AURELIO CAICEDO AYERBE 
(1921- 1988) 
Por: Guillermo Alberto González Mosquera

Cuando Aurelio Caicedo escribió su ensayo sobre Popayán B sin duda el más hondo y reflexivo que se haya publicado sobre la ciudad- el también escritor Jaime Paredes Pardo se refirió con acierto a las calidades intelectuales y al estilo del autor con palabras que lo describen en el ámbito de su vocación literaria y condición de pensador: A el escritor ha cambiado la elocuencia por la sobriedad, la arboladura de la metáfora por la llaneza que nos muestra a Popayán en estado de plena lozanía, gozosa en sus padecimientos y modesta con el laurel. Oreada por la lucidez de un escritor de primerísima calidad. Fluido, fácil, justo, porque no se atreve a escribir un párrafo sin antes haberlo pensado y medido en toda su dimensión y con poder de sugerencia que lo proyecta más allá del límite de las palabras, de su forzada prisión.

Quien haya tenido la oportunidad de conocer la prosa de Aurelio Caicedo, en ensayos, discursos y meditaciones sobre el destino de Colombia, no dudará en ubicarlo como uno de los colombianos con mayor elegancia en el manejo del idioma, sorprendente visión de las cosas, sobrio en la exposición y profundo en el contenido de las tesis, todo ello como producto de una vasta cultura que empezó a desarrollarse desde su infancia en Europa y que luego se vería estimulada por lecturas selectas que fueron siempre inseparable compañía de su vida.

Estudió su carrera de abogado en la Universidad del Cauca y desde entonces participó en la política caucana en donde se reconocieron tempranamente sus calidades oratorias. Durante una visita de Laureano Gómez a Popayán, el joven universitario se lanza al ruedo y sorprende al auditorio por su elocuencia. La palabra escrita o pronunciada en brillantes discursos será en adelante su insignia. Luego de un breve paso por el Concejo de Popayán y la Asamblea del Cauca, se trasladó a Bogotá como Secretario Privado del Canciller Fernando Londoño y Londoño quien ya lo valoraba como una inteligencia prometedora que no podía quedarse dentro de los límites estrechos de la provincia.

En Bogotá se matriculó en las filas del caudillo Gilberto Alzate Avendaño, quien lideraba un sector conservador audaz y altisonante que atraía a las juventudes más radicales del partido. Producido el golpe de estado de 1953, el joven político caucano fue llamado por el General Rojas Pinilla a ocupar el Ministerio de Trabajo. Desempeñó el cargo por un año y luego pasó al Ministerio de Educación, en donde puso especial énfasis en la promoción de los asuntos culturales. Quería que los beneficios de la cultura se extendieran a todo el país y no fueran el privilegio de una clase social o de los sectores que viven en las ciudades. Su talante no era el de alguien que encuadraba en un gobierno autoritario con órdenes perentorias salidas de los cuarteles. Por eso parece extraña su presencia en ese gobierno de tono bronco que contrastaba con el del ministro payanés que más parecía un funcionario salido de la academia francesa. El destino le iría a dar pronto la ocasión de demostrar sus calidades intelectuales en el mundo de la diplomacia.

Del gabinete ministerial pasó a representar a Colombia como Embajador ante la Santa Sede. Sorprende que un hombre que aún no llegaba a los cuarenta años fuera designado para una dignidad que tradicionalmente se ha reservado en Colombia para quienes después de haber ocupado los más altos cargos del Estado, reclaman el derecho de rematar su carrera cerca de la Corte Pontificia. Pero Caicedo Ayerbe era un hombre maduro y talentoso, especialmente dotado para misiones en las que se requería seriedad y sobriedad para salir airoso. Una experiencia anterior cuando se desempeñó en Lima como Ministro Plenipotenciario en la Embajada Colombiana, le había proporcionado la experiencia para manejar casos difíciles y éste en particular, hízo historia en la diplomacia colombiana: el fundador y líder del APRA Víctor Raúl Haya de la Torre, se asiló en la residencia del Embajador colombiano ante la República del Perú y el gobierno del Presidente Odría hízo cuanto estuvo a su alcance para recuperar por la fuerza al destacado opositor, que se había acogido al derecho de asilo. Caicedo Ayerbe manejó el asunto con prudencia y firmeza.

Hízo respetar el derecho y Colombia salió airosa ante la comunidad internacional. No es extraño, entonces, que en el futuro Caicedo Ayerbe se desempeñara como Representante permanente de Colombia, primero ante la UNESCO en París y luego ante las Naciones Unidas en Nueva York. En la Cancillería colombiana se tuvo un profundo respeto por sus condiciones de diplomático y en los sitios en que actuó a nombre del país, sobresalió por su cultura y señorío, por esa conversación talentosa y original en que las tesis eran presentadas con el respaldo de una vasta cultura.

Publicó una obra poética de hondo sentido lírico y corte modernista, que desconcertó a algunos y mereció la admiración de otros, seguramente porque nadie lo encuadraba en un vanguardismo que pudo aparecer contrastante con el tono clásico de su propia manera de vivir. Varias veces llevó la representación de su tierra natal en eventos cívicos o en conmemoraciones históricas, ocasiones en las cuales se destacó por su oratoria, su voz bien timbrada y el manejo elegante del idioma.

Militó en el conservatismo y aunque ocupó destacadas posiciones como miembro del Directorio Nacional de su colectividad y de importantes comités directivos, no puede afirmarse que fuera un político profesional. Lo atraía más bien el debate ideológico, el estar presente en la controversia, en el análisis de una circunstancia difícil en la que se pusiera en juego su capacidad para superarla. Por ello no es extraño que varios Presidentes de la República lo tuvieran como consejero y le encomendaran misiones especiales.

Aurelio Caicedo murió en Bogotá en 1998 a los 77 años. En sus funerales, el escritor Otto Morales Benítez afirmó con razón que con su partida se iba también una parte del Popayán culto y señorial que siempre representó.