AURELIO ARTURO MARTÍNEZ
Jueves 18 de diciembre, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Poetas payaneses:

Recientemente algunos selectos poetas y escritores colombianos, confesaron cuáles eran sus poemas favoritos y todos estuvieron de acuerdo en incluir en dicha lista a "Morada al Sur" de Aurelio Arturo. De nuestros poemas payaneses solo aparecen: "Leyendo a Silva" de Guillermo Valencia y "Seremos Tristes" de Rafael Maya.

En esta oportunidad transcribimos las partes I y V, última, del poema seleccionado de Aurelio Arturo y agregamos que este connotado poeta nació en La Unión, Nariño, el 26 de febrero de 1906. Era hijo del maestro de escuela Heriberto Arturo Belalcázar y de Raquel Martínez Caycedo. De su pueblo natal y de sus padres conservó siempre un vívido recuerdo, que encarnó en su poema mayor, de dimensiones épicas, "Morada al Sur". Realizó sus estudios de primaria en La Unión, el bachillerato con los jesuitas en Pasto. Cuando tenía, 18 años murió su madre y huyó literalmente, en busca de un nuevo horizonte, hacia la capital colombiana.

Instalado en Bogotá en 1925, inició sus estudios de Derecho en la Universidad Externado de Colombia y comenzó, en 1928, a publicar sus primeros poemas. En 1941 contrajo matrimonio con María Esther Lucio y entre 1942 y 1948 nacieron sus cinco hijos. Aurelio Arturo trabajó en los tribunales de Popayán y Pasto en los años 1954-1958. En 1963 publicó su único libro "Morada al Sur" que contiene una selección de su obra poética.

Arturo murió en Bogotá, el 24 de noviembre de 1974, meses después de haber recibido el doctorado Honoris Causa en Filosofía y Letras de la Universidad de Nariño. Fue su vida sencilla, discreta, pero de extrema sensibilidad y sentido crítico respecto del oficio literario.

MORADA AL SUR
De Aurelio Arturo Martínez

I

EN LAS NOCHES mestizas que subían de la hierba,
jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,
estremecían la tierra con su casco de bronce.
Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.
La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.
(Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.
Una vaca sola, llena de grandes manchas,
revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,
es como el pájaro toche en la rama, "llamita", "manzana de miel"

El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.
Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,
con majestad de vacada que rebasa los pastales.
Y un ala verde. tímida, levanta toda la llanura.

El viento viene, viene vestido de follajes,
y se detiene y duda ante las puertas grandes,
abiertas a las salas, a los patios, las trojes.

Y se duerme en el viejo portal donde el silencio
es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

Al mediodía la luz fluye de esa naranja,
en el centro del patio que barrieron los criados.
(El más viejo de ellos en el suelo sentado,
su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).

No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño
se enredaba a la pulpa de mis encantamientos.
Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
al sur el curvo viento trae franjas de aroma.

(Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos
de la nodriza, el sueno me alarga los cabellos).

( ... )

V

HE ESCRITO un viento, un soplo vivo
del viento entre fragancias, entre hierbas
mágicas; he narrado
el viento; sólo un poco de viento.

Noche, sombra hasta el fin, entre las secas
ramas, entre follajes, nidos rotos—entre años—
rebrillaban las lunas de cáscara de huevo,
las grandes lunas llenas de silencio y de espanto.