AÑORANZAS DECEMBRINAS DE POPAYÁN.
Martes 22 de diciembre, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Guillermo Alberto González Mosquera, en El Liberal, se refiere a las
fiestas y acontecimientos de la Navidad en el Popayán de antaño.

Cordialmente,

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Añoranzas de diciembre en Popayán
Escrito por Guillermo Alberto González Mosquera
Martes, 22 de diciembre de 2009
El Liberal.


Con motivo de un reportaje que me hiciera por estos días navideños la Radio Nacional de Colombia, en torno a la forma como los payaneses celebramos estas festividades, me transporté por unos instantes al pasado, ya bastante lejano, y recordé algunos pasajes de esa remota infancia de indelebles caracteres en el Barrio de la Ermita en donde nací y pasé mis primeros años.

Recoger el musgo para el pesebre, no tenía para nosotros, connotación de atentado ecológico y lo hacíamos ansiosamente en los alrededores de la ciudad, para llegar presurosos a armar esos paisajes desmesurados en que un camello o una oveja son más grandes que las casas, y los lagos tienen unos cisnes enormes que navegan sobre el papel plateado en que se envuelven los cigarrillos de las cajetillas del Pielroja.

El diablo anunciaba desde los primeros días de diciembre, con su baile callejero y juguetón al son de la chirimía, que la Navidad se acercaba. Y desde esos momentos nos convocaba Misiá Blanca Molina para que ensayáramos los villancicos para la Novena del Niño en la Ermita. Cuando se terminaba el rito en la entrañable capilla, en esa colina sagrada que congregó nuestra infancia, bajábamos en tropel a la Radio Colonial en donde la repetíamos al anochecer para toda la ciudad. El triángulo de metal, las sonoras panderetas hechas de tapas de gaseosas y las maracas eran las compañeras inseparables de ese coro que identificaba un período feliz, sin afugias ni preocupaciones. Tal vez apenas, el pensamiento en que pronto llegaría esa noche mágica en que aparecerían al lado de la cama, los paquetes con los regalos que traía el Niño Dios. Cómo olvidar el caballito de madera, los soldaditos de plomo y un paquete de caramelos que envolvía las láminas de colores con las figuras de los futbolistas de la edad de oro, con los “sellados” para poder presumir cuando entráramos al Colegio.

“Los zagales y zagalas al Niño vamos a ver, con piticos y tambores, mostrándole gran placer...”. La melodía se queda pegada en los labios, se repite sin cesar, y se combina con las mis estrellitas que se dibujan en la noche saliendo como cascadas mágicas de las manos infantiles. Mi madre nos llevaba a la Misa de Gallo en Santo Domingo y a las doce se apagaban todas las luces de la iglesia, para que el Niño bajara en una tarabita desde el Coro y se instalara definitivamente en el pesebre.

Cuando el sueño nos vence, la mano amorosa nos lleva a la cama para soñar que el Niño llega sigilosamente. Son las pisadas del padre y la madre, que llegan a la alcoba para depositar lo que nos dará realidad a las más caras ilusiones.

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