ANTONIO BARAYA
... de septiembre, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
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El coronel Antonio Baraya (1770-1816) fue el primer militar granadino que comenzó la guerra de la independencia (1810) derrotando a las fuerzas realistas comandadas por el general Miguel Tacón y Rosique (1775-1855) en la célebre batalla del Bajo Palacé (28 de marzo, 1811) en las cercanías de Popayán. En 1805 contrajo matrimonio en Tunja con Doña Isabel Caicedo.

Antonio Baraya, Prócer de la Independencia, nació en Santafé de Bogotá, el 6 de noviembre de 1770; hijo de Francisco de Baraya y la Campa, gobernador de Girón y Antioquia y de Rosalía Ricaurte. Muy joven se dedicó a la carrera militar en el ejército del Rey y en 1802 alcanzó el grado de teniente y en 1810 era capitán en el batallón Auxiliar. Cuando los sucesos del 20 de julio de 1810, Baraya y sus milicias se pusieron al servicio de la causa patriótica y La Junta Suprema de Santafé lo designó como el primer comandante del batallón Voluntarios de la Guardia Nacional. El 1 de noviembre de 1810 se inició el primer batallón de la Nueva Granada, el cual constaba de la plana mayor, con Baraya a la cabeza, y de 400 hombres de tropa distribuidos en una compañía de granaderos y cuatro de fusileros. El primer ejército granadino, además de anterior, incluía al batallón Guardias Nacionales, al batallón Patriotas de Defensa, a la caballería veterana, la artillería y los regimientos de milicias de infantería y caballería.

El primer enfrentamiento militar del ejército patriota, comandado por Antonio Baraya, con el ejército realista del gobernador de Popayán, Miguel Tacón, ocurrió en la batalla de Palacé, el 28 de marzo de 1811, en la cual fueron derrotadas las fuerzas militares españolas, siendo héroes Antonio Baraya, Atanasio Girardot y Miguel Cabal. La entrada triunfal del ejército patriota a Popayán se realizó el 29 de agosto de 1811. Los patriotas persiguieron a los realistas hasta el Patía y la región de Pasto.

El teniente coronel Baraya tuvo gran popularidad en Santafé de Bogotá y fue recibido con aclamaciones después de sus triunfos. Fue comisionado por Antonio Nariño para defender los valles de Cúcuta, pero ante las luchas entre centralistas y federalistas en la primera guerra civil de los granadinos, se le comisionó para dominar a los federalistas del Congreso de las Provincias Unidas, reunido en Tunja. Sin embargo, Baraya cambió de opinión, pues tuvo conocimiento de las aspiraciones que tenían las provincias de la Nueva Granada y su desagrado ante el centralismo de Santafé.  Baraya y sus tropas, junto a personajes como Francisco de Paula Santander, se pasaron a las fuerzas federalistas, desobedeciendo al presidente Antonio Nariño. En Ventaquemada, Baraya venció a los centralistas, en diciembre de 1812; y el 9 de enero de 1813 fue vencido en Santafé de Bogotá por las tropas de Nariño. El Congreso de las Provincias Unidas de Tunja nombró al general Antonio Baraya comandante general de la Provincia de Tunja.

Cuando llegaron las tropas realistas de la reconquista y pacificación de la Nueva Granada, al mando de Sebastián de la Calzada y Miguel de Latorre y Pando, conde de Torrepando (1786-1843), el general Baraya se encontraba en Funza con el ejército de reserva y el presidente José Fernández Madrid. En la fuga hacia el sur del país, fue aprehendido cerca de Neiva y llevado a Bogotá, donde estuvo en la cárcel hasta el 20 de julio de 1816, cuando fue pasado por las armas, frente a la Capilla del Sagrario, con el mártir patriota Pedro de la Lastra (1767-1816).

El 18 de julio de 1816 se les notificó pena de muerte como traidores al Rey, en las aulas del Colegio Mayor del Rosario. Los dos entraron en capilla, donde se puso una cruz de madera con un cristo pintado al óleo y dos velas de cera. En la mañana del 20 de Julio, sexto aniversario de la revolución de 1810, una muchedumbre silenciosa esperaba el fúnebre cortejo en la Calle Real y en la Plaza Mayor. Presidía aquella procesión la efigie de un cristo levantado en una asta, acompañado de dos acólitos que llevaban faroles de gran tamaño y de un tercero que daba golpes acompasados de campana. Ese cortejo llevaba cajas con sordina; lo rodeaba numerosa escolta, y hacían parte de él varios frailes franciscanos que salmodiaban el oficio de difuntos mientras se oía el doble funeral de las campanas de las iglesias vecinas.

Así terminó su vida el primer militar de la guerra de Independencia.