ALGUNOS RECUERDOS
Lunes 10 de marzo, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano nos trae una nueva página de su pluma.

Cordialmente,

***

Algunos recuerdos
Por RODRIGO VALENCIA Q.
ESPECIAL PARA EL LIBERAL


Esta página la trasladaron a los lunes, no sé por qué. Uno tiene la idea de que los domingos son más ‘literarios’; pero debe ser la costumbre, el recuerdo que guardo de los magazines dominicales de El Espectador, o los suplementos literarios de El Tiempo, de los años 50 y 60.

Mi papá los coleccionaba; tenían formato grande, con algunas ilustraciones de Augusto Rivera y de otro dibujante que no recuerdo. Debe haber un montón, en una esquina del cuarto de tinieblas; y, seguro, ya se habrán acostumbrado a no hablar con nadie, por el resto de la eternidad. Se habrán manchado de amarillo añejo; y, si toco sus puntas, creo que se desharán en el aire, como todas las cosas bellas de este mundo, que un día fueron firmes y al otro caducaron hasta complicarse en el olvido.

Allí escribían Andrés Holguín, Germán Arciniegas y otros maestros de la época. Y, a propósito, una vez vino Andrés Holguín en los años 80, a dictar una conferencia en la sala del Banco de la República, cuyo tema era ‘Qué es el hombre’.

Él había sido procurador de la nación; y, con buen sentido del humor, decía: “Si alguien viene a preguntarme: Señor Procurador, usted, que es un intelectual, dígame ¿qué es el hombre? Yo le contestaría: Mire, yo no sé qué es el hombre; soy tan ignorante como usted”. Eran personas honestas, honorables y modestas con todo su saber, y tenían sentido del pudor.

Pero los años 50 y 60 también fueron los de los bandoleros; de la ‘República Independiente de Marquetalia’ que Guillermo León Valencia fumigó, para descanso de todos. Hoy, los guerrilleros llevan años en el monte, tratando de imponerse al destino, pero sólo han sembrado el desatino; ya no hay ojos trasnochados para creer en ese cuento; sus razones se enredaron en la jungla, se acostumbraron a sus cerrojos prohibitivos y a sus máscaras de muerte.

En aquella época, en los 60, yo era un niño, y le leía el periódico a mi tío Miguel, que era ciego. Me acuerdo que hubo un sonado caso pasional en Bogotá, ‘el crimen del 301’, que tal vez quedó en el misterio. Eran otros tiempos; después crecí, me dediqué a krishnamurtear la vida, a enredar más el sinsentido, a especular sobre la estructura ausente.

Ha pasado el tiempo, los años caen de continuo, y la piel ya no aguanta los espejos. Es que a los espejos sólo deberían asomarse las mujeres bellas, de boca excitante, pechos erguidos, caderas idílicas y peinados griegos: las Penélopes eternas que, aunque hayan vivido mil tragedias, aun esperan a sus Ulises, así sea entre sueños turbios en estos tiempos incongruentes de miseria y amenazas sin fin.

Pero, mentira, ni los años ni los tiempos pasan. Se repiten. Y es en su incesante repetición que forman los pliegues de la edad y hacen el recuento del eterno retorno, para así irnos acostumbrando un poco a la paciencia. Todo sucede sin permiso; acontece sin pedirnos tiquete de entrada. Nos volvemos viejos, llevamos fardos que crecieron con el siglo, tenemos ojos sigilosos contra el miedo, la guerra contra el estrés, el colesterol y los impuestos…Va pasando la vida, ‘tan callando’; las preguntas infinitas se quedan sin respuestas, los pasos siguen deambulando a escondidas del ángel de la guarda, los consejos del Eterno se quedan en entre dicho, y las maromas circenses de la ‘realidad’ siguen engatusando a los ingenuos.

Necesitamos fibra, para seguir tejiendo el enredo de la vida. Tal vez sobran la mayoría de los capítulos; deberíamos borrarlos de un plumazo. Y así, de tumbo en tumbo, quizás lleguemos aceptar que ‘Todo es vanidad y apacentarse de viento’.