AMALITA VEJARANO DE GRUESO
Jueves 19 de febrero, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Guillermo Alberto Constaín Aragón, con motivo de la celebración de los 90 años
de la distinguida matrona payanesa Amalita Vejarano de Grueso Arboleda
le envió las palabras que reproducimos a continuación.

Cordialmente,

***

Amalita Vejarano Vda. de Grueso
cumplió noventa años el pasado 2 de febrero.
Por: Guillermo Alberto Constaín Aragón.


Una amplia y hermosa parábola vital llena de amor y armonía, virtudes cuyo fulgor irradia en una dulce estela de paz.

Para quienes hemos tenido la fortuna de acompañar su camino en varios de los cruces de la vida, escribir unas palabras sobre el calor de su existencia es una tentación casi irresistible, recordar su familia, su hijo, sus hijas maravillosas, y, hoy, principalmente el rol que cumplieron Amalita y Hernando en la sociedad de Popayán, la forma en que actuaron en la vida para que sus descendientes y los payaneses que los han conocido, devuelvan el tiempo y disfruten por unos minutos del fuego con que esos patriarcas iluminaron esta pequeña sociedad y redescubrir, en ese recuerdo, el origen y el significado de valores que hacen parte de nuestra propia identidad.

Son pinceladas sobre su rol en una sociedad tan necesitada de un aliento a su nostalgia de grandeza. En efecto, nuestra identidad ha tenido siempre una demanda de grandeza, basada primero en la forma en que se colonizó esta parte del continente cuando Popayán era una joya de la corona y luego, en la preponderancia que la ciudad tuvo durante todo el siglo XIX, cuando una pelea familiar en Popayán era una guerra civil en el país y más de 5 veces los nuestros fueron los dueños del palacio presidencial

Ellos, Amalita y Hernando, se anticiparon a la frase del nuevo presidente de USA Barak Obama quien decía en su discurso de posesión que “La grandeza nunca esta asegurada, La grandeza debe ser ganada” palmo a palmo, día a día, pues bien, ellos así lo entendieron, y su huella está gravada en todos los procesos positivos de la ciudad, desde su participación valiente con inversiones de capital de riesgo en los proyectos empresariales con lo cual rompían el temor al riesgo y ponían al servicio de la región el capital existente, hasta el apoyo a parejas de menor ingreso en las fiestas de relevancia de la sociedad, donde se adelantaban a pagar la cuota y la cuenta de amigos que no disponían de dinero suficiente, así mismo estaban presentes y activos en la organización de los disfraces y la contratación de las carrozas en las fiestas de enero, en fin su presencia con sus hermosas hijas en todos los eventos de la ciudad daban realce a la liturgia provinciana de nuestra pequeña y orgullosa sociedad.

Cuentas atrasadas en el colegio o el valor de una matricula y los libros que limitaban el asenso de un paisano amigo, milagrosamente aparecían pagados pues ellos estaban pendientes del entorno social y donde habían más necesidades allí aparecían sin ser notados, solo una sonrisa cómplice flotando en el aire con los espíritus traviesos que llevaron el vestido nuevo para el grado del primogénito de una casa amiga, para iniciar estrenando una carrera, carrera que ya disponía de su padrino en el Banco del Estado donde Hernando ejercía como su primer fiador.

O sea que su capital y bienestar, conquistados con un trabajo arduo y honesto, se repartía sin egoísmo ni solicitar retribución y, lo más importante, el liderazgo se utilizaba en búsqueda de una sociedad más justa, ¿cómo pues no participar con todo el corazón en este homenaje a Amalita en sus noventa años?, ¿cómo dejar pasar esta oportunidad de realzar una vida llena de vigor y virtudes?..

Que sus hijos, nietos y bisnietos lleven con orgullo la impronta de su herencia, que el festejo de sus años se prolongue en la dulce rutina de una sociedad agradecida, que los valores representados por Amalita y su raza, se extiendan por los quingos de Belén, por la calle cuarta, por la plaza de Caldas, por nuestras iglesias, por los corredores de nuestros liceos y universidades, que el calor de ese amor por la tierra haga parte de nuestros afectos y de nuestras cenizas.

Por Guillermo Alberto Constaín A.
Washington, febrero 2009