ATROPELLOS A LA ARQUITECTURA PAYANESA:III
Miércoles 7 de mayo, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Ignacio Castro ha preparado los siguientes comentarios, estimulado por los de César Tenorio Gnecco (1 de abril, 2003) al artículo escrito por Eduardo Nates López (17 de marzo, 2003) sobre los atropellos a la arquitectura payanesa. Nuestros agradecimientos a Ignacio.

Cordial saludo,

***

Comentarios a la arquitectura payanesa
Por: Ignacio Castro

Personalmente creo que es muy de los humanos añorar los tiempos idos y alimentar nostalgias por todo aquello que hizo tránsito por el camino de la vida. Conozco en detalle los escenarios, personajes y situaciones de los que habla César Tenorio en su escrito y celebro y me acojo a la invitación a recrear en voz alta episodios que nos pertenecen en la medida en que fuimos sus protagonistas generacionales.

Yo sobreviví a la pedagogía de Don Álvaro Torres; conocí los laberintos y las entrañas de ese pedazo de planeta poblado de pastores y transitado por reyes magos que todos los diciembres surgía en la sala de la casa de los Nates; temí a las gitanas que surgían el día menos pensados de las carpas instaladas en los llanos del barrio Bolívar; acompañé de la mano de mi madre la procesión de la comida de los presos y deposité solemne una moneda en la bandeja de limosnas de Barrabás en el atrio de Santo Domingo; llevé a mi casa en ollas el agua del Chorro de la Pamba; comí la nochebuena de travesía que preparaba la Mona Ernestina en agosto; fui sacristán en la Ermita y gané varias indulgencias plenarias por subir a Belén muchos primeros viernes. Pedrito Paz trató de enseñarme latín, ¡Pompilio me regañó hasta la saciedad!, el cura Cárdenas me comulgó sin confesión y muchas tardes atisbé desde la loma del acueducto a las internas de las Josefinas. En fin, transité un mundo que visto ahora por el retrovisor, aparece feliz.

Pero ese mundo feliz, como los que le antecedieron, fue absorbido por el agujero oscuro del tiempo, y en su reemplazo, surgieron sucesivos mundos felices para ser vividos por otros.

En esa dialéctica de creación-disolución de mundos felices nos debatimos y ante el horizonte estático del tiempo, discurrimos. No pretendamos que es el tiempo el que pasa. Los que pasamos somos nosotros.

Y con nosotros pasa el mundo que habitamos pues los espacios al ser habitados cobran vida, y todo lo que vive, cambia-discurre-muere-renace; por eso el colegio Champagnat se transformó en banco y ahora es biblioteca; el claustro del Carmen fue convento, después cuartel y hoy academia y los viejos empedrados hoy son pavimento. Y a esta inexorable ley nada se escapa: El Louvre fue palacio, y también prisión, y ahora museo atravesado en sus entrañas por un metro, con una pirámide de vidrio en su atrio principal; de las siete maravillas del mundo tan solo quedan las pirámides de Egipto y los gigantes dinosaurios hoy son petróleo y luego polución.

Pero también hay otra ley inexorable: la fuerza de la naturaleza, que no entiende razones, atropella. ¿A quien pedirle cuentas del porqué en tiempos de Pangea el Amazonas irrigaba el África; que de Sodoma y Gomorra tan solo nos quede el temor a la rumba y el desenfreno: que la imperial Pompeya fuese sepultada por un estornudo del Vesubio o que aún debatamos la existencia de la Atlántida?

Esas misma fuerzas incontrolables han sepultado tres Armeros, destruido dos Ermitas y un Belén; por eso la casa de Otón Sánchez ya no existe, ni la de los Vivas ni la de los Simmonds.

Y como si fuera poco, a los efectos de nuestro paso por el tiempo y de las fuerzas naturales, debemos agregarle la barbarie humana, aquella que hoy padece la histórica Bagdad en manos de invasores despiadados, la misma que en un instante convirtió en cenizas el World Trade Center o aquella que sin reparos borró la vieja estación del tren del barrio Bolívar.

Y en medio de este omnipresente caos, imaginativos arqueólogos formulan hipótesis tratando de aportar explicaciones, pretenciosos ingenieros asumen la onerosa carga de hacer el mundo en concreto y aluminio: irrompible e inoxidable; y creativos arquitectos dedican sus mejores neuronas a interpretar códigos estéticos ajenos, de quienes deciden, mandan o pagan.

De esta avasallante realidad tan solo nos pone a salvo la poética del recuerdo y de los sueños. Recuerdos que nos construyen y nos reafirman y sueños que nos proyectan y nos hacen libres.

Cuenta Gabo en sus memorias que Luis Cardoza Aragón afirmaba que “ La poesía es la única prueba de la existencia del hombre”; y Borges a su vez se preguntaba si acaso no seríamos un sueño soñado por otros...