TÚNELES EN POPAYÁN
Viernes 17 de julio, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Rafael Tobar Gómez en su libro "Cuando florezcan los Eucaliptos, la persistencia de la
memoria a través del tiempo", se refiere al tema de los túneles que se supone se
construyeron debajo de Popayán y que unían, supuesta y secretamente, viejas
casonas y cuevas de la zona.

Cordialmente,

***

CUANDO FLOREZCAN LOS EUCALIPTOS
La cueva del Ladrón
Por: Rafael Tobar,
tobar_r@bellsouth.net/

Por fin llegamos a la Cueva del Ladrón, llamada así porque en años pasados, dicen que delincuentes huyendo de la justicia la habían usado como refugio.

Decía la leyenda que, cuando la guerra de los mil días, unas familias habían enterrado sus tesoros en lugares como este. La cueva, más profunda anteriormente, había sufrido varios derrumbes que taparon la mayor parte de ella. El área explorable no daba más de 30 metros de profundidad. Nosotros estuvimos investigándola en varias ocasiones, cavando aquí y allá, pero no encontramos sino excremento de murciélagos, que despedía un fuerte olor a amoniaco, años después supe que este gas es muy tóxico.

Los esclavos negros según se dice, habían construido un laberinto debajo de la ciudad, bajo la dirección de la Iglesia Católica, una especie de catacumbas, para esconderlos de la agresividad de sus amos. Estas cuevas, cuentan algunos manuscritos antiguos, seguramente estudiados por el señor Arboleda Llorente, quien investigaba los viejos códices de La Colonia, en el Archivo Central del Cauca, están conectadas con otras, como La cueva del Indio, en el sitio de Calicanto, al sur de la ciudad, cerca del Río Ejido y otras en las inmediaciones de Pitayó.

Según relatos verbales de los indígenas, las cuevas van a terminar en San Agustín, al oriente de Popayán, en las ruinas de una antigua civilización precolombina. Dudo mucho sobre la veracidad de estos rumores porque de Popayán a San Agustín hay una gran distancia. Nadie sabe a ciencia cierta la verdad. Pero, como decía Jaques Bergier, este es el planeta de las posibilidades increíbles, todo puede suceder. Por ejemplo, se ha descubierto que alrededor del treinta por ciento de las líneas de Nazca indican corrientes de agua subterráneas, con túneles de piedra construidos hace milenios por los habitantes del Perú anteriores a los incas. Tienen respiraderos por los que se puede entrar en unos lugares y salir de ellos en otros, y están conservados en perfectas condiciones. ¿Quién lo hubiera creído, en un desierto tan inclemente como ese?

Algunas casonas de Popayán, según rumores, esconden túneles conectados con las cuevas, haciendo una especie de Internet subterráneo, pero es muy difícil saberlo porque los dueños se guardan muy bien de mantenerlos en secreto, a raíz de un juramento hecho de generación en generación, para evitar que los extraños puedan tener acceso, sería como darles las llaves de sus casas. Por lo demás, hay mansiones en donde el tiempo se ha encargado de esconder las entradas y no es fácil descubrirlas a simple vista. Varios estudiosos del caso han escrito sobre el tema, e investigadores serios como Harry McGree, Rossana De La Vossier, y G. W. Chaux, han ocupado gran parte de sus vidas tratando de descubrir los laberintos, con resultados muy poco satisfactorios.

En una ocasión, murió el último vástago de una rancia familia, dueño de una de estas casonas coloniales. Sin ningún heredero que tomara posesión de la propiedad, pasó a manos del Estado. Se puso en venta. La noticia llegó a oídos de una empresa de televisión, de esos que andan a la caza de noticias extrañas para nutrir a la masa ignorante con entretenimientos baratos, esos que hacen documentales sobre la sonrisa de la Mona Lisa o de si el caballo blanco de Bolívar era realmente blanco.
 
Pidieron permiso para explorar la casa, el Gobierno se los otorgó. Llevaron luces y video cámaras. Una hermosa locutora en traje de exploradora iba reportando las escenas con lujo de detalles. Primero tomaron fotos de las calles captando gentes desprevenidas, después hicieron una toma del zaguán de la mansión, que daba acceso a un magnífico patio estilo morisco, con barandas de madera profusamente adornadas.
 
Después de mostrar otras curiosidades poco conocidas para las personas que no viven en la ciudad, llegaron al jardín y allí encontraron un promontorio plano, cuadrado, lleno de musgo, golpearon con una barra y dieron con unos tablones de madera debajo del húmedo musgo, lo removieron y poco a poco fue apareciendo una tapa de madera, más o menos de un metro cuadrado. Se veía que hacía muchísimos años esa tapa no se abría. Con gran esfuerzo lograron sujetarla por dos grandes argollas llenas de herrumbre, como las de los viejos arcones y al abrirla, ¿saben que encontraron? Agua, era un aljibe del tiempo de la colonia, perfectamente bien conservado.

El productor, muy malhumorado y decepcionado por el fallido intento de encontrar el laberinto, pensando en la cantidad de dinero gastado en personal, en hoteles y en viajes desde la capital. Se metió en la cabeza que lo encontrado era la entrada a los túneles y anunció traer personal profesional para remover el agua del aljibe y encontrar finalmente un pasadizo al laberinto.

Pasaron los meses, pero probablemente desistieron del intento porque no regresaron. Poco después la casona fue vendida y cuando otra compañía intentó hacer lo mismo, el nuevo dueño no permitió que los medios televisivos invadieran la paz de su hogar. Lo de los laberintos de Popayán quedaba una vez más en el secreto. Lo cierto es que algo anda por debajo de la ciudad colonial.

Transcrito del libro de Rafael Tobar "Cuando florezcan los eucaliptos",
 páginas 178-180.
 tobar_r@bellsouth.net/