JULIO CÉSAR PERAFÁN FAJARDO
Miércoles 2 de abril, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

El escritor payanés Edgar Bustamante Delgado nos ha enviado su semblanza
sobre Julio César Perafán Fajardo. Nuestros agradecimientos para Edgar.

Cordialmente,

***

Julio César Perafán, in memorian
Por Edgar Bustamante Delgado.
Barcelona, España, 2008


Recordando tantos momentos pasados con Julio Perafán, me parece increíble que su mirada –tan lúcida, curiosa e inteligente– se haya apagado para siempre. Supo mirar el mundo con ojos atentos a lo nuevo, totalmente desprovisto de las telarañas de los prejuicios. Por eso sus fotografías tenían ese lado original que sólo saben imprimirle los verdaderos artistas. Mucho de su alma de intelectual, de atento observador de la realidad de su tiempo, ha quedado grabado en sus fotografías de Popayán y de otros muchos lugares del mundo. Y en sus películas de aficionado, más que respetable.

Le gustaba mirar, sabía mirar, aprehendía todo lo que observaba. Viajó mucho, pero antes de llegar a los sitios, ya los conocía hasta en los más insólitos rincones. Fue un estudioso de las grandes ciudades europeas y de sus tesoros artísticos. Sus viajes fueron más un reencuentro con lo ya conocido por el estudio, que una novedad.

Pasé muchas horas con él, seleccionando fotos para mis libros sobre Colombia. Sabía la historia de cada una de las tomas, que me explicaba con fruición de detalles: la hora, el tipo de luz, las características arquitectónicas de un pórtico de iglesia o del patio de una casona histórica. Revivir esos momentos le llenaba de satisfacción.

Gran señor, su casa era la encarnación de la hospitalidad. En ella, los amigos teníamos la certeza de ser bien recibidos, en cualquier ocasión. Su mesa, siempre tan generosa, tenía cabida para todos los que llegaban, invitados o de improviso. Para Julio era un gran placer recibir, compartir, ofrecer lo mejor. Como los antiguos señores, que de eso tenía mucho. Y como complemento, el gesto y la mirada, la solicitud y la solidaridad, como un manto protector, de Estela Simmonds, su Musa incomparable.

Su larga vida fue cultivada en campos propicios para la siembra y, a veces, en otros áridos y duros para el arado. Pero sin renunciar nunca al tesón, a la fantasía, al cultivo íntimo de una existencia labrada para perdurar.

Julio Perafán ha sido, por supuesto, muchas otras cosas. Pero la glosa del profesional brillante, del profesor universitario, se la dejo a quienes mejor lo conocieron en esos terrenos.

Yo, que me consideré siempre su amigo, me despido del intelectual, del gran señor, del artista de la cámara, del hombre que supo mirar con intensidad a las cosas y a los hombres de su tiempo. Se empobrece Popayán con esta pérdida, se encoge un poco más.
Se apague en paz su mirada.

Barcelona, 1 de abril de 2008