ANÉCDOTAS PAYANESAS
13 de enero de 2000
De: Mario Pachajoa Burbano

ANTONIO OLANO Y OLAVE

Antonio Olano y Olave nació en Popayán en 1809. Era uno de los hombres públicos de muchas ejecutorias y gran respetabilidad política, social y económica. En su primera juventud experimentó estrecheses económicas. Terminada la devastadora guerra civil de 1840, Antonio fundó en Popayán una casa de comercio que durante muchos años fue la más respetable.

Obtuvo dinero en abundancia que lo utilizó con inteligencia y en las comodidades que ofrecía la época. Su mansión era uno de los centros predilectos de la sociedad payanesa y en donde se paladeaban los mejores vinos de que se tenga noticia escogidos personalmente por Antonio. Llega la guerra de 1876, Antonio se traslada a Pasto y finalmente a Quito en donde más tarde se le juntaron su esposa, hijos y nietos y yernos.

Su hacienda se vino a menos y sus exquisitos y costosos vinos se ofrecieron a consumo publico, que apenas uno que otro caballero acomodado compraba algunas botellas y rarísimos podían adquirir cajas enteras. César Conto, presidente de Estado, de cuando en cuando enviaba por una o dos botellas que saboreaba deliciosamente, con sus amistades intimas, y cada vez que renovaba su exigua provisión, advertía: "Lástima que mi sueldo de presidente no alcance para adquirir buena porción de la bodega del doctor Olano, porque ¡qué buenos vinos beben esos godos!".

HACIENDAS DEL GRAN GENERAL.

Coconuco, donde falleció el Gran General Tomas Cipriano de Mosquera el 7 de octubre de 1878, era un latifundio de los más grandes de que haya memoria, entre nosotros. Fue de los jesuitas hasta 1767 con la vecina hacienda de Poblazon. Iba desde la confluencia de los ríos Cauca y Vinagre, por el norte, dejando a un lado la población de Puracé, avanzando al oriente hasta la ceja de la cordillera Central, compartiendo en buen trayecto limites con Laboyos, hacienda del general José Hilario López, en el Huila y remataba en la sierra nevada de los Coconucos, abarcando por el sur las montañas de Calaguala y el rió Cauca como su limite occidental. Poblazón comprendía terrenos en los municipios de Silvia, Popayán, Puracé, Totoró y Timbio

Expulsados los jesuitas, el gobierno español decidió sacar a remate los territorios mencionados. Ese día, tres posturas se hicieron: la de Francisco Antonio Arboleda, -quien poseía numerosas tierras y minas de oro- y sus yernos Vicente Hurtado y José María Mosquera. Después de las primeras pujas, dejaron los dos últimos, adjudicar ese territorio al suegro.

Las haciendas rematadas fueron para su hija Maria Manuela de Mosquera, con la adición de Paletara. Coconuco, así aumentado, vino a ser de Tomas Cipriano. Al Arzobispo Mosquera le adjudicaron Poblazon, que cercenaron al norte y al sur para las hijuelas de los otros Mosqueras Arboledas. Manuel Maria que obtuvo San Isidro fue mas tarde también dueño de Poblazon. Al Gran general, como militar de la independencia, le adjudicaron buena copia de baldíos y el se los hizo otorgar a continuación de Paletará, hacia el páramo de las Papas.

LAS ARBOLEDAS

Vicente Javier Arboleda y su esposa Maria Manuela Mosquera tuvieron 4 hijas y dos hijos: Adelaida que casó, Susana que fue hermana de la Caridad, y Maria Manuela y Maria Teresa que permanecieron solteras. Federico fue presbítero y Benjamín médico que después de venir de perfeccionarse en Europa regresó con la razón perturbada. A las hijas se las llamaba "Las Arboledas". Vicente Javier era síndico de Santo Domingo y allí oía misa irreprochablemente vestido usando un gran pañuelo de seda en donde se arrodillaba y ponía su cubilete.

En cambio, su esposa e hijas, para ir a misa, las acompañaban una legión de criadas. Cada una tenia su servidumbre propia: una domestica le llevaba los zuecos; otra le conducía el libro; la tercera la gruesa y mullida alfombra; la cuarta la silleta y una ultima un paraguas enorme que le garantizaba a su dueña que no le cayese ni una gota de agua.

