CARLOS ALBAN
1844-1902
Por: Guillermo Alberto González Mosquera
De: Mario Pachajoa Burbano

El episodio en el vapor Lautaro, en la Bahía de Panamá en 1902, marca el trágico fin de una de las figuras más atrayentes de la historia del Cauca y de Colombia en la segunda mitad del siglo pasado y principios del presente. Quienes visiten el Panteón de los Próceres de la capital del Cauca, se extrañan cuando ven junto a las urnas de mármol que guardan las reliquias de los hombres más famosos nacidos en esta región del país, la campana de bronce rescatada del naufragio del mercante chileno, en ese episodio final de la tormentosa Guerra de los Mil Días, que fue también el de la vida de Albán. Más que un símbolo, es el homenaje que se rinde a un hombre de características geniales, que se habría destacado en cualquier época en que hubiera vivido. Alguien lo comparó acertadamente, con uno de esos condottieri del Renacimiento italiano, a la vez guerreros y humanistas.

Se formó como médico en la Universidad del Cauca, en donde obtuvo el título de Doctor en 1869. Luego y en tiempo record, estudia Ciencias Jurídicas y se gradúa como abogado, dos años después. Su espíritu polifacético y su mente afiebrada, ávida de conocerlo todo, lo llevan a distinguirse como físico, matemático, político, militar, inventor, poeta y periodista. Ejerció la docencia en la Universidad del Cauca, de la que fue Secretario General. Podía polemizar sobre los temas más inverosímiles, ya usando la palabra con elocuencia o con pluma afilada para defender sus ideas, en retos a los conformistas o a los contradictores que iba encontrando en su vida agitada y original.

Si se tratara de encontrar una palabra para definirlo con prescindencia de otras, habría que decir que era temerario en todos los órdenes. Con el mismo ardor y audacia sabía emprender hazañas científicas - más allá de lo que la época le ofrecía en materia de recursos técnicos - o empuñar las armas sin importarle mucho lo que arriesgaba o la presencia de la fatalidad que lo acechaba. Se anticipó en el diseño del Zeppelin, que el barón del mismo nombre patentó posteriormente en Nueva York.

Ocupó numerosos cargos tanto en el ámbito nacional como local, entre los que se destacan el de Procurador General de la Nación, Jefe Civil y Militar de Panamá, posición en la que se encontraba cuando el hundimiento del Lautaro, Jefe Superior de las Fuerzas del Gobierno en la Costa Atlántica, Magistrado en los Tribunales del Cauca y Cundinamarca, Cónsul General en Hamburgo y diputado a la Asamblea en su departamento. Es notable su actividad periodística, como fundador de periódicos, entre ellos "El Aura" y "Los Principios" en Popayán y colaborador permanente de publicaciones nacionales y extranjeras, en las que colaboró con temas políticos y científicos en su peculiar estilo y con sus ideas que con frecuencia resultaban desconcertantes para su época.

Fue, en suma, una de las individualidades más destacadas que haya tenido el Cauca en toda su historia. Y si bien la mayor parte de su existencia transcurre en el siglo anterior, es en el siglo XX cuando se produce su resonante y trágica muerte, en medio de los cañonazos de una guerra civil, que cobró como víctima cimera a este hombre genial.