TESORO OCTOGENARIO
Sábado 12 de abril, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Uno de los libros que con mayor entusiasmo y asiduidad leía en mis años de primera juventud, en la Biblioteca de la Universidad del Cauca, era el Tesoro de la Juventud, un conjunto de 20 libros, divinamente encuadernado, con vividas láminas, artículos diversos y amenos, sobre todos los temas. La realidad es que esta colección avivó los sueños de al menos dos generaciones. Una de las lectoras del articulo de Daniel Samper Pizano sobre este tema, -se reproduce más adelante fragmentos de la obra-, dice:  Yo soy la prueba de que Daniel Samper Pizano tiene razón: El Tesoro de la Juventud es el objeto más valioso que ha habido en mi vida. Mi padre la heredó de mi abuelo, igual que mi abuelo la heredó del suyo y, con ella, yo aprendí a leer. Y a hacer caleidoscopios, a leer la estrellas, a reconocer pájaros extintos y a navegar. Descubrí las Alicias, el magnetismo, los viajes de Simbad, la vida de las grandes civilizaciones, las maravillas del mundo antiguo, la Divina Comedia, los prerrafaelitas. Aprendí todo sobre la electricidad, la mitología griega, la historia de los grandes descubrimientos y los números romanos. Aprendí, podría decirse, todo lo que sé.

Otros lectores agregan:  La verdad es que debe ser una maravilla porque no hay hijo de familia burguesa (requisito imprescindible para tenerla) que, cumplida ya cierta edad, no recuerde con ojos húmedos El Tesoro de la Juventud.

Cordialmente,

***

El 'Tesoro de la Juventud' o la enciclopedia que marcó a una generación
Por Daniel Samper Pizano.
Fragmentos.
El Tiempo. Marzo 2008

Hacia 1930, cuando nadie era capaz de imaginar que un disco con aspecto de oblea llegaría a albergar una biblioteca entera, apareció la más famosa enciclopedia para niños del siglo XX. Se llamaba El Tesoro de la Juventud, y aún hoy la evocan con nostalgia muchos octogenarios que dedicaron largas horas a descubrir el mundo a través de sus 7.172 páginas. Pero no solo ellos. Como El Tesoro de la Juventud era parte fundamental de toda colección doméstica de libros que se respetara, también sus hijos y sus nietos leyeron, hurgaron u hojearon la enciclopedia. Es frecuente encontrar tomos que contienen garabatos a lápiz, trozos secos de mermelada o subrayados de tres generaciones.

(Siendo niño, yo pasé muchos ratos leyendo trozos de los ejemplares de ETJ que en 1934 le regaló mi abuelo a mi taita, cuando este cumplió 16 años. Aun hoy recuerdo versos que aprendí entre sus lomos, pequeños trucos de magia con los que engañaba a mis primos y cuentos fantásticos del Oriente. Al repasar las láminas, encuentro imágenes como la de dos osos polares en trance de atacar una morsa. Era una escena cruenta que me inquietaba a los ocho años y me aterroriza hoy).

ETJ estaba dividido en catorce secciones o 'libros' que se entremezclaban a lo largo de los veinte tomos; mis favoritos eran entonces Juegos y pasatiempos, 'Los Por qué', 'Narraciones interesantes' y 'Poesía'. Pienso que hoy dedicaría más tiempo a 'Los países y sus costumbres', 'Hechos heroicos', 'Historia de los libros célebres' y 'Cosas que debemos saber', sección dedicada a hechos interesantes y actualidades de la ciencia y la tecnología. Muchas de estas últimas cosas que debemos saber son ya tan sabidas o anacrónicas que solo conviene recordarlas en calidad de piezas históricas, como el capítulo admirativo dedicado a los aviones biplanos o las maravillas de un tren capaz de viajar a 96 kilómetros por hora.

La versión original de El Tesoro fue un texto en inglés publicado por la empresa W. M. Jackson Inc. Tuvo el buen gusto esta editorial de abstenerse de realizar una mera traducción de contenidos, y dedicó amplio espacio propio a los países de América Latina. Sin embargo, en la nota sobre derechos de autor comete el exabrupto de darles un tratamiento colonial: "Esta obra no podrá sin su permiso ser reimpresa en España y sus posesiones de Ultramar".

 ¿Por qué tantos del Cono Sur?
La versión en castellano contó con una comisión de sabios que seleccionó cuentos y poemas en nuestra lengua y preparó los capítulos especiales sobre el subcontinente. Lo malo es que la comisión no era propiamente milimétrica, pues adolecía de un fuerte componente del Cono Sur. De ocho miembros, cuatro eran argentinos o uruguayos (entre ellos el ilustre José Enrique Rodó) y uno más era chileno. Los otros tres procedían de Perú, México y Cuba.

A los niños les interesaban más los trucos de magia que enseñaban en sus páginas o las fábulas que protagonizaban diversos animales. 'El libro de los Por qué' (sic), sección planteada en forma de preguntas y respuestas, constituía un anzuelo especialmente atractivo donde quedaba ensartada la curiosidad infantil:

"¿Por qué no se mezcla el aceite con el agua?" (Porque el aceite es más liviano, y flota.)
"¿Por qué no se mojan los patos?" (Por su denso plumaje y porque tienen una glándula que produce un lubricante impermeable)
"¿Por qué tiene la abuelita el cabello blanco?" (Porque los años y ciertas enfermedades debilitan la pigmentación del pelo).
"¿Por qué no canta la gallina como el gallo?" (Porque la naturaleza decidió que, en general, el ave macho tiene el plumaje más vistoso y el canto más melodioso que la hembra).
"¿Por qué brilla el sol durante los aguaceros" (Respuesta de ETJ: "¿Por qué no ha de brillar?").

 Auge, decadencia y caída
Impreso en Boston por C. H. Simonds y exportado desde allí a otros países, El Tesoro de la Juventud constituyó un formidable éxito editorial en el mundo de habla hispana. Todavía circulan miles de ejemplares de El Tesoro, aunque abundan los tomos cimarrones y las colecciones incompletas. (A la que fue propiedad de mi taita y heredé por razones de mayorazgo, le falta el tomo XIII. Alguno de mis hermanos, o yo mismo, lo prestó alguna vez a algún condiscípulo que pretendía extraer de allí los datos para una tarea, y, como suele ocurrir con los libros, jamás regresó a su lugar en la biblioteca).

ETJ conoció varias ediciones. La primera fue en 1915. Muchas de ellas carecían de fecha, supongo que por razones de mercadeo. (La que perteneció a Andrés Samper Gnecco data de 1930 a 1933, según pude deducirlo por una lección de historia de Argentina que termina en medio de la administración de cierto presidente cuyo periodo acaba en el 34). En 1970, W. M. Jackson Inc. vendió los derechos de El Tesoro a la editorial mexicana Cumbre y cinco años después esta los negoció con Grolier Internacional, que en 1975 publicó, renovado, El Nuevo Tesoro de la Juventud. Ya no fue lo mismo, sin embargo.

Daniel Samper Pizano