SONÁMBULO

El sabio Francisco José de Caldas era sonámbulo. Vicenta Tenorio y Arboleda, la madre, tenia siempre un esclavo listo para que cuidara del joven que era el mimado de la casa. mido, miedoso, las hermanas celosas del cariño maternal lo mortificaban. Una ocasión se envolvieron varias de ellas en una sábana, simulando un espectro de grandes proporciones y se colocaron en la habitación del sabio. Él, al entrar y observar en la penumbra, el enorme bulto blanco, tuvo el valor de interrogarlo, pero nadie le respondió y empezó a temblar de susto, que se tornó en cólera y desfogó con quejas a la madre, cuando las muchachas soltaron una ruidosa carcajada.

LAS PIRÁMIDES

Un payanés fue a París en los 1860 y estuvo allá varios meses. Conoció poco de ella y suponía que cuanto existía en el mundo se encontraba a orillas del Sena. Cuando regresó y lo visitaba la gente, que no estaba mejor informada que él, lo asediaban a preguntas sobre el polo, el desierto de Sahara, la muralla China, las cataratas del Niágara, el kan de Tartaria, el Negro Ponto y otros. Del citado estrecho manifestó que era un negro muy altanero. Un amigo lo interrogó sobre cómo le habían parecido las pirámides, y él respondió: "Mujeres como todas".

ANA MARIA CALDAS

Ana María Caldas era la hija menor del sabio Francisco José y tenía la particularidad de tener un dedo pulgar dividido en dos perfectamente formados. Rafaela Wallis de Quijano, prima hermana de Ana María, refería que su tío José (el sabio) supo del nacimiento de esa hija cuando estaba prisionero en el Colegio del Rosario y que se empeñó que lo dejaran conocerla, pero como no pudo lograrlo, pidió una descripción minuciosa de la bebita. Le dijeron que había nacido con el defecto apuntado y que se trataba de aprovechar la tierna edad para arreglarle el dedo. El sabio aconsejó que no le hicieran nada y que si más tarde averiguaba por qué le habían dejado así le manifestaran que el padre en vísperas de ir al patíbulo, había impedido la operación y que la niña debía tener ese defecto como un recuerdo de su progenitor.

LAVA PIES

Cuenta Gustavo Arboleda que cuando él iba a la escuela de Alejandro Velásquez por los años 1889, a la entrada se colocaban los dos profesores, Alejandro e Ignacio Angulo, y examinaban uno por uno de los alumnos: el que estuviera despeinado, con la cara mal lavada, las uñas sucias o cualquier otro desperfecto, recibía un palmetazo en una mano, que Alejandro daba con fuerza proporcionada a la falta. Las más graves se castigaban con mismo que el resto de la persona y con los cabellos en orden. Una mañana, Gustavo por no retrasarse, pues acudía a las seis de la mañana a la escuela, se presentó sin peinarse. El palmetazo que le propinó Alejandro lo hizo acordarse siempre del peine.Muy pocos niños iban permanentemente calzados, eso constituía la excepción. Se ponían los zapatos, continúa contando Gustavo, los días festivos; entre semana, por motivos de salud. A Gustavo y Rafael los hacían lavar los pies a tiempo de acostarse y siempre acudían a la escuela en forma que evitaran el palmetazo.

PRIMERA MAQUINA DE ESCRIBIR Y AUTO

Poco después de 1894 se introdujo la primera máquina de escribir, por cuenta del Departamento, destinada a la Secretaría de Hacienda y para que la manejara Guillermo Triana, quien después de haber vivido en USA, había vuelto mecanógrafo.Para muchos en ese tiempo, el manejo de tal aparato representaba algo tan raro o tan difícil como llevar por los aires un avión.Por ese entonces, se vio en las calles de la ciudad el primer coche, un buen landó, introducido por el general Ignacio V Martínez.Pero en realidad el primer coche que hubo en Popayán fue uno construido antes de la Independencia por Jerónimo Torres, que iba a la finca de esta familia, un poco mas allá del cementerio.