EDGAR OREJUELA JORDAN
Martes 9 de septiembre, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

El Maestro Rodrigo Valencia Quijano nos ha enviado su articulo sobre el famoso
libro "Llamarada" de Edgar Orejuela Jordán. Una nota sobre la obra poética de
Orejuela se encuentra en  "Huellas errantes de Edgar Orejuela", escrito por Gloria
Cepeda Vargas.
Nuestros agradecimientos para el Maestro Valencia Quijano.

Cordialmente,

***

"LLAMARADA”, DE EDGARDO SORIA
Por: Rodrigo Valencia Q
Especial para El liberal


Los baúles son como los libros: entre más viejos, más interesantes; con la diferencia de que los libros muchas veces se quedan esperando los ojos de un lector que a lo mejor nunca vendrá; pero si alguno de ellos, por casualidad, está destinado a la temperancia o sed de un desconocido, caerá en sus manos, cueste lo que cueste, así se haya añejado en una despensa oscura y olvidada, porque las palabras buscan un canal, una lumbre que vuelva a encender su radiancia abandonada.
 
Así, de esta manera, encontré uno entre los anaqueles de papá: “Llamarada”, dedicado y firmado por el autor, Edgardo Soria (Edgard Orejuela Jordán), editado en Bogotá, en 1960, con carátula de Hernando Arboleda Ayerbe. Maestro del buen decir, de las cadencias, ritmos y rimas que ya no tienen eco en nuestros días, pues el quehacer poético se alindera en otros cánones, inquietudes, propuestas y exigencias, en la búsqueda de nuevas definiciones estéticas.

No soy comentarista de poesía, pretensión y preparación que no poseo y no tendré nunca, porque no las busco; pero como alguien que oye una música lejana y deja que ello impregne el alma, creo que la franqueza confesional del autor en esta obra es, sin duda, la sencilla virtud de sus palabras, la equidistancia entre una fina sensibilidad y la subjetividad que fabula. Se entra de lleno en un deambular suave, donde parece que el piso estuviera tapizado por alfombras leves, toques espirituales de una música dulce, giros alados por los trances de la imaginación. Allí resuenan tonos en clave menor: “Tal vez ha mucho tiempo, / quizás cuando eras niña, / en los lagos azules / ibas adivinando / mis pupilas inquietas.” O en tonalidad mayor: “Hoy eres rosa viva / de pétalos abiertos / ante la luz del día.” En bemoles: “Eras frágil y leve como la flor de los abetos. / Una languidecencia triste tu humanidad portaba.” O en sostenidos: ”La duquesa era hermosa. La duquesa atraía, / su nombre era algo extraño, era algo singular; / era hecha de suspiros como la flor de un día / por eso la llamaban de la MELANCOLÍA”; aquí en diminuendo y bemolizando hasta “melancolía”, como en cuento de hadas o leyenda de Rubén Darío, como en terreno donde surgen estaciones de la fantasía.

Así son las palabras de nuestro poeta, Maestro Edgard Orejuela Jordán, ahora ataviado para la estación de invierno; natural de Popayán, cuando Popayán era Popayán, cuando la fragilidad del verso era flor, gozo sutil: “Entrecortada primavera / ¡Oh madurez sentimental! ¿Era mujer o era milagro? / Eso lo sabe sólo el mar…” Son limaduras del verso, desvelos del fraseo, insinuaciones de una y mil escalas por donde sube y baja la trashumancia del lector, desplegadas en cinco partes: I Amor, II Sonetos, III Poesía sin nombre, IV Cartas y V Divagaciones.

Esta “fuerza del anhelo por alcanzar la lumbre” es el período a despejar en cada línea, en cada poema abierto a la atmósfera de la fábula, terreno de la utopía sentimental, geografía espiritual, linderos donde se confunden la añoranza futura y el pasado, la alegría y la tristeza, el amor y las reflexiones intimistas. La existencia confiesa muchos visos en esos pliegos; andan buscando una razón, un sueño, una ilusión en lejanía; andan buscando algún consuelo, una explicación para el naufragio o un agradecimiento que permea los labios del alma. Los númenes, lo insondable de una existencia, dictan las palabras, aminoran el peso de la conciencia inmersa en lo cotidiano y pesado de la confusión, y entonces adelgazan el tenor de las revelaciones.
Quizás deba aclarar aquí lo que entiendo yo por fabular: deslimitar, de la manera más surrealista posible, los códigos de la imaginación; descoyuntar los proverbios de la logicidad; precluir los improperios de la razón; urgir la infinitud y anatematizar la realidad; ilimitar las razones y las sinrazones; hacer probables la latencia, la cara oculta de las cosas; descontextualizar las palabras con el silencio y explosionarlas con diccionarios nuevos; mistificar el código civil, convertir el agua en vino, congelar el sol e incandescer la luna; hacer volar al árbol y petrificar el pájaro; licuar la piedra y solidificar el viento; caminar por el aire y volar dentro de la tierra; cantar al sordo y hacer ver al ciego; alucinar el tiempo, cuadraturar el círculo, elevarse hacia lo bajo y bajar a las alturas, instantaneizar mil años y escribir “cien años de soledad”…

El arte y la poesía “revelan la verdad del ente”, según Heidegger; pero también superan su capacidad, alborean en lo improbable, desmienten la carga que lidera el destino, son trance para insinuar otra realidad. De ahí que las damas que pueblan estas páginas “-presencia de mujer en mi escritura-”, reales, ideales, sublimes o de carne, revelan allí un rostro jovial que no envejece; y el poeta no hace más que avizorar sus dramas en el tiempo de este tiempo, y de allí surge la nostalgia que eterniza las historias.