LUCRECIA TELLO MARULANDA
Jueves 22 de octubre, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Jesús Antonio Lozada Yule, Sandungerock@yahoo.es se refiere
en Proclama-Norte del Cauca, a la distinguida dama quilichagüeña
Lucrecia Tello Marulanda.
Fotograma del documental de televisión, Historia de Santander,
Dirigido por José Antonio Lozada.

Cordialmente,

***
Otoño 25 del año de gracia 2009
Más allá de la frivolidad
Lucrecia Tello
Por : Jesús Antonio Lozada Yule,
Proclama-Norte del Cauca

Esporádicamente aterrizaba donde Luka Tello sin ningún motivo, por puro destrabe, por botar corriente. Me aparecía por su plácida casona colonial del parque Santander los días sábados, a veces cuando se encontraba más atareada atendiendo a los indígenas y a la gente necesitada del pueblo. Esperaba pacientemente mientras les resolvía problemas de primer orden a sus protegidos. No he vuelto a ver tanto desinterés, tanta entrega, tanta solidaridad con el prójimo en ninguna otra persona.

En esa época yo era un adolescente despistado e irreverente. En cambio ella tenía un aspecto tierno de pajarita diligente, con una sensibilidad artística a flor de piel y con esa serenidad luminosa que emana de los espíritus avanzados.

Particularmente me interesaban sus actividades culturales. Tenía un grupo musical y de danzas llamado Los Alegres Negritos de Dominguillo, que se ganaron un premio de ASOCAÑA en Cali y grabaron un disco. Era una investigadora del folclor y tenía un gran aprecio por nuestras manifestaciones autóctonas del Norte del Cauca.

Había estudiado en la Universidad Javeriana de Bogotá. Era periodista, historiadora, escribía poesía, cantaba, tomaba fotos y nunca faltaba a misa. Eso sí: escandalizaba al pueblo pacato, con sus bellas mochilas indígenas, sus zapatitos tenis de media tobillera y unas espléndidas blusas bordadas con motivos étnicos, como las que hacen los ecuatorianos.

Lucrecia Tello marcó una época en la Cultura de Santander, dejó una biblioteca personal, que tenía a disposición de todos los ciudadanos; también un museo con invaluables objetos provenientes de diferentes grupos étnicos. Y, hasta donde tengo conocimiento, dos libros con poesías e investigaciones, que los alcaldes en los años ochentas, prometieron publicar y nunca lo hicieron.

Tres décadas atrás Quilichao empezaba a vivir el actual zambumbe: - “los grandes pasos”-, se convertía en un pueblo grande y desordenado con gente extraña que llegaba a montones, como si estuviéramos viviendo la época de la hojarasca en Macondo. De repente el mundo cambió, y pasamos de disfrutar a Vivaldi y a Mozart mientras degustábamos un tinto, en la casa de Luka, al volumen implacable que rompe el campo sonoro con las canciones de Darío Gómez en los equipos de sonido de los carros, con sus canciones depresivas que hablan de tragedia y se complacen en rememorar amores desgraciados.

He sido un rockero moderado que sólo llegó hasta la primera etapa de Led Zepellin y el heavy metal. Por eso mi presencia en la casa de la señorita Tello era una paradoja; porque venía de otro extremo y me movía en el espacio de un personaje cuya cultura y valores bien podrían ser del siglo XVII.

Cuando me encontraba hastiado en el pueblo con las malas noticias de la guerra, que ya nos tocaba de frente, iba a parar a ese oasis de reposo y espiritualidad que era la casa de mi amiga Luka. Hablábamos de la poesía mística de Santa Teresa de Ávila, de la conversión de San Francisco de Asís, y de mi fascinación por la opera rock, Jesucristo Superestar, que en esos días se estrenaba en las mejores salas de cine del país.

La vida de Luka es un ejemplo para la comunidad, porque era una persona con una senilidad iluminada que transmitía alegría, poseedora de un carisma que le permitía dialogar con todos; disintiendo en muchas cosas, por su talante conservador y resistente al cambio, pero aceptando al tiempo a la otra persona en su pleno derecho a ser diferente, sin crear fisuras y manteniendo por encima de todo la fuerza del cariño al prójimo.

Quisiera un buen día, cuando pase desprevenido por el parque Santander, encontrarme unas niñas, que me hagan pensar con nostalgia que las cosas buenas trascienden y que la señorita Lucrecia Tello Marulanda, dejó alguna huella en las nuevas generaciones.

Chao Quilichao.