LA TERCERA EDAD
Jueves 28 de agosto, 2003
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Javier Velasco Mosquera nos ha hecho dos favores valiosos: el envío de la dirección y nombre a dónde y a quién pueden dirigirse las personas interesadas en ayudar a los ancianos del Hogar del Divino Niño, Magistrado Joaquín Emilio Muñoz, Calle 4 # 0-55, Popayán, Cauca, Colombia y su artículo sobre "La tercera edad". Nuestros agradecimientos a Javier por ambas oportunas ayudas.

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La tercera edad
Por: Javier Velasco Mosquera

Popayán, noviembre 2, 1990

En el diario transcurrir de nuestra vida cuán poco meditamos en la tremenda realidad de lo que significa la vejez. Todos los días vemos desfilar por nuestras calles multitud de ancianos y, quizás, nosotros nos sentimos ajenos a su mundo porque aún no ha llegado nuestra hora. Pero la verdad es otra: el tiempo no se detiene y en su paso arrollador, algún día no lejano, seremos nosotros los que tal vez nos hallemos en condiciones similares.

Desde muy temprana edad, el Hombre anhela llegar a la madurez mas no a la vejez. Es lógico: ésta es símbolo de soledad y abandono, de achaques y enfermedad, de depresión, de nostálgicos recuerdos y de muerte cercana. La madurez, en cambio, significa autonomía, discernimiento, independencia, libertad, responsabilidad y éxito. La madurez no necesariamente debe relacionarse con la vejez física. Pero sí se necesita de los años para adquirirla a través de la experiencia, la cual se forja según se dé el roce con el diario acontecer de nuestra vida. Por eso, hay quienes maduran antes que otros que son de más edad. Sin embargo, con madurez o sin ella, algún día se alcanzará la vejez, si es que se llega a ella. La vida así nos lo demuestra.

De las tres etapas que marcan la vida del Hombre, la más dura y desprotegida es la vejez. Durante la infancia, por lo general, el niño goza de un especial interés y protección debido a su misma condición que, no sólo lo inhabilita para valerse por sí mismo, sino que lo hace vulnerable a múltiples factores negativos. Ya en la juventud, el Hombre empieza a valerse por sí mismo, a desarrollar su personalidad y a labrar su propio destino. Es, por tanto, una etapa muy importante para el futuro del Hombre y de su sociedad ya que es la más productiva; por ello, es, sin lugar a dudas, la más afortunada de todas pues, no sólo goza de cierta protección necesaria para canalizar ese despertar hacia la ansiada libertad que le permite ir estructurando su propio destino.

La vejez, en cambio, que se considera la etapa de la libertad absoluta, de la plena y autónoma decisión, representa también el momento de la verdad y de la reflexión sobre la labor desarrollada a lo largo de la vida. Por eso, quizás lo más inquietante de ella no sea la incertidumbre de la soledad, de la enfermedad, del desaliento o de la misma muerte que le son inherentes, sino la angustia o la alegría que provengan como resultado del crudo, conciente y reflexivo enfrentamiento con la realidad de la vida transcurrida. Ese análisis puede volver introvertido o extrovertido al anciano respectivamente. Pero también, el sentirse impotente ante el correr del tiempo que lo acerca al término de su misión, el afán de cristalizar lo no realizado hasta entonces o el firme deseo de culminar un objetivo propuesto, son situaciones que pueden contribuir en cierta forma, a llevarlo a la depresión o a la neurosis. He ahí algunas de las tantas causas que tristemente contribuyen para que esta sea la etapa más frágil y propensa a la marginalidad y al abandono.

Por eso, cuando se tienen ancianos en la casa considerados como un estorbo, se los ve pasar por las calles con muda indiferencia o se los tiene en un asilo con el ánimo de marginarlos de la propia familia y de la sociedad, se ponen de manifiesto las injusticias de la vida. Aquellos que fueron los forjadores de nuestra historia y a quienes debemos tanto de lo que tenemos y somos ahora, se les mira muchas veces con desdén y, cual si fuera poco, con fastidio. Cuánta indiferencia y falta de respeto se respira por doquier! Cuánta falta de interés por parte del Gobierno para entregar oportunamente los escasos recursos que destina para poder ejecutar los presupuestos de funcionamiento de los centros de atención al anciano! Cuánto “nomeimportismo” de la gente ante los graves vejámenes de que son objeto muchos ancianos por parte de los marginados de la Ley!

Justo es pues, que se reconsidere la actitud hacia el anciano; que se le dé el trato y el respeto que merece. No olvidemos que, cuando nuestros “viejos” se hayan marchado ya y otros los estén sustituyendo, seguiremos acercándonos en riguroso turno, ¡para ocupar ese lugar!