JOHN AGUDELO RÍOS: PARTE II
Miércoles 18 de septiembre, 2002
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Leonor Uribe de Villegas, en sus interesantes notas que distribuye por Internet leíamos en la de ayer que John Agudelo Ríos "se convirtió en el primer y mejor negociador que hemos tenido los colombianos, para convencer a cinco grupos guerrilleros de la necesidad de hacer la paz .. No tuvo ni siquiera oficina en Palacio, no cobraba salarios, actuaba solo. Era un hombre valiente y estaba convencido -como aún hoy los estamos todos en el país- que solo sin guerras podremos salir adelante"

Afortunadamente encontramos el artículo completo sobre John en El Espectador, versión Internet y que fue escrito por Jorge Cardona Alzate. De él hemos tomado los siguientes párrafos:

""" ... John Agudelo Ríos: el pionero de los comisionados Por Jorge Cardona Alzate El Espectador 18 de septiembre, 2002.

"No recordar es una forma de perder la vida". Con mirada serena, voz pausada, y descodificando con sus dedos las claves y secretos de una cartilla blanca de 27 páginas que consigna cinco acuerdos de cese al fuego, lo afirma con acento conciliador John Agudelo Ríos, el abogado laboralista que hace tres lustros, en una brega incomprendida de 28 meses, concretó el anhelo que casi dos décadas después ambiciona el país: silenciar los fusiles para explorar senderos de negociación y paz.

En su oficina del sector de Quinta Camacho, en Bogotá, de pies, sobre un tapete azul, y recurrente entre los libros de su biblioteca, Agudelo extrae de su memoria la fórmula que le permitió, entre 1984 y 1986, concretar acuerdos de cese al fuego: "Jornadas de trabajo sin regreso y diálogo de 14 horas continuas. En la selva, con hamacas tendidas entre árboles paralelos. Nunca en un hotel o en el exterior. En mi oficina, en taxis, almacenes, buscando la paz hasta en cafés de mala muerte".

"Jamás acepté conversar con encapuchados y nunca invité a un periodista a los encuentros. No puede haber sigilo o confidencialidad entre mil personas", dice, mientras subraya con lápiz rojo y luego lee, el artículo 2º del Primer Acuerdo con las Farc suscrito el 28 de marzo de 1984: "Las Farc condenarán y desautorizarán el secuestro, la extorsión, el terrorismo en todas sus formas y contribuirán a que termine su práctica". Luego ubica y enuncia apartes del artículo 4º del Segundo Acuerdo, suscrito el 2 de marzo de 1986: "Las Farc condenan también el chantaje, el boleteo, el narcotráfico, el atentado personal, la desaparición de personas, la tortura, la justicia por mano propia y el reclutamiento de adeptos". Está convencido de que se adelantaron a lo que venía, porque casi todo lo que hoy se quiere hacer ya se hizo.

Lo enfatiza con cierto aire de frustración y de nostalgia: se concretó el cese al fuego con cinco guerrillas (Farc, M-19, Epl, Autodefensa Obrera y parte importante del Eln), pero no hubo suficiente apoyo de partidos políticos, gremios, medios o la Iglesia, porque no había la necesidad de paz que hoy existe. No faltó quién le dijera: "A estas alturas de la vida y John Agudelo defendiendo bandidos".

"Porque hasta 1984 en Colombia no se podía hacer la paz negociada con comunistas. Estereotipos políticos de la historia que nos enseñaron a odiarnos. El propio Manuel Marulanda Vélez no podía creer que yo fuera conservador. Pero cuánto dinero se ha invertido para la guerra en 40 años".

Detrás de una lámpara violeta, situada en la esquina de su escritorio, emerge su máquina de escribir. Nunca ha querido usarla para registrar su versión.Porque John Agudelo no tuvo despacho en la Presidencia. Ni revólver ni carro. Ni honorarios ni sueldo. No obró con rango de empleado público. Nadie canceló sus cuentas de teléfono. Siempre fue un voluntario por la paz.

Por eso en la mañana del 28 de enero de 1983, cuando arribó a su casa un guerrillero de las Farc para ver si estaba listo, sólo preguntó qué tipo de ropa debía llevar. No pasó por viáticos ni envió cuenta de cobro. Se montó en un campero, recogió a los demás miembros de la Comisión de Paz, durmieron en Neiva, y en la madrugada del sábado 20 emprendieron a caballo la travesía del desierto de La Tatacoa, al norte del Huila

"Todo paisa es buen jinete y yo me crie entre los riscos de Caldas y Cauca y las calles inclinadas de Manizales. Las bestias se enterraban en medio de un pantanero gigantesco. Al final del tortuoso camino despuntó una casa campesina. Allí nos esperaba Manuel Marulanda Vélez y su estado mayor. Fueron seis horas de trabajo, madrugada con horario de reclutas y otra jornada más para examinar el ábrete sésamo de la negociación: la ley de amnistía aprobada por el Congreso".

El ex presidente Víctor Mosquera Chaux le había dicho que era un encuentro imposible porque Marulanda no existía y era un mito preservado a punta de retratos. "Yo tampoco lo reconozco si lo veo en los retratos nuevos", repuso el jefe de las Farc cuando se hizo el comentario. Y entre anécdotas, reclamos o versos de Quevedo y García Lorca, se concretó la primera cita que dio pasó al teléfono directo entre Casa Verde y la Casa de Nariño y a un activo trabajo de emisarios que ablandó la resistencia de las partes.

