SOLILOQUIOS DEL POETA
Martes 31 de marzo, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano nos ofrece su artículo "Soliloquios del poeta", que
contiene sus "meditaciones  sobre el valor de las cosas, en las ausencias
relativas y absolutas, en la manera de cruzar el tiempo con algo
significativo, mientras los momentos se alargaban indefinidamente".

Cordialmente,


***

SOLILOQUIOS DEL POETA
Por Rodrigo Valencia Q
Popayán, marzo 2009.


¿Áspera soledad?
¿Único lenguaje si tú quieres?
A lo mejor no es cierto lo que dices
Si hundimos los dedos
En el pecho incinerado
Y tocamos muy profundamente
La palabra perdida
Escalando
Las entrañas

Había escrito esto en el cuaderno. Una más de tantas hojas, proyectos de poemas o cosas para fijar pensamientos en palabras, escritura cruzada de acertijos.
Sentado allí, en esa piedra virgen que había en el patio rodeado de arcos coloniales, meditaba en el valor de las cosas, en las ausencias relativas y absolutas, en la manera de cruzar el tiempo con algo significativo, mientras los momentos se alargaban indefinidamente.

Obra: Rodrigo Valencia Q
No había nadie más; aprovechaba la ausencia de sus congéneres, pues sabía que la soledad es el secreto para oír las voces, intuiciones, sugerencias del espíritu. “Para preñar la imaginación es necesario anegarse un lugar íntimo, desacompañado, e invitar a las palabras para que cubran la tierra con sus músicas sibilinas”, pensaba. Con razón o sin razón, entonces se ponía atento a su mundo ensimismado, alerta al rumor de las vecindades del vacío. “De la oquedad vienen, del vacío nacen”, seguía diciéndose a sí mismo. “Todo surge de la nada, la inexistencia es la matriz de toda manifestación, y el mismo Dios tuvo que haber procurado el mundo desde su propia infinitud vacía”. Y, así, simplemente se abismaba en deshilachar la hondura, y poco a poco daba abrigo a las latitudes de un logos con acentos casi místicos, fraseologías para infringir incluso la razón.
¿De dónde esa manía, esa costumbre de intensificar su propia compañía prescindiendo de todo lo demás? Desde niño había sentido la llamada, ese asomo íntimo tras las puertas de la imaginación. ¿Acaso en la memoria estaban los vínculos secretos? A la manera de un San Agustín, había mirado esos recintos, rincones íntimos, escondidos, pero abiertos a la legitimidad de las indagaciones. Allí, un cofre estaba lleno, pormenorizado de prolegómenos para la fantasía, su hermana íntima; y ahí secreteaban tanto las vivencias como las utopías anticipadas de la realidad. “Es paradójico, pero aún la no existencia se prefigura en nuestra propia conciencia; pero, obviamente, esto no es más que un pasatiempo de la imaginación, un sustituto de lo contingente del momento y sus imposiciones, un sucedáneo para encontrar respuestas imposibles, mientras la sólida realidad nos golpea con su estridencia”, seguía oyendo en su cámara secreta…
Entonces venía la luna, plateaba el piso de ajedrez, y con el árbol de la esquina conversaba un diálogo en silencio; porque la naturaleza es un diálogo insistente, sus palabras son música secreta, albor para quien sabe escuchar. No es necesario un panteísmo explicitado para darse cuenta de las entelequias que revelan la divinidad en cada cosa, el “Yo Soy”, esa presencia que se expande desde lo abscóndito hasta el mundo de afuera. Y él sentía que desde allí bajaban las voces, las imágenes, los soliloquios y presentimientos. Acaso su sombrero le ayudaba a concentrarse, a captar esas transiciones de lo conceptual, quiebres luminosos entre uno que otro instante de licitación hacia lo posible. Y entonces escribió: La noche / El paisaje / La vuelta a mí mismo / Los signos y las nubes / Serenos ecos / Solitarios ejes del vacío / Abandonados y sin rostro / Los encuentro / En esta aventura frágil / Hechizado por mi propia / Luna / Escondida bajo mi sombrero / De peregrino meditabundo / Errátil / Volátil y huidizo / Que como una sola sombra / Se arrima a / Mí / Rastro entre los pájaros / Esos que custodian los secretos / De las alas perdidas bajo el agua.
Enseguida cerró el cuaderno, lo guardó y se levantó de su lugar acostumbrado; cruzó los corredores de la casona, miró la languidez antigua de los muros, y dejó su diálogo soliloquial para la próxima tarde, cuando las cogitaciones decidan continuar el remedo de los mundos.