ENTREGA DE RESTOS DE AGUALONGO
Miércoles 14 de octubre, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Jaime Vejarano Varona, en su carácter de Presidente de la Academia de Historia
del Cauca entregó, en ceremonia especial, los restos del general Agustín Agualongo
a las autoridades de Pasto, ocasión en la que pronunció las palabras que hoy
transcribimos. Agradecemos al insigne escritor, el habernos proporcionado el texto.

Cordialmente,

***

DISCURSO PRONUNCIADO POR JAIME VEJARANO VARONA
En la entrega de los restos del general Agustín Agualongo
En la Plaza de Nariño, Ciudad de Pasto.
(Fragmentos).

Llega la Academia de Historia del Cauca a esta noble ciudad, San Juan de Pasto, portando con respetuosa veneración esta reliquia histórica que permaneció en nuestro suelo por 159 años, desde el momento en que el caudillo ofrendó su vida por el servicio a su rey y por el imperativo de sus convicciones políticas y religiosas, el 13 de julio de 1824.

Y a fe que su reposo de siglo y medio en una ciudad como Popayán, que guarda con la debida reverencia las cenizas de sus próceres; y en un lugar sagrado como es la cripta de nuestra bisecular Iglesia de San Francisco, puede interpretarse como el homenaje de desagravio a su innecesaria inmolación. Vuelve así a su tierra el héroe, después de esta velación sesquicentenaria, cargado de gloria, para recibir ahora y por siempre el tributo de admiración que su pueblo tiene reservado a sus máximos paladines.

Cabe aquí exaltar el meritorio y obsesivo empeño de vuestro ilustre Académico doctor Emiliano Díaz del Castillo por llegar al pleno conocimiento y aserción de la autenticidad de estos despojos, hasta aseverar sin reserva alguna que “si antes de este prolijo estudio era difícil probar que los encontrados fueron los restos de Agualongo, hora es más difícil probar que no lo son”.

La exaltación de los méritos del caudillo pastuso que hoy retorna a su tierra ha sido dignamente descrita por los historiadores nariñense por su trascendencia como representante de una raza, su gesto de lealtad llevado al extremo de su azarosa existencia, que lo relievan como personaje de epopeya, para saltar los linderos entre lo llanamente histórico y ubicarse en el campo de lo mítico.

Agustín Agualongo personifica a una estirpe guerrera e indomable de valor espartano, fatalmente adherida a sus principios, paradojalmente contrastante con la placidez del paisaje y la adustez de costumbres de la tierra en que nació. Este hermoso Valle de Atriz de trazos ajedrezados que alternan con una sensual policromía de verdes vegetaciones y rubios trigales, se complementa en maravillosa complicidad de una arisca topografía con la imponencia altiva de su volcán tutelar y la apacible lasitud de sus colinas, para completar un cuadro maestro de la naturaleza. Y allí, felizmente y como lo dijera el poeta “como en medio de un cuento está la aldea”, esta ciudad de leones en actitud rampante que guardan serenamente a recio castillo, símbolo de la fortaleza y el resuelto carácter de sus moradores.

Pero si todo es aquí tranquilo y sosegado paraje, más allá irrumpe bruscamente otra topografía bien distinta: la de los desafiantes precipicios y los atrayentes escarpados; la del Guáitara insondable y la de los briosos corceles de sus cumbres enhiestas, la del inescrutable Guamuéz y la de los empenachados Chiles y Cumbal.

Unos y otros, paisaje, ciudad, volcanes, riscos y valles, como escenarios armónicamente congruentes con la compleja personalidad de nuestro héroe: Suave, dócil como este mismo valle, cuando sus manos crean el color y la luz con su paleta de artista; fogoso, henchido y con el corazón ardiente como el Galeras, cuando de defender a su rey, a su credo y a su terruño se trata; soberbio, presuntuoso, excitante como sus altivas cumbres cuando eleva el clarín de su voz en proclama de combate; enigmático como La Cocha si se pretende navegar en contra de sus más íntimas convicciones; e impetuoso e insobornable como las hondas oquedades de esta abrupta geografía, cuando se entrega incondicionalmente al sacrificio final.

Hé allí la integración de Agualongo con la tierra que lo vio nacer., que le imprimió su rebeldía y que supo, al mismo tiempo de sus nobles refracciones al influjo de este cielo azul de Pasto, limpio como ninguno.

Pastusos; hé aquí a vuestro héroe. General Agualongo, hé aquí a vuestra tierra.
¡Loor y gloria!