EL FLORERO AZUL
Lunes 28 de abril, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

El Maestro Rodrigo Valencia Quijano está presentando un artículo sobre el jarrón con
flores azules que lo acompañaban en forma impresionante. Este le dio tema para hacer la
obra que se acompaña y que puede admirarse en tamaño mayor si se hace clic sobre ella.

Cordialmente,

***

EL FLORERO AZUL
Por Rodrigo Valencia Q
Especial para El Liberal


Autor: Rodrigo Valencia
No sé por qué, siempre estaba allí. Brillaban sus flores con una luz cálida, especialmente destinada para esas formas. Compactas, rosas y follaje, abiertas a la caricia, al estremecimiento de los sentidos, al olfato que descubría en ellas un aroma permanente.

No importa a qué hora, siempre estaba allí. Yo no lo había dispuesto, no lo había elegido para compañero de ese lugar impresionista, salpicado de luces de colores, azul cobalto en ese jarrón de brillos penetrantes, intransigentes con la oscuridad; porque pareciera que rehuían la oscuridad que se aproxima con la noche, la pesadez que viene con el cansancio de la tarde, la opacidad que excluye la viveza de los brillos.

Y todo parecía liviano, todo reflejaba azul; hasta la mesa, una superficie llana, sencilla, con la sencillez que no ha sido premeditada. A pesar del rosado y blanco de las rosas, casi todo parecía azul. Y entonces uno se pregunta si los ojos ven el verdadero color en el conjunto de los entes o si ellos nos mienten cada vez que los miramos con la rapidez que no discierne la verdad.
¿En efecto, dónde está el color? ¿Es la materia la que soporta esa pigmentación? ¿Es el ojo el que aporta su imaginación? ¿Qué es la sustancia, la materia corrediza que ora es una cosa y después otra? ¿Hay algo verdadero en la apariencia compacta de las cosas? ¿Hay un tiempo que traspasa los continuos cambios, hay un cambio cuando se pasa de una situación a otra?

Me pregunto por qué estas preguntas. Intuyo que el florero, solo, habla su propio lenguaje; su epidermis es una carta de amor a nuestra vista, su olor es un aire silencioso que vuela en el olfato, sus texturas nos descubren la proliferación distintiva de las formas, la quietud se suma al paso de los minuteros, la petalosidad es más locuaz que la impertinencia de las dudas, preguntas y ligerezas de los síes y de los noes.

Al despertarme, siempre estaba ahí. Una ventana enmarcaba el sitio, y las voces de la calle se hundían entre las hojas, sin ser laceradas por esas espinas, centinelas al servicio de lo tangible y sólido, como guardianas que decían: “No nos toques; reforestar la imaginación es suficiente para desmembrar el peso de lo real; ventilar el día es suficiente para tranquilizar la razón; si no, las espinas de la duda herirán hasta los cielos, y ese dolor no será capaz de retirar los velos que cubren la verdad”.

Y así me acababan de despertar. Esas voces, florilegio luminoso de la sencillez, me volvían a mí mismo, me quitaban las orejeras de la racionalidad, me hundían en lo inmediato que borra lo ominoso de toda especulación. Hacían de borrador en el entendimiento, filtraban una luz que se discierne sin aparato razonante, remediaban el prurito de significaciones retumbantes o de ocasionales ecuaciones einsteinianas.

Siempre estuvo ahí, siempre estará; pernoctaba el día y diurnaba la noche; era como la persistencia de la verdad contra la mentira, como una variante cartesiana: “veo, luego existo”. Y era imposible que no estuviera allí; había crecido conmigo ese florero; toda la vida había expresado la luminiscencia de la realidad, me había dado el soporte que fundía el sueño con la realidad, y al revés. Quizás, a veces, yo nunca lo miraba, pero al sesgo, en la experiencia indubitable de la cotidianidad, estaba presente en los subliminal de la conciencia, en lo supramental y en lo infinitesimal de las vivencias.

Yo nunca lo cuidé, no lo regué con agua fresca, no lo deshojé cuando era necesario. Pero no eran flores de artificio; ninguna artesanía habría logrado permear ese olor, esa presencia ni el terciopelo de sus superficies silenciosas. ¿Silenciosas? No; allí el silencio abría portavoces para la intuición, plenificaba la sustancialidad del logos, revelaba la ontología de lo callado.

Un día no estuvo más. Ignoro quién lo quitó, así como no supe quién lo puso allí durante todo el tiempo que desfloró el silencio. Pero yo lo sigo viendo con los ojos hacia adentro, como se miran las cosas que pertenecen a lo eterno, los brillos que iluminan la conciencia.