Después fueron 14 meses de trabajo y de diálogo. De viajes y sigilosas jornadas de negociación de dos o tres días en Casa Verde, que no era verde pero sí permitía el albergue por lo menos de 40 personas en colchonetas.

Con frío, sin baños, y el río Duda surcado por caminos de guerrilleros que no daban la sensación de estar huyendo. Con este ritmo de negociación se pactó la tregua. Con el concurso de muchos líderes del país sin demasiada afinidad -recuerda-, pero espléndidos en su propósito de conseguir el cese al fuego. John Agudelo suspende sus remembranzas, repasa el contenido de los acuerdos de La Uribe 1984 y 1986, y señala puntos hoy enmohecidos en la historia. La aceptación de las Farc de que sólo existieran fuerzas institucionales del Estado para preservar el orden público, su decisión de persistir en el proceso de paz en el nuevo gobierno, su colaboración a los debates electorales de 1986 y el nacimiento de la Unión Patriótica que debía ensanchar el horizonte democrático.

Pero la comisión de verificación en Bogotá, o las subcomisiones en Florencia (Caquetá), Vistahermosa (Meta) o Saravena (Arauca) entre otras, también pactadas en la tregua, se esfumaron entre la abulia ciudadana y el despertar de los fusiles. "Que ninguno olvide que la guerra progresa matando, mientras la vida, como escribió hermosamente Rojas Garrido, es inocente". Fue el último llamado a la concordia de Agudelo que dejó impreso en su renuncia del 21 de julio de 1986.

Desde entonces han transcurrido quince años sin cese al fuego con las Farc.

De 27 frentes pasaron a 63. La UP fue arrasada a punta de guerra sucia, el narcotráfico complicó todos los escenarios, y John Agudelo Ríos regresó a sus códigos, se sumió en un silencio próximo a la desilusión, y en el sosiego de su oficina no pierde la costumbre de parafrasear a su maestro político Gilberto Alzate Avendaño y recordar que "la historia es un cementerio de oportunidades perdidas".

Hoy Agudelo Ríos se interroga a sí mismo: "Qué será de Braulio Herrera, a quien aprendí a conocer una tarde muy brumosa en que regresábamos en helicóptero a Bogotá; tuvimos una emergencia y el piloto dijo: 'No se asusten, pero no sé si lleguemos a Villavicencio y tenemos que bajar al río Duda'. Entonces el fornido comandante y político guerrillero exclamó: 'Dios mío, ayúdanos'. Yo le repliqué con sonrisa nerviosa: '¿Usted invocando a Dios?'. Y Braulio Herrera contestó sin inmutarse: 'Yo soy ateo, pero de tierra firme'".

"Y qué hubiera sido de Álvaro Fayad Delgado, si hoy viviera. Una vez se apareció en mi casa y con una pasmosa tranquilidad le dijo al policía que la custodiaba: "Échemele un ojito al carro que voy a hablar con el doctor". Después salió sereno y se despidió del vigilante. Porque los del M-19 fueron los mejores publicistas del continente. Tenían 300 hombres, pero siempre le hicieron creer al país que eran un ejército poderoso. La verdad, me sentía como en recreo con los del M-19".

Con el tiempo aprendió a identificar a los otros grupos guerrilleros. Las Farc con formación del Partido Comunista. El Eln, aferrado a las ideas de Camilo Torres. Y el Epl, una mezcla del marxismo maoísta chino. En cambio, con los del M-19, nunca se supo. Pizarro le decía: "Soy bolivariano". Iván Marino Ospina: "Soy camarada". Álvaro Fayad: "Soy socialista tipo Felipe González". Y Carlos Toledo Plata: "Soy godo como usted".

"¡Qué extraordinario Otto Morales Benítez! ¡Qué estupendo intermediario Alberto Rojas Puyo! ¡Cómo trabajaron Amparo Bouzas, monseñor José Luis Serna, Rocío Vélez de Piedrahíta o el presidente Belisario Betancur. Injusto no exaltarlos a todos. ¡Qué facilidad de expresión y buen humor de Jacobo Arenas! Recuerdo incluso la respuesta de Manuel Marulanda cuando le pregunté qué pensaba hacer si concretábamos la paz: "Me vuelvo para Génova (Quindío) a trabajar en la finca en que viví de niño, si es que aún existe".

Son las paradojas de la historia. Todas las cosas que no se hubieran podido hacer en tiempos de Betancur, porque habrían armado escándalo, se concretaron en menos de un lustro: ministros del M-19, Carlos Pizarro por los pasillos de la Casa de Nariño, o una publicitada reunión del jefe del Estado con Fidel Castro en Cartagena. Pero así es la vida, dice, curiosa, sorprendente.

Cuando dejó de ser comisionado de paz pensó que los suyos no eran tan buenos ni ellos tan malos como suponían. Hoy todo le parece distinto. Los métodos de la guerra se volvieron brutales. "Pero deberían revisarse los acuerdos de La Uribe, y aceptar que ese ha sido el mayor avance de paz de nuestro interminable conflicto colombiano". ... """"

Cordial saludo,