EL GUARDIÁN FILOSOFAL
Lunes 15 de junio, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano nos ha enviado su cuento "El Guardián filosofal".
Nuestros agradecimientos al Maestro Valencia Quijano.

Cordialmente,

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EL GUARDIÁN FILOSOFAL
Por: Rodrigo Valencia Q
Especial para El Liberal
rvq12@hotmail.com

Obra y foto: Rodrigo Valencia
Vivió seguramente en el siglo XIII, o algo así, según me lo dice su atuendo, pero yo lo he visto todavía en este tiempo, custodiando un cubo extraño. Parece que la espera no le molesta en absoluto; mira a lo lejos, pero su atención está centrada en su objetivo más cercano; una disciplina firme lo mantiene fijo; ha desafiado siglos para destilar el mercurio de los sabios, según me reveló en su penúltima aparición. Y es inconmovible. Le han dicho –o quizás lo imaginó– que velar es la clave del enigma; velar sin distraerse, para encender y mantener viva la llama. Pero yo no veo ningún fuego. ¿Está encerrado en ese cubo? ¿Pertenece a las cosas imprevistas, a los enigmas que sólo se revelan a ojos inocentes?

Custodia, pero no en el mismo sitio; hoy está allí, mañana en otro lugar –eso me dijo– ; sin embargo, cada vez que lo veo, aparece en la misma parte. Impredecible pero exacto en su misión, no permite que nada o nadie se acerque a su cubo mágico, que es algo transparente y de bordes luminosos, pero, al parecer, no alberga nada dentro. Tal vez en eso consistan los enigmas: en que se ven, pero no se ven; nos tocan imperceptiblemente, pero se esfuman sin decirnos nada.

No se por qué encuentro que esa cabeza me recuerda un figurín del taco de naipes españoles, y hasta es posible que guarde algún linaje con las imaginerías de Alfonso el Sabio, pero eso es pura especulación mía sin fundamento. Sin embargo, cada vez que logro verlo, suena una música de laúd, que hasta el aire pareciera que acompañara paralelamente en contrapunto. Es una música hermosa, una canción a alguna amada, un cántico enamorado y delicado, como de la época del rey sabio.

A veces, al fondo, como ahora, se ve un monolito con tres piedras empotradas en él, y las he visto cambiar paulatinamente de color, de abajo hacia arriba: primero negro, después pasando por el rojo y por último al blanco. Se me hace como una especie de escultura moderna que en nada encaja con el ambiente antiguo de nuestro personaje; pero, en fin, no soy nadie para entender lo que él no me ha comunicado ni me quiere explicar de buena gana. Y aquí es donde en algo irrita mi temperamento: ¿por qué se me aparece, por qué quiere que lo mire? No discierno bien este fenómeno, lo irreal ambiguando lo real; tal vez quiere confundirme, extraviarme en un evento irracional, o quiere deslimitar mis sentidos de la costumbre que sólo acepta los aconteceres aceptados por el uso de razón. Pero yo me pregunto ¿qué es racional o no, en un mundo en donde hasta el aire cruza a nuestro lado susurrándonos el viso disimulado de lo insondable?

Por siete veces me ha prometido su visión; y generalmente acontece como a eso de las 6 de la tarde, cuando la luminosidad del día aún no ha claudicado entre la noche. Una corazonada me lo anuncia, o alguna leve sensación en el centro de mi vientre; y yo no puedo más que aceptar esta invitación fantástica, así no quiera hacerle caso; es como una urgencia que se desliza entre los miembros. La última vez, el árbol de atrás floreció, aunque nunca había tenido flores; poco a poco, ellas tomaron un color dorado, mientras un ruido serpenteante movía las ramas y hojas. El cubo volviose incandescente, con luminiscencia fosforescente, y poco a poco tomó la forma de una bola de fuego como del tamaño de un balón. Él la tomó en las manos, pero al parecer no las quemaba; la llevó hasta su boca y escurrió un licor de fuego líquido que hizo que todo su cuerpo refulgiera con la brillantez del sol; y poco a poco desapareció ante mi vista, que no podía sino temblar de asombro.

Tres garzas blancas aparecieron en el cielo; volaron en círculo exactamente encima del sitio donde desapareció aquél vigilante de los siglos, y luego rondaron el monolito misterioso que tenía las tres piedras de colores cambiantes. Picotearon en él, grabando unos jeroglíficos extraños, y después desaparecieron en el cielo. Después pude leer allí, en lenguaje legible para mí: “Has visto el elíxir que produce todas las maravillas. Es la llave de oro, el oro potable, la medicina de todas las cosas, un tesoro inagotable. Que Dios, el Padre de las Luces, te otorgue este secreto, pues el arte quiere que permanezca oculto. Todos los sabios comprobarán esta fuerza, y se regocijarán con ella maravillosamente.”