COSTUMBRES PAYANESAS EN 1802
Viernes 1 de febrero, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

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El historiador José María Arboleda Llorente en su libro "Popayán a través del arte y la historia", aprovecha el relato de "Un ladrón romántico" para describir el castigo a los delincuentes y el Popayán de 1802. El protagonista de la historia es José Benalcázar (o también llamado Belalcázar en el expediente) nacido en la jurisdicción de Buga, de 24 años, domiciliado primeramente en Santander de Quilichao, luego en Popayán y en lugares aledaños tales como Llano Grande, Quilcacé, Altozano, Rioblanco, además de Anserma y Barbacoas. En estos lugares fue: arriero, contrabandista de tabaco, robo, robo de caballos, transporte de esclavos y abusos de damas. Como consecuencia de sus delitos estuvo varias veces en la cárcel desde donde huyó otras tantas. En una fue puesto en el cepo y remitido con grillos a Popayán, en cuya cárcel estuvo diez meses.

Por sus desafueros, el primero de diciembre de 1802 el Alguacil Manuel José de Borja hizo sacar de la cárcel a Benalcázar y puesto en un caballo (no había en ese momento burros) desnudo de la cintura para arriba y paseándolo por las calles de la ciudad Juan José Gómez, verdugo público, le infringía 200 azotes con una penca (pedazo de cuero retorcido) que era lo que indicaba la ley de esa época. El fiscal en el juicio fue Félix José de Restrepo;  el alcalde gobernador dictó sentencia, la que fue apelada a la Real audiencia de Quito, tribunal que confirmó la sentencia, aunque el fiscal había pedido que se aplicara al reo la pena de muerte.
La pena de sus culpas fueron pagadas en la prisión de Cartagena de Indias por diez años. Así terminó este juicio "que presentó a este reo bajo el influjo de románticas tendencias".

A lo largo de este relato, el historiador da a conocer las costumbres de esa época cuando ardían en plena plaza pública los cirios que una fe no menos ardiente encendía al Señor de la Amargura hasta las siete y media de la noche, en que solían reunirse las familias para cenar, cuando a las primeras horas de la tarde se comía, y el comercio como toda actividad, se concentraba en la plaza, cuando formaban parte del traje de las mujeres pueblerinas el follado (falda) de bayeta y la camisa de gola, que distinguió a las ñapangas.

En aquellos tiempos el centro del comercio en una ciudad a la par que la vida cotidiana, era la plaza pública, en donde además se efectuaba el mercado, costumbre que estableció una Real Cédula de 1573  una vez que se fundara una ciudad en el Nuevo Mundo. Por ello todos los edificios que rodeaban la plaza tenían piezas abiertas hacia la calle. En el centro de la plaza de Popayán había una pila, construida más de 50 años antes, que manaba agua y a donde acudían con sus cántaros esclavos y esclavas e indios del servicio doméstico de casas que aún carecían de este indispensable elemento.

Los comerciantes también habrían sus tiendas después de la comida, entre las dos y tres de la tarde. Entrada la noche era rara la persona que circulaba en el poblado.

Cordialmente,