LOS ANCIANOS
Jueves 5 de febrero, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

El Liberal, en su editorial, informa y comenta sobre el desamparo en el que se encuentran los ancianos, cientos de ellos, en nuestra Ciudad Blanca y pide a los políticos ahora en campaña y a la sociedad civil, que proteja a los viejos de sus dolamas.

Cordial saludo,

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Editorial de El Liberal,
30 de enero 2004
En favor de los viejos


Una de las ventajas de participar activamente en las campañas electorales, como la que en estos momentos se libra en el Cauca, es la de poder ponerle el pulso a los problemas más acuciantes que afligen a la sociedad.

Entre los vivas a los candidatos y las frases emotivas y muchas veces aduladoras, no dejan de aflorar las situaciones dolorosas que a manera de quejas se exteriorizan en las reuniones de campaña. Sería imposible desoírlas, menos aún ignorarlas o pasar por alto sobre ellas. Aparecen como llagas abiertas en la piel social y no son ocultadles para nadie.

Entre las dolamas que se exteriorizan en la circunstancia de pobreza y marginalidad que afecta a la capital del Cauca, hay una que se agrava cada día más: nos referimos al desamparo en que se encuentran cientos de hombres y mujeres del sector que hoy se denomina como “adultos mayores” y que hasta hace muy poco se conocía como la “tercera edad”. Con la aguda migración que se ha venido dando en los últimos años en esta ciudad, las familias han incorporado forzosamente a sus viejos, a quienes no pueden dejar solos en los campos, por los problemas que allí se vienen dando: inseguridad, escasa acción del estado para brindarles protección social, acceso a los servicios de salud que en esas edades son esenciales y soledad como marca de lo que biológicamente y en forma cada vez más frecuente se presenta para ellos. Basta visitar los barrios populares a cualquier hora para percibir que en numerosos hogares hay un anciano o ancianas asomados a la puerta de la casa, con el aire resignado y nostálgico del que vive arrimado y dependiente de la buena o mala voluntad de un pariente que tiene que incorporarlo a su ya de por sí frágil modo de vida.

¿Qué está haciendo el estado y la sociedad en general por estas personas?. Muy poco, si nos atenemos a los hechos. Revísense los presupuestos de las entidades públicas y se encontrará que las partidas que se asignan para programas de atención a la vejez son tacañas en su monto y exiguas para atender el número de pobres que las requieren. El SISBEN, que ha sido el acto oficial de mayor significación en los últimos tiempos para atender a los grupos vulnerables, se reparte en un número de hogares que no representa un porcentaje significativo. Los subsidios para ancianos se han disminuido y los que se entregan han perdido valor relativo. Los programas que llevan a cabo personas caritativas apenas dan para unos pocos casos y los asilos son instituciones mendicantes, siempre en el límite de la indigencia, promoviendo pequeños eventos que a duras penas alargan los períodos antes del cierre. Se admira el que se acerca a estas casas benéficas del diario milagro de la multiplicación de los panes y los peces que allí se realiza por parte de manos bondadosas.

No debiera se así. Una sociedad es tanto más justa cuanto más protege a los débiles. Y en regiones como la nuestra en donde los recursos son tan escasos y la política se realiza con tintes oportunistas, la tajada no se la lleva el más necesitado sino el que se lanza con las fauces abiertas para tragarse la totalidad del pastel. Por eso es importante que quienes han salido elegidos para legislar y gobernar, adquieran un compromiso visible con los sectores desprotegidos. Niños, ancianos, madres cabeza de familia, desplazados, todos los que hoy se han vuelto legión en la patria, merecen una atención preferente. En el caso particular de los ancianos, debe haber una atención preferente de la sociedad toda para poner en marcha programas de atención que deben diseñarse con generosidad y sin miramientos oportunistas. Como inexorablemente todos estamos predestinados a que los años pasen, a nadie puede serle extraño el tema de la vejez. Menos aún, si se piensa que la solidaridad humana puede tener en este caso una expresión de justicia indiscutible.

Es un razonamiento que cabe en los actuales momentos en que las campañas políticas, como lo decíamos al principio, tienen por lo menos la virtud de exteriorizar los problemas acuciantes del afectado tejido de nuestra sociedad.