. Entre estos últimos, la de Valencia era la figura descollante.