LA ETERNIDAD Y EL OLVIDO
Lunes 12 de enero, 2009
De:  Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano, escritor y artista payanés, manifiesta sus comentarios sobre
el libro de Víctor Paz Otero "La eternidad y el olvido" publicado en 1993.
Víctor nació en Popayán el 17 de agosto de 1945. Es sociólogo de la Universidad
Nacional de Colombia. Escribe poesía, ensayos y numerosos libros. Ha sido columnista
de varios diarios colombianos y a veces, profesor universitario. Reside en una casa
campestre llamada La Metáfora cerca de Medellín.

Cordialmente,

***

LA ETERNIDAD Y EL OLVIDO
Rodrigo Valencia Q (rvq12@hotmail.com)
Especial para El Liberal


Cuando la editora Plaza y Janes publicó la novela “La eternidad y el olvido”, del escritor payanés Víctor Paz Otero, él me escribió la siguiente nota: “Espero haya leído mi texto con atención, me gustaría oír sus comentarios. En Popayán, de alguna manera le están tendiendo una cortina de silencio. No me extraña, a nadie le gusta que le quiten sus máscaras y lo confronten con su desnudez”. Eso fue en 1993, y el escándalo presentido nunca se manifestó. Ahora, después de 15 años, se hace probable que la eternidad que ha transcurrido sea madre del olvido, y que el olvido, en la “ciudad culta”, es como un silencio cómplice alrededor del arte verdadero, y es tan mudo como su cultura dudosa.
La novela de Víctor Paz trabaja el deambular de un hombre por su entorno, en el tiempo de lo posible o imposible; entelequias de signos y presencias, aproximaciones al misterio, realidad real y realidad imaginaria, el sueño tiñendo la corona probable de lo insondable. Lenguaje autobiográfico (todo arte legítimo debe serlo), con el cual Víctor se muestra como maestro indudable del relato; con fuerza y claridad sostenidas, con trama cautivante desde el comienzo hasta el final, con la historia como referente de angustias, aventuras, burlas y descubrimientos, alucinación vital que “erotiza la piel del alma” en su itinerario.

Víctor Paz Otero
El temor a decir la verdad como uno la piensa es una reverencia dudosa; la hipocresía lo justifica, pero no es solvencia para ocultar lo verdadero. Las irreverencias de Víctor Paz con el mito de Popayán constituyen parte de su honradez existencial para afrontar ese mito, esa cosa que puede ser equívoca armazón de convenciones, trastornos de la oscuridad, límites cuestionables de una cultura. Víctor estaba en todo su derecho, toda vez que su visión personal, descontenta y suspicaz, sopesa los duendes enmohecidos del prejuicio, del tabú y la mediocridad, desnudando pecados y alucinaciones individuales y colectivas. Con su arma, la palabra de poeta, urgencia de un espíritu crítico y observador, verbo desde lo abscóndito y maravilloso, toca las llagas alteradas por las condenas capciosas que la ciudad blanca oculta en sus obituarios íntimos, desabrocha acusaciones al interior de una tradición que permanece casi intocada en el imaginario colectivo.
Sin embargo, la procacidad de sus palabras, la herida que quería destapar con la fábula que procura por un lado la vergüenza, fue soportada tal vez por los lectores con la serenidad de la indiferencia, y no hubo sensacionalismo ni protagonismo del escándalo. Pero esto es solamente algo de la trama de la novela; el resto es una deliciosa reverberación de la fantasía, entramado que labora el mundo imaginario y atrae hacia las ventanas felices del asombro y la aventura.
Hay “círculos y hechizos de la memoria” que poco a poco conducen a “un último movimiento para una sinfonía intuida en el vacío”, reflexiones para indagar en la circunstancialidad y veracidad del sueño. Y así, como Artaud en su “Viaje al país de los tarahumaras”, Víctor poetiza la urgencia presencial de lo fantástico, el rigor que indaga una historia para crear un eje de probabilidades realistas-mágicos en torno a la ciudad y sus confines espirituales, mistificación y embrollo fantasioso que justifica con sus relatos la pasión creadora, el “vértigo por vomitar ser en cada sílaba”.
Es obvio que después de la aparición de “La eternidad y el olvido”, la ciudad sigue su curso normal con su historia sagrada y profana; el tiempo sigue transcurriendo entre los muros gruesos con su eternidad y olvido habituales, mientras un hado antiguo presume legitimidad para su persistencia cuestionable.